Ucro-topías: tiempos trans-modernos (acercamiento a las visibilidades de una película superficial)

Estamos convencidos de que Iván Zulueta se tiene a sí mismo por un creador de superficies y no de fondos o contenidos o, al menos, así lo vemos nosotros: de este modo, Arrebato -y esperamos que se entienda lo que queremos decir con esto- es una película que no esconde nada, un film que no tiene ningún mensaje que desentrañar, una (o varias) interpretación(es) que puedan iluminar su visionado, sino que se trata de un film en el que todo está en su superficie.


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Iván Z de Andrés Duque

Z.

Entre los múltiples mecanismos ideados por el ser humano para engañar al ojo, y a la mente, en la visión del límite del tiempo, quizá uno de los más evidentes, es el coleccionismo. Y de todos los coleccionismos quizá el más radical es el que se refiere o afecta uno mismo, o a la familia de uno, a través del álbum personal o familiar. Ninguno de los personajes del film tiene un álbum de fotos, pero el coleccionismo de Pedro es ritual: desde la muñeca de Betty Boop, hasta el teatrillo o el cofre lleno de tebeos y álbumes (objeto de colección en sí mismo).

El álbum como residuo, como pedazo de cuerpo, como archivo de sustancias comestibles y de objetos emblemáticos; o bien como maquillaje, cortes de tijera, o descabezamientos o disfraces, corre parejo con la construcción de la percepción del cuerpo y de sus evocaciones. Es parte de la identidad de la tribu. O sea que, así como el cuerpo se somete a un régimen de percepción donde él mismo es espacio, donde se supone un aquí y un ahora, también la percepción del álbum es la de un cuerpo que se representa en distintas funciones de la vida en sociedad o privada y, a su vez, en trozos de él, o sea pies, manos, uñas, y así sucesivamente. (16)

Estas palabras, aparecidas en un estudio sobre los álbumes familiares, nos hacen pensar, no tanto en el papel que desempeña el coleccionismo de Pedro en el film, sino más bien en el propio film como archivo, depósito, álbum de Iván Zulueta. Evidentemente, las imágenes de sus películas anteriores son los elementos más visibles de ese archivo, pero no los únicos. Los cromos, los juguetes de la infancia, o la foto de la mujer con el perro (elemento recurrente que guarda sospechosas similitudes con algún retrato de la madre de Zulueta que se puede ver en Iván Z) forman igualmente parte de ese álbum que supone Arrebato para su realizador. Por lo tanto, y para finalizar, hoy podemos ver este film como un residuo de un cuerpo que a la vez es espacio o que ha querido ser espacio. Al fin y al cabo, con el paso de los años, de la infancia de Zulueta a la realización del film, los álbumes han envejecido, pero igualmente lo han hecho de ese momento hasta nuestros días y de ello es testigo la cámara de Andrés Duque en Ivan Z. Del mismo modo que el fotograma rojo crece matemáticamente, los cromos de Blancanieves ven reducido su tamaño edición tras edición. Los objetos destinados a detener el paso del tiempo (como el álbum de fotos familiar) acaban revelando su inexorable paso y en medio el ser humano no deja de luchar por un imposible, o como afirma el propio Zulueta: ‘ha tenido que pasar el tiempo para comprobar que no es fácil terminar, que es muy difícil acabar… Y que seguir es igual de tremendo’. O como diría Pedro P: ‘Total, un siglo es un siglo.’, aunque ahora posiblemente no fuese capaz de apostillar como entonces: ‘Tiremos la casa por la ventana’.

(16) SILVA, Armando, Álbum de familia. La imagen de nosotros mismos, Barcelona: Norma, 1998, pág, 80-81.

*Texto extraído del volumen colectivo editado por Roberto Cueto, Arrebato… 25 años después (Valencia, IVAC- La Filmoteca, 2006). Se han eliminado algunas notas a pie de página del artículo original para facilitar su lectura en formato digital.

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