Autobiografía. Por Viktor Kosakovsky

“Yo nací en San Petersburgo (Leningrado) el 19 de julio de 1961. Recuerdo que en mi infancia tuve dos pasiones: el cine y la fotografía. A veces, los días que no tenía escuela, iba al cine y compraba una entrada para la primera sesión.”


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Pavel&Lyalya

Pável y Lialia. Romance de Jerusalem (1998)
Pável había abandonado Rusia hacía mucho tiempo buscando una solución médica para su enfermedad. Algunos años más tarde, tomé la decisión de hacerle una visita rápida a Jerusalem. Justo antes de partir, sorpresivamente, Lialia me llamó para pedirme que llevara una cámara conmigo. En el estudio conseguí encontrar nueve latas de 300 metros de película en blanco y negro, 90 minutos. Ningún operador estaba libre, pero mis amigos, el ingeniero de sonido Leonid Lerner y el productor Anatoli Nikiphorov, consiguieron apañárselas para partir ese mismo día conmigo a Israel. Me vi obligado de nuevo a llevar yo mismo la cámara, lo cual me reafirmó en la idea de que la persona más importante en el cine documental es el operador de cámara. Es precisamente aquél que siempre está tras la cámara quien, por su reacción ante las situaciones cambiantes del plano, decide al instante qué debe hacer la cámara para convertir los hechos en imágenes. En el momento de la toma el operador es el primero en casar la ética y la estética. En ninguna otra forma de arte las relaciones entre la ética y la estética son tan estrechas como en el documental. Recuerdo que en un momento, cuando Lialia arrancó a llorar, yo instintivamente retiré la cámara de su rostro. Ese movimiento de cámara se había convertido por sí mismo en un hecho cinematográfico. Antes de la toma es imposible predecir que se va a producir ese gesto. Y menos explicárselo anticipadamente al operador. Y esto se produce porque en realidad hacer imágenes es en sí mismo demasiado sencillo.

En unos cinco días teníamos ya una película de 90 minutos. Pero casi todo el material fue destruido en el laboratorio. Sólo se pudieron salvar 30 minutos. La película tuvo éxito; pero para mí, no es una película acabada.

Sacha y Katia

Sacha y Katia (2000)
Yo me enamoré en el parvulario. Todos los viernes por la tarde, cuando regresábamos a casa, sufría porque no la volvería a ver durante dos días enteros. Hasta que un lunes horrible, ella no regresó. La habían cambiado de centro. Sentí que mi vida se detenía… Treinta y cinco años después, decidí hacer una película. Pero después de recorrer las más de doscientas escuelas infantiles de San Petersburgo, no encontré una sola historia equivalente. Todos los educadores me decían. “En los últimos tiempos es como si hubiéramos cambiado a los niños. No hace seis o siete años en cada grupo encontrábamos amores y parejitas. Pero ya no”. Y sin embargo, finalmente, tras cuatro meses de búsqueda, un día yo mismo escuché: “Mamá, mañana nos vamos a casar”.Rodé esta historia en dos días.

A veces pienso que a la edad de cinco años casi todo está ya presente. Incluso el triángulo amoroso.

Tres parejas. Tres historias. En los tres géneros: de la tragedia a la comedia.

Tishe

¡Silencio! (2002)
¡Silencio! (Tische!/ 2002) nació por azar. Me encontraba en fase de preparación de otro proyecto en Alemania y estuve un año entero esperando los fondos necesarios para hacerlo. Cada dos meses volvía a mi casa en San Petersburgo para descansar tres o cuatro días. Comencé a filmar a través de la ventana de mi habitación sin la intención de hacer una película. Rodaba porque sí. Porque me producía placer. Repetí estas vueltas a casa unas seis veces en todo el año. Y cada vez que lo hacía tenía la oportunidad de filmar algo bello o extraño. Un año más tarde, seguía sin recibir el dinero necesario para realizar la película en Alemania, pero tenía ya diez horas de material rodado a través de mi ventana. Y al final he acabado haciendo una película desde mi propia ventana.”

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Este texto apareció por pimera vez publicado en Images documentaires (núm.50/51, primer semestre 2004). Su versión en castellano se encuentra en el libro catálgo Ver sin Vertov, coordinado por Carlos Muguiro y editado por La Casa Encendida de Madrid.

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