The passions

Bill Viola, premiado este 2009 con el Premi Internacional Catalunya, comenzó su camino en la década de los setenta con los “videos estructurales” y progresivamente fue encaminándose hacia una cierta trascendencia. Su intención es materializar lo invisible en lo visible y captar la realidad oculta, forjando una poética del límite que transita los terrenos fronterizos del sueño y la vigilia, la memoria y el olvido, el nacimiento y la muerte, siempre con la fuerte presencia del inconsciente.


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La permanencia de lo sagrado en el videoarte

En un ensayo del año 1964 titulado La permanencia de lo sagrado en el arte contemporáneo, Mircea Eliade, célebre historiador de las religiones, reflexionaba acerca de cómo, desde hace más de un siglo, Occidente no ha logrado generar “arte religioso”, o no al menos en términos tradicionales. Ahora bien, no podemos, según Eliade, diagnosticar la desaparición completa de lo sagrado dentro del arte moderno, pues sobrevive “camuflado en formas, intenciones y significaciones aparentemente profanas” (1). Pues bien, en el abigarrado y rizomático paisaje artístico contemporáneo descubrimos reputados creadores que, a través de diversos lenguajes expresivos, han transitado una  vía de percepción y encarnación sensible de lo espiritual (allí donde late lo sagrado). Desde este punto de vista podemos apreciar y pensar las obras de Mark Rothko, Anish Kapoor, Joseph Beuys, Jorge Oteiza, o el artista estadounidense Bill Viola.

Si nos centramos en la trayectoria creativa de Bill Viola, vislumbramos un largo camino que comenzó en la década de los setenta con los “videos estructurales” (soporte para la experimentación con objeto de desentrañar las propiedades y posibilidades del medio), y progresivamente, a principios de los ochenta, fue encaminándose -ascendiendo- firmemente hacia una cierta trascendencia. De este modo, abandona la vocación narcisista regente hasta ese momento (declaraba que el video era una forma de comunicación consigo mismo), e inicia una apertura de su mirada hacia el mundo exterior, afanándose en acceder o conocer su propio yo ahí fuera. Viola ya alberga una imagen del mundo (extraída de fuentes muy variadas, a saber: antiguos griegos, taoísmo chino, el misticismo judeocristiano, la poesía europea visionaria y, en especial, el budismo zen) como armónica unidad en la que se entreveran la realidad exterior e interior, el macrocosmos y el microcosmos. En definitiva, pretende abrir las puertas de la percepción, indagar y materializar lo invisible en lo visible y, por tanto, captar esa otra realidad oculta, penetrar en el “más allá”; los recursos expresivos empleados serán: la ralentización y aceleración, alargamiento y ensanchamiento de las imágenes, o el desvelamiento de la significación simbólica de los objetos (2). Todo ello forja una poética del límite, que transita los terrenos fronterizos o intersticiales del sueño y la vigilia, la memoria y el olvido, el nacimiento y la  muerte, mas siempre con la fuerte presencia del inconsciente.

Precisamente en los territorios del inconsciente nacen las imágenes arquetípicas perseguidas por Viola, e igualmente en el seno de estos oscuros espacios no iluminados por la luz de la conciencia, Eliade ubica lo sagrado, o recurriendo a sus propias palabras: “lo sagrado sobrevive sepultado en el inconsciente” (3). Y allí, siguiendo con los postulados del pensador rumano, también anidan las pulsiones, los deseos y las pasiones. Así arribamos a un nuevo viraje paradigmático en la obra del americano, ya que a inicios del nuevo siglo emprende un ambicioso trabajo que tendrá como principio natal la representación de las pasiones. A diferencia de las anteriores obras, que habían sido el fruto de un profundo estudio de la religión oriental y el misticismo islámico (tomando como referente el pensamiento de Suzuki, discípulo laico del zen, y A.K. Coomaraswamy, historiador del arte de Sri Lanka), esta naciente obra sería incubada a partir de unas fuentes a las que Viola aún no había acudido: el arte devocional cristiano de la Edad Media y del Renacimiento, amen de algunas experiencias visionarias en el seno de este marco artístico. Por tanto, se disponía a descender a su propia raigambre cultural, el cristianismo occidental, que otrora había rechazado, pues tomó consciencia de la universalidad de la experiencia mística y, en general, espiritual. No obstante, la simiente estética de este proyecto estaba ya incoada en The Greeting (1995), video instalación que muestra a tres mujeres –una mayor, una más joven y una tercera embarazada- conversando entre susurros inaudibles, cuyos gestos y expresiones se modulan progresivamente. Podemos apreciarlos en detalle debido a la filmación con cámaras de alta velocidad y la posterior proyección ralentizada en extremo. De este modo, The Greeting descansa sobre los pilares formales que sostendrán igualmente The Passions, y que Viola no había empleado con anterioridad: casting y dirección de actores, construcción de un complejo set de rodaje, por no mencionar la colaboración de un equipo completo de grabación (maquillaje, técnico de luces, etc). En suma, ambas instalaciones llevan a cabo la reanimación de pinturas de los grandes maestros de la tradición que despertaban una tremenda fascinación en Viola, el cual tiene como horizonte último retratar “el arco de intensidad emocional”, como él mismo lo designa. La recurrente utilización de una sola toma de edición le permite captar plenamente esta “ola de pasiones”, así como desnudar la imagen al completo (alejándose del virtuosismo en la edición de antaño) y despojarla de cualquier narratividad. Ciertamente este profeta y pionero del videoarte siempre fue muy consciente de la perentoria necesidad de un renacer del lado emocional de nuestra naturaleza, hoy día enterrado, ya que sólo así recuperaremos “las energías más poderosas de nuestro Ser” (4).

The Quintet of Astonishead (5) (2000) constituye el nacimiento de The Passions.  El lienzo Cristo ridiculizado del Bosco fue el modelo visual, aunque las recreaciones de Viola, trasunto moderno del mítico Pigmalión y su anhelo por insuflar vida a la obra de arte, están enraizadas en suelo contemporáneo y secular (los actores siempre portan ropas de nuestro tiempo). Observamos un grupo de figuras enmarcadas de medio cuerpo (cuatro hombres y una mujer) sobre un fondo negro e iluminado por un potente foco en el extremo superior izquierda. Parten de una inmovilidad absoluta rayana con lo pictórico, y muy lentamente comienzan a moverse. Sus expresiones fluctúan entre la neutralidad y un mosaico de emociones que abarcan desde el dolor y la pena hasta  la ira, el miedo y el éxtasis.

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(1) Eliade, Mircea. El Vuelo mágico y otros ensayos. Barcelona: Siruela, 2000.
(2) A esta época pertenece una de las instalaciones más sugestivas de Viola: The Crossing (1986). Este viaje sensorial comienza en una habitación oscura donde están dispuestos simétricamente dos paneles. Uno nos muestra a un hombre envuelto por el agua caída de la parte superior, y en el panel opuesto vemos al mismo hombre  mientras es devorado por unas llamas que nacen desde la parte inferior; el panel del agua es iluminado, y por el contrario, en el panel del fuego reina la oscuridad. Nos sentimos cautivados por esta liturgia donde acontece la comunión del agua y el fuego, las simbólicas nupcias del cielo y el infierno.
(3) Eliade, Mircea. op.cit.
(4) VV.AA. Bill Viola. Más allá de la Mirada (imágenes no vistas). Madrid: Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, 1993.
(5) Casi simultáneamente a esta pieza Viola diseña Six Heads (2000), instalación que se compone de una única imagen que registra la representación simultanea de seis estados emocionales, expresados a través de un solo rostro que se proyecta en seis puntos distintos de la pantalla. Viola tomó esta idea de los estudios y bocetos dibujados por el pintor tenebrista español José Ribera, en los que retrataba las variaciones faciales de un santo durante el transcurso de una experiencia visionaria.

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