El acorazado Sasha

En cualquier caso, una imagen no es más que una imagen. Su imagen. Pero las imágenes tienen dos vidas: la que está en la fotografía y la otra, la que ve el espectador. O quizá tres, si sumamos la que el director o el fotógrafo tenían en mente cuando decidieron que entre las infinitas imágenes del mundo aquélla era la que querían. O tal vez cada imagen tenga múltiples vidas. ¿Acaso una imagen no tiene tantas lecturas posibles como personas distintas la miren?


    Post2PDF
Inicio   1 2 3 4 5

Esperaba que nadie se diera cuenta, pero sabía que ciertas personas lo notarían. Siempre hay quien se da cuenta. Tenía la impresión de haber sido muy discreto, pero quizá me equivocaba. Y, desde luego, no era el primero que incurría en la culpa de engañarse a sí mismo. Quizás estas cosas tengan vida propia y no se puedan esconder, aunque siempre se me ha dado muy bien esconder cosas.

En cualquier caso, una imagen no es más que una imagen. Su imagen. Pero las imágenes tienen dos vidas: la que está en la fotografía y la otra, la que ve el espectador. O quizá tres, si sumamos la que el director o el fotógrafo tenían en mente cuando decidieron que entre las infinitas imágenes del mundo aquélla era la que querían. O tal vez cada imagen tenga múltiples vidas. ¿Acaso una imagen no tiene tantas lecturas posibles como personas distintas la miren? Y ya sabes lo difícil que resulta impedir que los espectadores saquen sus propias conclusiones, que entiendan cosas que nunca quisiste decir. Pero esos preciosos fotogramas en los que apareces tú… Sasha, Sasha. Forman parte de la película pero también son míos. Como son también tuyos. De este modo, fotograma a fotograma, no a una velocidad de veinticuatro fotogramas por segundo, sino demorándome en su contemplación todo el tiempo que quiera, estarás conmigo para siempre. Nunca me abandonarás. Nunca abandonarás los fotogramas de la película. Nunca podrás abandonarlos. Al menos, en esos pocos fotogramas nunca me traicionarás para irte con otro. Y digo “traicionar”, ¡sí! Parezco una mujer celosa. Como si me hubieran prometido algo, como si él hubiese agradecido siquiera las atenciones que le prodigué.

El acorazado Sasha

Serás mío, no envejecerás jamás, ni me sorprenderás con respuestas o acciones inesperadas, mientras el nitrato de plata sobreviva, mientras no entre en combustión espontánea o se convierta en un polvo de color marrón ácido o sea destruido de forma deliberada para obtener la valiosa plata que contiene y preparar con ella nuevas emulsiones. Y con esta plata se harán nuevas películas que a su vez serán destruidas. Es un proceso muy orgánico, como los huesos de los muertos que fertilizan la tierra y hacen que crezca la hierba. Esta idea no me desagradaba, pero no quería que la frágil imagen de mi precioso Sasha —el fantasma de un fantasma— fuera destruida para convertirse en un western de dos rollos de cinta…, claro que en la Unión Soviética no había westerns de dos rollos. Es sólo un ejemplo.

Poco me imaginaba entonces —¿quién iba a pensar en estas cosas?— que las películas no sólo me sobrevivirían a mí sino también a él, mucho después de que hubiera envejecido y ya no fuera un tipo fornido y atractivo, como siempre lo recordaría yo. Yo era su única esperanza, su fuente de la juventud, el taumaturgo que podía concederle la inmortalidad. Pero, en realidad, sólo fue una cuestión de suerte. Si podía regalarle esa insegura imagen espectral, era gracias a mi talento extraordinario. Perfectamente podría no haber tenido ese talento, y entonces no existiría documento alguno de la belleza recia y corpulenta de Sasha, ni tampoco se conservaría ningún indicio que insinuara disimuladamente mi amor inexpresable y no correspondido. Pero no puedo mentir. Que no se me tenga por arrogante por coincidir con lo que piensa todo el mundo: soy un genio, aunque no me siento como un genio, en el caso de que exista este sentimiento. Me siento yo mismo. Es el único “yo” que conozco. Me parece que los genios, teniendo como tienen tantos talentos y recursos a su alcance, deberían ser más felices. Así que, bien mirado, quizá no sea un genio. Con todo, soy consciente de que, con sólo veintisiete años, había creado ya algo extraordinario y maravilloso. Y él tuvo un papel crucial en ello. Me hace feliz el saber que en cada proyección de El acorazado Potemkin renace Sasha —al igual que renazco yo—, haciendo los mismos gestos, con las mismas expresiones, llenando el plano del mismo modo que cuando hicimos la película. La única diferencia es que ahora ya no puede hacer que arda en deseos por él. El deseo, la risa, el dolor son cosas que han quedado atrás. Lo único que aún está vivo es mi cansado cerebro, que no deja de darle vueltas al pasado. Vueltas y revueltas. Remordimientos. Oportunidades perdidas. Todo es inútil. Revivo los mismos hechos una y otra vez. No puedo pensar en nada nuevo porque hace mucho que estoy muerto. Me veo obligado a rumiar las pocas cosas que conozco, lo poco que he vivido y que todavía logro recordar.

En aquella época no creíamos en los actores. No era sólo que todas las personas fueran iguales —como, por supuesto, eran—, sino que, además, para los que hacíamos películas las técnicas de los actores no significaban gran cosa. No era una profesión prestigiosa y no se le concedía ningún valor especial. Era una de esas cosas que se hacían antes de la revolución, una cosa impregnada de un perfume decadente, anclada en los lejanos días de antes de que el proletariado se alzara y nos dijera lo que quería ver. Los actores pertenecían al teatro. Chejov, Shakespeare, Ibsen. Actores que actuaban. En las películas no hacía falta actuar; sólo se tenía que ser. Para expresar la esencia de lo que eran, las personas tenían sus caras, sus caras únicas, sus expresiones, sus cuerpos. ¿Ves la diferencia? No se trataba de personajes, sino de personas, tanto de personas individuales como de tipos de personas. Una persona representaba a otras muchas que pertenecían a su mismo tipo. Era estúpido y vanidoso pensar que como individuos fuéramos tan importantes y únicos que no hubiera nadie más en el mundo con quien compartiésemos muchos rasgos y características. Yo hice espectáculos y poemas épicos en los que nadie brillaba por sus refinadas habilidades actorales. Ésa era una de las cosas que distinguían las películas del teatro. Pintaba en un inmenso lienzo que retrataba tal como eran a los hombres libres soviéticos —y a veces, aunque no muy a menudo, a las mujeres libres soviéticas— y que hacía que se vieran a sí mismos tal como eran. Eran a la vez los participantes en la pantalla y los espectadores en los asientos. Nunca se había resuelto con tanta sutileza un acertijo político y estético tan perfecto.

NOTA: Reproducción y traducción del artículo publicado en el libro de Mark Rappaport Le spectateur qui en savait trop, Editions P.O.L, Paris, Junio 2008.
Traducción de Marc Jiménez Buzzi

Inicio   1 2 3 4 5

SUSCRIPCIÓN

Suscribirse a la newsletter

Redes sociales y canales de vídeo

  • Facebook
  • Twitter
  • Vimeo
  • ETIQUETAS

    ARCHIVO