California Company Town

Lee Anne Schmitt comparte California como terrirotio físico y cultural con los Thom Andersen, Travis Wilkerson, John Gianvito o James Benning, interrogándose por la representación fílmica de los lugares, por la lectura de las distintas capas que la historia ha sedimentado y por la recuperación de una cierta memoria obrerista e izquierdista.


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Hace poco más de un año, el Festival de Cine de Gijón organizaba un excelente ciclo titulado La utopía yanqui, donde el objetivo era cartografiar una zona normalmente desatendida del cine norteamericano, caracterizada por su radical independencia y un evidente compromiso político. Lee Anne Schmitt es sin duda un nombre que sumar a los que se apuntaban allí, en la estela de los de Thom Andersen, Travis Wilkerson o John Gianvito, con los que su trabajo en California Company Town (2008) guarda una estrecha relación. Y eso no tanto por una estética común –que también existe en ciertos casos– sino más bien por compartir algo que podríamos llamar un territorio. Un territorio físico: como en varios de los cineastas citados, a los que podríamos añadir la figura central de James Benning, California como espacio de focalización (1), interrogándose en sus obras tanto por la representación fílmica de los lugares, como por la singularidad del paisaje californiano y la lectura de las distintas capas que la historia ha sedimentado para configurarlo tal y como lo conocemos. Pero también un territorio cultural: la recuperación de una cierta memoria obrerista e izquierdista, a través de la lectura de los signos aún visibles (aunque en franca decadencia en muchos casos) de la misma (2).

En el caso de California Company Town, Lee Anne Schmitt nos invita a un apasionante viaje de exploración (3) de una tipología urbanística ya prácticamente desaparecida, la de las “company towns”, pequeñas ciudades en miniatura construidas alrededor de empresas para alojamiento del personal de las mismas, y que en el filme aparecen irremisiblemente convertidas en paisajes desérticos, desolados. Unos paisajes que traen a la memoria los filmados por James Benning en su “trilogía de California”, con ese vaciamiento de la figura humana y ese toque peculiar que ofrece la película en 16mm. Pero esta relación no deja de ser equívoca, superficial, ligada a una manera de encuadrar, a una calidad pictórica que sin duda resulta familiar. Pero una gran diferencia aleja a Schmitt de los pasos de su reconocido maestro, y que atiende sobre todo a un concepto diferente de la duración. Porque los planos de California Company Town, comparados con los cuadros totalmente dinámicos de Benning, parecen casi fotografías. Mucho más funcionales, más atentos al detalle solitario, de modo que la narrativa, el comentario revelador, no viene casi nunca del interior de los mismos, sino de la relación que mantiene con los diferentes materiales –como el metraje de archivo o la constante recurrencia a la radio americana– que la cineasta va ensamblando de manera magistral.

Es aquí donde se juega la película alcanza su mayor interés, en su capacidad para armar un film-ensayo que consigue sorprender al espectador a partir de un esquema aparentemente repetitivo. Cada uno de los capítulos corresponden a un espacio, del que se dan normalmente apenas un par de pequeños apuntes a veces casi frívolos, pero que sumados, acaban configurando una mirada panorámica al paisaje californiano como espacio de luchas, pero también como un lugar –como todos– atravesado por las paradojas y las incesantes transformaciones. Es decir, el filme, sin renunciar a ese espíritu militante que comparte por ejemplo con Profit Motive and the whispering wind, es mucho más que un alegato contra la desindustrialización del estado californiano, la explotación capitalista del territorio y el manejo de las corporaciones militares y financieras, para convertirse en una enriquecedora lección de geografía cultural y emocional, sostenida en el uso de un imaginario paisajístico que recurre con inteligencia a nuestro imaginario de espectador.

Así, comparecen desde el bosque de secuoyas de Vértigo (Alfred Hitchcock, 1958), donde se nos cuenta, en una anotación digna de los geniales comentarios de Chris Marker, como el nombre de la más grande de estas cambió su nombre de general por el de Karl Marx en el tiempo de las comunas utópicas, hasta las características estampas de las plataformas de extracción petrolífera, pasando por imágenes más olvidadas, como las de los campos de concentración para japoneses. Pero la cineasta sitúa los lugares más conocidos al final, en una inesperada vuelta de tuerca al concepto de company town: la marginal Richmond y la exitosa Silicon Vallie, que nos alerta de su pervivencia bajo nuevos parámetros. El último capítulo del filme nos traslada al emblema se un nuevo tipo de economía, para terminar así con una coda irónica un filme que trabaja sobre las ruinas de la era fordista. En solo un corte, del paisaje conflictivo del ghetto a la idílica imagen de la ciudad sin conflictos, pero también sin memoria. Contra ese olvido filma Lee Anne Schmitt.

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(1) De hecho, tanto Andersen como Benning o la propia Schmitt son profesores del CalArts (California Institute of Arts), del que a su vez, Wilkerson, entre otros, ha sido alumno.
(2) Habría que preguntarse por qué en los intentos de recuperación de la memoria por el cine español estos temas casi nunca aparecen. Material hay, de las luchas sindicales dentro del franquismo a, por ligarlo estrictamente con el tema de este filme, las colonias obreras del XIX, activas sobre todo en Catalunya.
(3) Un viaje incluso en el sentido estricto del término, ya que la película se filma durante casi 4 años de intensa investigación, donde Lee Anne Schmitt viaja al encuentro de estos lugares ocultos de la historia.

FICHA TÉCNICA
Dirección y guión: Lee Anne Schmitt
Dirección de fotografía: Lee Anne Schmitt
Montaje: Lee Anne Schmitt
Diseño de sonido: Ryan Philippi
Producción: Lee Anne Schmitt
País y año de producción: Estados Unidos, 2008.

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