La celda. Antonio Negri y la prisión

“Tú, que haces cine, tienes una máquina incorporada a tu cerebro, y con ella tienes miles de oportunidades” así de sencillo se lo espeta Antonio Negri a Angela Melitopoulos en un momento de la película.


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La celda. Antoni Negri y la prisión

Empecemos por un aforismo: la eternidad está en cada momento de nuestro presente. Toni Negri no cree en la nostalgia ni en la eternidad del alma, cree en la eternidad de las acciones. Así es como este hombre de acción, intelectual de izquierdas, fundador del partido obrero italiano, líder del 68 italiano y de la emergente antiglobalización finaliza sus reflexiones en La celda. Antonio Negri y la prisión (2008), documental de Angela Melitopoulos que recorre sus últimos años y que sirve como base teórica del ciclo Multitud singular: El arte de resistir que el museo Reina Sofía viene ofreciendo durante estos meses en Madrid. El objetivo del ciclo es que su programación reflexione sobre las relaciones entre el arte y la política mediante el cine, y las afirmaciones de Negri parecen ser el punto de partida, el eje sobre el que giran las obras seleccionadas. La eternidad está en las acciones del hombre, y mediante estas acciones se golpea en algunos casos para desestabilizar lo aparentemente inamovible, se observa la pulsión del momento, se reflexiona sobre detalles del pasado que siguen en el presente, en definitiva, se sigue edificando una incorfomidad, una resistencia donde el cine participa. “Tú, que haces cine, tienes una máquina incorporada a tu cerebro, y con ella tienes miles de oportunidades” así de sencillo se lo espeta Negri a Melitopoulos en un momento de la película. Toni Negri estuvo en Madrid en octubre junto a Angela Melitopoulos retomando temas de la película y analizando la situación sociopolítica actual, sin dejar de lado el debate sobre la Italia de hoy y volviendo a demostrar con un debate ameno e intenso que sigue siendo una personalidad importante y controvertida de la escena política.

Negri, acusado injustamente de ser el líder de las Brigadas Rojas (que asesinaron a Aldo Moro en 1979) vivió exiliado catorce años en Francia, volviendo en 1997 a Italia para cumplir su condena y así volver a encender el tema de la amnistía. Un centenar de compañeros italianos seguían exiliados fuera de su país por las revueltas acaecidas en los setenta. Cumplió un año en Rebbibia y cuatro más de arresto domiciliario antes de ser perdonado. Durante su estancia en la cárcel, escribió su obra más conocida y polémica, Imperio, ensayo sociopolítico de gran influencia y que se erigió en arma teórica del movimiento antiglobalización tras los disturbios de Seattle y Génova.

La película de Melitopoulos, casi en su totalidad el busto parlante de Toni Negri, abarca tres momentos, el exilio, la cárcel, y la posterior vida en libertad. A pesar de los saltos en el tiempo y las idas y venidas de la cárcel de Rebbibia a París, de París a Roma, el discurso de Negri no se resiente y mantiene una fluida linealidad. El transcurso del documental está hilvanado por una idea, la que nos remite de nuevo al título del ciclo: resistencia. La resistencia hay que desarrollarla en el exilio, para evitar que el desarraigo te absorba, en la celda, donde la soledad obliga a construir mundos desde la nada, y también, al final del camino, cuando parece que sólo resta recapitular y mirar atrás. Leamos otra vez el inicio del texto: estamos ante la idea de la eternidad de las acciones. Las declaraciones en la celda son las más emocionantes del filme, las que pretenden buscar un diagnóstico más íntimo del ser humano: recalca la virtud de despojarse de lo que no es necesario entre esas paredes mustias, reduciéndose a un hombre obligatoriamente desnudo, que aprende a construir mundos posibles a partir de la soledad, evocando a Giacomo Leopardi y a San Francisco de Asís.

Ya en el año 2000, Carles Guerra, al no poder invitar a Negri a Barcelona a unas conferencias por su arresto domiciliario, dirigió en Roma N de Negri, documental que también optaba por dar la palabra al pensador italiano: organizado en torno al abecedario, cada letra vertía un concepto y a partir de ahí Negri disertaba sobre él. Y, para terminar de atar cabos, Guerra fue comisario hace un par de años en la Fundació Tapiés de la exposición Zona B: en los márgenes de Europa, donde Ángela Melitopoulos presentaba Corridor X (2007), pieza de investigación en torno a las fronteras yugoslavas.

Angela Melitopoulos viene trabajando en los últimos años en el cine ensayo, centrándose en tratar temas como la migración, la movilidad y la memoria dispersa. Da presencia en sus películas a esos cuerpos anónimos que deambulan sobre las líneas difusas que las fronteras de los estados han diseñado. Además de la mencionada Corridor X, Passing Drama (1999), documental de amplio recorrido por diversos festivales, trata el éxodo y el desarraigo en un pequeño pueblo griego, cuna de la familia de la directora. La celda parece mantener una línea continuista con estas dos propuestas: aquí también es la narración la que ayuda a construir la memoria, en este caso la fuerza de la voz pausada de Negri. El rostro de Negri es el paisaje del hombre “desterritorializado”, y su voz el testimonio de unos hechos, víctima de un estado que empujaba al pensador a luchar contra él, como también le ocurría a aquellos protagonistas yugoslavos en Corridor X.

Melitopoulos deja para el final en el selectivo y estructurado montaje la reflexión de Negri de la que más puede apropiarse: el amor es construir lo propio en común, y para ello el lenguaje es central en el proceso. Es el último mensaje que queda para el espectador, el acto de amor que no sólo defiende Negri sino también Melitopoulos, sabedora de que ella, con esa máquina incorporada al cerebro, tiene infinitas posibilidades. Así de sencillo parece.

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