Especial Punto de Vista 2010

Crónica especial de Blogs&Docs a raíz de la sexta edición del festival Punto de Vista de Pamplona (5-13 de febrero). Fotografías: Rodrigo Pérez / Punto de Vista.


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De lo observacional

Danza a los espíritus (Ricardo Íscar, 2009)

Íscar presentó en Pamplona su último largometraje después de la sobresaliente Tierra Negra (2004). De por medio ha habido algun mediometraje y algunos cortos, uno de ellos muy premiado (El Cerco, 2005, codirigido con Nacho Martín). De nuevo, el cineasta salmantino se declina por un trabajo de vertiente antropológica, heredando la influencia de Jean Rouch. Se sumerge en esta ocasión en la selva del Camerún, haciendo un retrato del trabajo de un “médico alternativo” (lo que en otras épocas se llamaba “curandero”, aunque el mismo protagonista se denomina a veces a él mismo como “sorcier”, brujo). La película es una reivindicación de esta mediciona tradicional como una ciencia compleja a estudiar y conservar. A la vez es también una reivindicación cinematográfica. Este es un terreno ya pisado y trillado por las rápidas y superficiales cámaras de televisión, demasiadas veces. El realizador insiste en el buen quehacer fílmico, en el poder de la imagen y de la narración, en el trabajo riguroso y calmo para entender y profundizar en cualquier tema. Una reivindicación de las imágenes bien construidas, perdurables, frente a las pensadas sólo para consumir, efímeras.

La cámara de Íscar filma con admiración la belleza terrenal de esta parte del planeta, los rostros de aquellos quienes la habitan y las pequeñas cosas que les rodean y les identifican. La película se divide en dos partes. La primera es la introducción a la cultura médica de los evuzok a través del protagonista, Mba Owona. Veremos su metodología, sus estudios, su clínica y también sus problemas “sindicales”. Esta larga presentación nos prepara para entender la segunda parte sin clichés ni prisas. El desenlace, pues, está compuesto sólo por la danza que da nombre a la película. Unos veinte minutos de baile accelerando, una catarsis festiva de tambores y remedios tradicionales, la secuencia más impresionante del largometraje.

Sobre Sweetgrass (Lucien Castaign-Taylor, Ilisa Barbash, EUA, 2009) y Demolition (Jean-Paul Sniadecki, China / EUA, 2008)

En una edición en que la sección oficial fue parca en grandes descubrimientos, podría resultar uno de los más estimulantes no tanto el de un cineasta como el de un foco de producción: el Departamento de Antropología de Harvard, que estaba en el origen de estas dos películas, de las mejores vistas en competición. Ambos son documentales que se sitúan en una línea si se quiere clásica, deudora de diferentes modelos de lo observacional, pero que consiguen problematizar de una manera u otra su acercamiento a lo real y al otro filmado (ese territorio en que históricamente la antropología y el cine documental se dan al mano).

Empecemos por Sweetgrass. En su inicio (el tercer plano del filme, si no recuerdo mal), un plano que es una declaración de intenciones: el conjunto del rebaño de ovejas, encuadrado como si devolviese la mirada a la cámara, creando una extraña relación con el espectador que se ve observado por un elemento no habitual (misma función tendría el sonido del balido de las ovejas, presencia constante a lo largo del filme, con todas las gamas y tonos imaginables). De ahí en adelante, Sweetgrass escapa bastante bien a esa loa nostálgica al trabajo que desaparece (tema-cliché bastante habitual), a la descripción de eses vaqueros para los que esa forma de vida se acaba, para realizar en cambio un filme sobre la relación del hombre con el elemento natural, asociado a un cierto tipo de producción económica. Un filme paisajista, donde los planos tienden hacia la larga duración, pero que dudamos en llamar contemplativo, ya que el paisaje natural está continuamente atravesado por todo tipo de fuerzas, que nos recuerda hasta cierto punto (careciendo del sublime aparataje formal de este) la mirada que James Benning vierte sobre el paisaje norteamericano: por la atención al paisaje modificado, por unas composiciones dinámicas que hacen cambiar el paisaje con un simple movimiento (ese plano, monumental, digno ese sí de Benning, de las ovejas entrando en la explotación), por el inteligente uso de la iconografía del western en la descripción de sus personajes y situaciones. Una mirada al pasado y al presente de un país con la excusa de un puñado de ovejas. Ni más ni menos.

Demolition también sitúa de forma clara su planteamiento desde casi el primer plano. En una panorámica de 360º, Sniadecki define el espacio del que nos va a hablar, el delimitado por la demolición de un edificio en algún lugar de Sichuán, no casualmente lindante a un estadio deportivo pre-olimpiadas. A partir de ahí, toda una serie de ramificaciones que nacen directamente de la intervención de la cámara, de cómo esta crea relaciones con los habitantes de ese lugar (tanto los obreros como los chavales que lo utilizan para practicar deporte al aire libre, o los simples paseantes). Una cámara que crea tensiones, entre lo que se puede y no mostrar, tanto a nivel particular (esa escena de las duchas que los obreros bromean con que filme, y que nos hace pensar en el inicio de West of the tracks), como general, haciéndonos reflexionar sobre los usos del espacio público en la China actual. En este sentido, el filme posee una de las secuencias más potentes vistas últimamente en una pantalla, o cómo una visita turística por una plaza pública, con foto de grupo con Mao al fondo incluida se convierte, por el poder de la cámara como elemento subversivo, en un amago de manifestación y confrontación real con la autoridad. Un filme que se une a los de Wang Bing o Jia Zhiang-ke en su retrato de una China en acelerada reconstrucción, y de todo lo que esta arrastra por el camino.

Le plein pays (Antoine Boutet, Francia, 2009)

El retrato de personajes singulares, bien por su situación al margen de lo social, bien por tener costumbres especiales difícilmente compartibles por el espectador o por su locura en ocasiones patente, ha devenido, de Ulrich Seidl a Errol Morris, pasando por Óscar Pérez o Ben Rivers, un tema recurrente del documental contemporáneo. No es difícil entender esta fascinación, que se alimentaría por lo menos de dos lógicas, que no son necesariamente excluyentes en algunos de los cineastas citados: la de espectacularización de lo excéntrico, de lo bizarro (que lleva hasta la risa, a veces incómoda, del que mira), y la lógica documentalista clásica de acercamiento al otro para intentar comprenderlo.

El filme de Boutet tiene interés en cuanto parece proponer un caso límite que escapa en cierta forma a las dos lógicas (o en donde estas no acaban de poder realizarse completamente), el de un personaje ante el que el espectador no parece tener, por lo menos en un principio, puntos de enganche emocional, pues este se nos presenta ensimismado, dueño de un lenguaje propio constituido por palabras farfulladas hasta su total distorsión, y que el cineasta tiene a bien no subtitular en buena parte del metraje. Filme que plantea en su comienzo un choque, un desafío al entendimiento, y que finalmente acabará escenificando un tránsito, el que lleva al espectador a convertirse en descifrador de una serie de códigos con los que el personaje se comunica, y que en último término, como en sus mensajes grabados, no son sino reelaboraciones de lo que este recibe del mundo exterior. Fascinante es el plano en que vemos como selecciona sus mensajes de la radio, y recompone una especie de discurso, dislocado y apocalíptico, no tan alejado de los que manejan los protagonistas de RIP in Pieces America, aunque sí menos sintomático, impermeable al análisis.

Tarata (Alan Ferszt, Bolivia, 2009) transcurre en un perdido y miserable pueblo boliviano, tal y como nos lo presenta el director. El estilo es un poco rudo, con imperfecciones visuales y sonoras, pero precisamente este irregular quehacer nos transmitió algunas impresiones de veracidad, que fueron lo mejor del mediometraje. Diversos testimonios con voz en off -siempre en idioma quechua- nos explican vivencias varias de los últimos años en esta zona, mientras contemplamos la cotidianeidad, los surcos en los rostros de los ancianos o el patético borracho del pueblo quien no se aguanta de pie. Los temas que van apareciendo (la mortalidad infantil, la precariedad sanitaria, laboral, cultural) nos muestran un sitio sin futuro alguno, una estampa muy depresiva, a la cual le echamos de menos algun atisbo de alegría, que debe haberla aunque sea fugaz, o trazar alguna línea reivindicativa o de resistencia social, y no sólo quedarse agazapado en el lado victimista de la historia.

The lucky ones (Tomasz Wolski, Polonia, 2009) es un documental bastante convencional pero bien ejecutado. Parte de un hecho peculiar (en una ciudad de Polonia coinciden en un solo edificio el registro de nacimientos, matrimonios y fallecidos) para mostrar las distintas reacciones de los seres humanos que en estos tránsitos claves de su vida se encuentran. Hay dos posiciones de cámara (los ciudadanos y los funcionarios) no frontales ni preparadas, los planos a veces son frontales, otras escorzos, un poco improvisadas. La filmación es distante, de colores fríos, y en el montaje se entremezclan esta sucesión de hechos alegres y tristes. Lo más destacable son los rostros, las miradas y los silencios. Descubrir todos los significados y variantes que una sonrisa encierra dentro de sí.

Palmarés:

Gran premio Punto de Vista a la mejor película, dotado con 10.000 euros: Let each one go where he may, de Ben Russell.

Premio Jean Vigo a la Mejor Dirección, dotado con 5.500 euros: Javier Fernández, Luis López y Natalia Marín, del colectivo Los hijos, por Los materiales.

Premio al Mejor Cortometraje, dotado con 3.500 euros: Amanar Tamasheq de Lluís Escartín.

Mención Especial, dotada con 1.250 euros: Le plein pays de Antoine Boutet.

Mención Especial, dotada con 1.250 euros: The darkness of day de Jay Rosenblatt.

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Un Comentario

  1. gertrud 16/02/2010 | Permalink

    Ja, hasta me he reído, además de informarme. Gracias

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