Let’s get lost

Se estrenó en salas de cine de España el largometraje del fotógrafo Bruce Weber sobre el jazzman y trompetista Chet Baker, que data de 1988. El documental está construido desde una auténtica mirada devota que, conforme avanza el film, deviene elegíaca, manteniéndose en un punto de maridaje entre el patetismo y la belleza. A esto ayuda una estructura que descansa sobre un perpetuo diálogo entre el pasado y el presente, un juego dialéctico que subraya el estremecedor ocaso del que fue el resplandeciente príncipe del jazz.


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Escuchamos una voz balbuciente y aburrida, casi estertórea, en la que las palabras se pierden entre murmullos y silencios. Sólo en destellos aumenta la temperatura emocional del dialogo, como cuando responde a las preguntas acerca de sus mujeres o los hijos, siendo esta última, quizás, la más punzante, puesto que su mirada se torna vidriosa a medida que dilucida –en una incoherente perorata filosófica- en torno al legado que dejará a sus cuatro hijos.

Además de las entrevistas, Weber construye un conjunto de escenas que acontecen en diversos espacios y que, al igual que aquella del cadillac antes citada, albergan un fuerte poder de remembranza, una especie de hálito evocador lindante con el ensueño. Nos dibujan vagamente algunos momentos que aluden al esplendor pretérito de Chet Baker, a “los paraísos artificiales” que habitó; son imágenes soñadoras, no sólo para nosotros, sino también para el propio trompetista, quien llega a manifestar, enormemente acongojado: “Ha sido un sueño. Cosas así no ocurren…” ( podríamos decir que subyace un cierto anhelo redentor de Weber respecto a un Baker de cuerpo y alma ya caducos, si bien podemos pensar, de igual modo, en cómo el fotógrafo exprime mórbidamente al trompetista que se nos muestra exánime y agonizante). Especialmente sugestiva nos parece la secuencia donde el jazzista se contonea por la terraza de un hotel de Santa Mónica, con el aspecto de un “James Dean” demacrado, mas exhalando su consubstancial elegancia cool –una música triste sale de su trompeta y parece fluir en el cálido aire hasta el mar- ; asimismo, consideramos memorable la entrevista en la cual este poeta del jazz, cubierto por una ligera neblina de humo de cigarros y una apariencia espectral, recita, con elegante cadencia y voz susurrante, la letra de Deep in a Dream (3) (un hombre cae en un estado de nirvana al hundirse en una butaca, fumar un cigarro y penetrar en el Reino de los sueños) . En estos versos anida, en esencia, el  afán de Baker por acometer una fuga sin fin, por desvanecerse como el humo de su sempiterno cigarro o al igual que su voz de carácter etéreo; fue la encarnación paradigmática del beatnik, ya que estos formaban parte de “una generación que buscaba algún tipo de éxtasis, alguna visión de Dios(…) y las drogas, el jazz y el movimiento constante eran maneras de llegar allí”, tomando las ilustradoras palabras empleadas por Lisa Phillip en su reputada obra “Beat Culture: America Revisited” (4).  Más intricado de enjuiciar nos parecen las escenas que recogen el viaje emprendido por Weber  junto al músico al festival de cine de Cannes, donde Baker se pasea como una fantasmagoría, rodeado por el glamour, los paparazzis y grandes cantidades de champán.

Por tanto,  la película queda estructurada en torno a un constante pendular entre la ficción (un ejemplo de esta dimensión sería la puesta en escena en la playa de un grupo de chicos aficionados a Baker)  y el documental, y esta naturaleza fronteriza o de mixtura la verbaliza el mismo Weber cuando declara: “me gustaba la idea de unir la fantasía y verdad”. La colección de entrevistas que recoge el metraje, concebidas dentro de la más estricta ortodoxia en este tipo de retratos documentales, recae frecuentemente en los mismo lugares comunes, siempre encaminados a revestir de un áurea mítica a la figura de Baker, presentándolo como una reencarnación del poeta maldito, un ser angelical con alma demoníaca que, con su “canto de sirena”, despierta una terrible fascinación que atrae y conduce a la perdición; en estos términos se expresa William Claxton, que nos habla de cómo descubrió la atracción fotogénica –verdadera epifanía- con el músico de Oklahoma, o dos de las mujeres más importantes de Baker, Ruth Young y Diana Vavre, que manifiestan el soplo místico que desprendía. Descubrimos cómo el dispositivo empleado en el registro de las entrevistas (pueden llegar a resultar tediosas por la enorme cantidad de minutos empleados en éstas), llevadas a cabo tanto por Weber como por su inseparable Cherry, albergan algunas fallas causadas por la celeridad -y a veces torpeza- con la que pretenden extraer las confesiones y testimonios más desgarradores, adoleciendo una absoluta falta de naturalidad y sutileza en los modos de guiar el devenir del dialogo. Un ejemplo palmario lo percibimos en sus conversaciones con la madre, sus hijos o Carol, la última mujer. Al igual que la madre, Vera Baker, nos sentimos estremecidos al escuchar con asombro preguntarle sin ambages sobre la doliente decepción que había supuesto la vida de su hijo Chet. Por su parte, los tres hijos –Paul, Dean y Missy- del matrimonio con Carol son exhortados, dentro de un lujoso coche, a enviar mensajes a su padre ausente, uno de los cuales hace referencia a la necesidad urgente de ayuda económica.

A pesar de estos momentos que nos incomodan y  ubican  frente la cara más siniestra del artista, realmente nos vemos cautivados por esa  llama que no acaba de apagarse y todavía centellea alumbrando su genio, como en la interpretación de Almost blues, escrita por Elvis Costello (resulta inolvidable contemplar su desgarrado rostro, retorciéndose al corporeizar, a través de su canto, las hondas heridas interiores). Precisamente éstas y otras legendarias canciones de Baker (5) palpitan en cada uno de los fotogramas de la película, componen la melodía que encauza y puntúa la narratividad de esta “carta de amor en blanco y negro” (6). Emociona ser testigos de cómo el fraseo de su trompeta y los acordes de su voz forjan un mismo y hermoso lamento que quebranta el alma, pues como el músico alemán Hill Bröner sentenció: “Probablemente, el sonido de su trompeta es lo más cerca que se puede llegar de la voz humana” (7). En este sentido, es un auténtico goce vivir de cerca la liturgia que se genera en las sesiones de grabación (concretamente del disco Let’s get lost que da nombre al documental), donde comprobamos que, tras perder la dentadura, sus frases se reducen y suenan más lentas, intensas, dejando brotar los silencios, pero siempre acompasado con el sonido dulce y apagado de la sordina.

Al menos, después de vernos a lo largo de la película hundidos en el ponzoñoso paisaje vital de Baker, de sentir que hemos vislumbrado muchas de sus miserias, aún, tras finalizar la proyección, guardamos la sensación de haber contemplado cómo floreció su música entre los escombros de su tormento y caos personal, ¿ y no es ésta, en definitiva, la alquimia fraguada por los poetas?

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(3) Recogemos algunos de los versos de la composición de Jimmy Van Heusen; “El humo forma una escalera para que desciendas. / Vienes a mis brazos, ojalá esta bendición no termine nunca…Del techo baja una música dulce y arrebatadora. / Nos deslizamos a través de un estribillo de amor…”.
(4) Cook, Bruce; La generación Beat; Seix Barral; 1974.
(5) Para los que estén interesados en material fílmico vinculado estrictamente a las interpretaciones musicales de Chet Baker, recomendamos la fascinante Chet’s Romance dirigida por el francés Bertrand Fèvre en 1988. En este cortometraje se registra en un siniestro local de París, con una muy contrastada fotografía en blanco y negro, a Chet Baker cantando, con enorme dramatismo, el tema “I’m a Fool. To Want You”, mientras la cámara gira a su alrededor  con un movimiento de lentitud hipnótica y acompasado con el ritmo musical.
(6) En estos términos define James Gavin el film de Bruce Weber en su biografía de Baker: “Deep in a dream, la larga noche de Chet Baker”, Reservoir books, 2004.
(7) Gavin, James; “Deep in a dream, la larga noche de Chet Baker”, Reservoir books, 2004.

La película se estrenó en salas comerciales este mes de septiembre (2009) en España, no llegó a estrenarse en su día en nuestro país, a pesar de su nominación a los Óscar (1989) y ser premiada en Venecia (1988).

FICHA TÉCNICA
Dirección: Bruce Weber
Dir. de fotografía: Jeff Preiss
Montaje: Angelo Corrao
Producción: Bruce Weber
País y año de producción: Estados Unidos, 1988.

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Un Comentario

  1. 1871 08/09/2013 | Permalink

    Hermoso artículo
    Gracias

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