Autobiografía. Por Viktor Kosakovsky

“Yo nací en San Petersburgo (Leningrado) el 19 de julio de 1961. Recuerdo que en mi infancia tuve dos pasiones: el cine y la fotografía. A veces, los días que no tenía escuela, iba al cine y compraba una entrada para la primera sesión.”


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El otro día
Un día, en septiembre de 1991, cuando caminaba hacia mi casa, me fijé en que en la acera yacía un hombre muerto. Llamé a la policía y me marché. Una hora después, cuando volví a asomarme a la ventana, el cadáver seguía en el mismo sitio. Llamé otra vez, dos horas después seguía sin aparecer nadie.

Es necesario aclarar que aquel día yo regresaba del Kremlin donde se acababa de tomar la decisión de devolver a Leningrado su nombre anterior: San Petersburgo. ¿Por qué se había decidido recuperar el antiguo nombre en ese preciso momento? Porque coincidía con el 50 aniversario del comienzo del Sitio de Leningrado, el 8 de septiembre de 1941. Mi idea del Sitio de Leningrado estaba conformada por las imágenes de los noticiarios en los que se veían los cadáveres de gente muerta de hambre y frío en las calles y que nadie recogía.

Me acerqué al estudio para pedir que me dejaran una cámara, pero en ese momento no había ninguna cámara libre y tampoco quedaba película. La suerte hizo que me encontrara con Vladimir Morozov, un operador que en la última etapa de Losev me había ayudado a rodar un paisaje urbano. Tenía consigo su propia cámara. Yo, por mi parte, pude conseguir ocho minutos de película en blanco y negro. Fuimos a rodar. En la Unión Soviética la norma decía que el metraje mínimo de una película debía ser de ocho minutos y medio. Así que colé al comienzo una imagen negra de treinta segundos con sonido: una romanza sobre versos de Pushkin que después se convirtió en la base de la trilogía Yo te quise (I loved you. Three romances/ 2000).

Tengo 30 años

Tengo treinta años
A los 25 años todos los ciudadanos de la URSS teníamos que colocar una nueva fotografía en el pasaporte. Aun siendo fotógrafo, yo no tenía ni una sola fotografía de mí mismo. Me acerqué a un taller de fotografía, el fotógrafo me hizo el retrato y me dijo que pasara a recogerlo al día siguiente. Cuando regresé, el fotógrafo estaba en el cuarto oscuro y desde allí me gritó que buscara yo mismo en la mesa. Encontré mi retrato en medio de un montón de fotos: en aquella búsqueda mis ojos se habían llenado de decenas de rostros de gente de mi edad. Claro, todas las personas nacidas en 1961 tenían la obligación de cambiar su foto del pasaporte, y allí estaban. Así fue como decidí buscar a todos los que habían nacido el mismo día que yo. Seguramente para llegar a entender los planes del Creador habría sido necesario conocer a todos los que habían llegado a la tierra el mismo día. Pero me volvió a entrar la pereza y decidí limitar mi búsqueda a una sola ciudad. En todo caso, en aquel tiempo antes de la aparición de Internet, necesité cuatro años para encontrar a toda aquella gente de una única ciudad. Pude certificar que el 19 de julio de 1961 habían nacido en Leningrado cincuenta niños y cincuenta y una niñas.

Para cuando escribí el guión y conseguí el dinero suficiente, yo ya tenía treinta años.

Al final, en el verano de 1991 comencé a rodar la película “Tengo treinta años”. Pero en agosto se produjo el golpe de estado y yo me vi obligado parar. Al año siguiente intenté rodar por segunda vez “Tengo treinta años”. Para ser justos, ya iba para treinta y dos. Era 1992. Una época en la que el dinero perdía su valor en un suspiro. El estudio había recibido la primera partida de fondos y en verano habíamos realizado algunas tomas, pero de repente se hizo evidente que el resto del dinero no llegaría nunca: la inflación había absorbido nuestro presupuesto. Con el resto del dinero depreciado, estaba claro que no sería posible filmar una película de grandes dimensiones con cientos de personajes. Sin embargo, como a finales de año el estudio estaba obligado a presentar un largometraje, decidí filmar una película “rápida”. Fui al campo, a casa de unas personas que siempre me habían parecido interesantes y rodé “Los Bélov” (Belovy; The Belovs/ 1993). De tal suerte que, después de este proyecto, cuando finalmente conseguí el dinero y pude terminar el rodaje de aquella idea inicial, yo ya tenía treinta y cinco años. Éste es el motivo por el que la película tuvo finalmente otro título: “Miércoles, 19-7-1961” (Sreda, 19-7-1961; Wednesday 19-7-1961/ 1997).

Bélovy

Los Bélovs (1993)
No sé cuándo tuve la idea de Los Bélovs (Belovy/The Belovs 1993). Lo primero que me viene a la cabeza son los recuerdos de mi infancia en un pequeño pueblo por el que discurría un río y donde a veces yo pasaba las vacaciones. Me fascinaba la posibilidad de colocar sobre el agua un barquito de papel o una rama del bosque, que pudiera navegar hasta el lago o que continuara su curso a través de un río más grande que el primero, hasta otro lago más grande, y luego a través del inmenso Neva hasta San Petersburgo, enseguida hasta el mar Báltico y después por el océano Atlántico hasta Argentina o la India, dando la vuelta a todo el globo terrestre. Éste es el motivo por el que la película se inicia sobre un río.

Desde el punto de vista estético, quería rodar una película alejada de cualquier género específico. Esto explica que en Los Bélovs el drama se desliza fácilmente hacia la comedia, que luego se transforma en tragedia, hacia la tragicomedia, en definitiva. La dramaturgia en este tipo de cine documental nace de esa transformación de los estados de ánimo y sentimientos del espectador. Es, desde mi punto de vista, más importante incluso que la historia que se desarrolla en la pantalla. El espectador se ve abocado a modificar numerosas veces su relación con los personajes, experimenta una gran variedad de sentimientos diferentes – incluso hasta el punto de querer abandonar la sala. Sin embargo, en el instante siguiente, de nuevo queda atrapado por la profundidad y la paradoja que tiene lugar ante sus ojos, hasta llegar a querer a los protagonistas. Por eso tiendo a creer que si no se quiere a los personajes, no vale la pena rodar una película, porque el resultado será algo plano. Pero, por otro lado, y, por la misma razón, cuando se tiene un gran sentimiento de afecto hacia los personajes es incluso más difícil hacer una obra de arte: también en este caso faltará la variedad.

Personalmente, si entiendo cómo hacer frente a tal asunto o fenómeno, ya no puedo hacer la película. Lo más interesante para mí es comprobar si el amor que tengo hacia los personajes y la incomprensión hacia su forma de enfrentarse a la vida pueden entrelazarse de manera unitaria e indivisible. Es el caso de “Los Bélov”.

En una película de este tipo, lo más difícil es no destruir el entorno de los personajes, por eso llegué al pueblo con gente joven desconocida: un cámara, un sonidista y un ayudante. Con todo, éramos ya demasiados. Durante las dos primeras semanas la mayor parte del tiempo estuvimos recogiendo patatas, arreglando las empalizadas o acompañándoles a por champiñones y bayas salvajes.

Una noche, mientras todos dormían, yo estaba sentado escuchando en el magnetófono el registro de las primeras tomas. Bien temprano Anna se levantó para dar de comer a las vacas, y cuando me vio con mis cascos también ella quiso escuchar. En ese momento me disponía a chequear el primer sonido de todos, la llegada de los hermanos y la conversación de toda la familia en la mesa. Anna se colocó los cascos y enseguida arrancó a sollozar. Como un resorte, paré inmediatamente el magnetófono pero ya era demasiado tarde: decidí marcharme por un tiempo, para que Anna olvidara aquella grabación. Nos fuimos en barco y descendimos corriente abajo hasta la orilla del Báltico.

Un mes más tarde, esta vez sólo con un ayudante, regresé al pueblo. Con este equipo mínimo rodar fue más fácil. Y no tuve prisa en volver a dejar los cascos a Anna para que escuchara la grabación de las conversaciones de toda la familia. Esta imagen fue decisiva en la dramaturgia del film. La película gustó a los Bélov. La han visto muchas veces de corrido. Mijáil me felicitó, aunque me pidió que rebajara un poco sus disquisiciones filosóficas. Anna, por su parte, recibió durante años cartas de espectadores de todo el mundo.

Pero en realidad la primera persona a la que yo enseñé la película fue Pável Kogan.

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