Cine y deseo. Un chant d’amour de Jean Genet

El novelista, poeta y dramaturgo francés Jean Genet dejó entre su perturbador legado una única pieza cinematográfica de singular valía: Un chant d’amour.


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Las obras de arte están por encima de la obscenidad y la pornografía
–o, más correctamente
por encima de lo que la policía entiende por obscenidad y pornografía-.
El arte existe en un plano espiritual, estético y moral más elevado.
Jonas Mekas, Manifiesto del Underground sobre la censura

Jean Genet (1910-1986) ha pasado a la posteridad como autor de un sórdido imaginario en el que homosexualidad, transgresión y lumpen se mezclan hasta hacerse una misma cosa. Sus andanzas juveniles estuvieron jalonadas de hurtos y continuas entradas y salidas de centros penitenciarios. Ingresó en el ejército, desertó y vagabundeó por los bajos fondos de media Europa. Robó libros de Proust y de Verlaine, mendigó, se prostituyó. Estuvo a punto de ser condenado a cadena perpetua. Corrompió con sus novelas y expresó la más ácida crítica en sus obras de teatro. Recibió el reconocimiento de la alta cultura. Desapareció. Apoyó a los yippies de Abbie Hoffman y Jerry Rubin en la Convención Nacional Demócrata de Chicago en 1968. Se alió a los Black Panthers en la campaña por la libertad de Bobby Seale (1). Abrazó la causa palestina. Denunció la masacre de Sabra y Chatila. Enfermo de cáncer, un accidente fortuito acabó con su vida y hoy yace enterrado en el antiguo cementerio español de Larache, subrayando con ese último gesto de exilio la profunda desafección que maduró hacia su país de origen y hacia todo Occidente.

Un chant d’amour

Después de una juventud atropellada y marginal, Jean Genet, el joven delincuente homosexual cuyos textos había descubierto años atrás Jean Cocteau, se encuentra en uno de los momentos álgidos de su creatividad literaria. Tras el fin de la II Guerra Mundial, entre 1946 y 1947 ven la luz sucesivamente El milagro de la rosa, Pompas fúnebres, Querelle de Brest y su primera obra teatral, Las criadas. Sin embargo, y a pesar de su creciente reconocimiento, Genet aún tiene algunas cuentas pendientes con la justicia. Sartre y Cocteau intermediarán para conseguir un indulto presidencial que le librará definitivamente de la cárcel. Animado por Cocteau y después de terminar Estricta vigilancia (1949) y Diario del ladrón (1949), Genet se lanzará al cine. El resultado, la erótica y pornográfica, censurada y poética Un chant d’amour (1950). La película, muda y originalmente sin música, se adentra en la secreta y ritual comunión lasciva en la que se ven envueltos unos reos ante la mirada sancionadora y pervertida del vigilante. Los presos, fornidos, tatuados, acentuados en el blanco y negro y evocadores con sus poses de la estatuaria griega, se revuelven con promiscuidad ante su forzada separación. Prisioneros, pero solo de sus pasiones, la celda acentúa la irrefrenable atracción de los cuerpos libres y sensuales. Aprovechando un pequeño agujero en la pared, una sencilla pajita hueca por la que los presos se pasan el humo de un cigarrillo les ha enseñado a sortear el aislamiento. Ni todas las prisiones del mundo, parece decir Genet, son suficientes para encerrar la fuerza del deseo.

Allí, en la cárcel, en ese universo exclusivamente masculino que tan bien conoce el francés, se dan cita lo explícito y lo poético, lo sublime y lo más tortuoso. La autoridad, reprimida y voyeur, contempla el baile de complicidades que se dedican entre sí los presos. Asomándose por la mirilla, el carcelero espía las actitudes amatorias de aquellos, abandonados a un salvaje pero forzosamente solitario tiempo del deseo. Atrapado en el suyo propio, el funcionario contempla celda por celda las libidinosas escenas, excitando un voyeurismo en el que Genet implica al espectador. La pantalla se convierte en la mirilla por la que este asiste azorado al espectáculo al que el realizador le ha conducido irremisiblemente. El sadismo del carcelero, reprimido en sus impulsos sexuales, explota al final del film cuando introduce su pistola, símbolo de un poder fálico y armado, en la boca de uno de los presos. “El ojo de Genet te avergüenza y te perturba” llegará a decir Cocteau. Su objetivo es el propio espectador y su cómoda moral.

Genet llevó su drama experimental a unas celdas que se construyeron como decorado en el primer piso de La Rose Rouge, un célebre cabaret -propiedad de Nikos Papatakis (2)- que se encontraba en el barrio parisino de Saint-Germain-des-Prés, en el que desde la posguerra mundial enraizarían la bohemia y el arte, el existencialismo, el jazz y la Nouvelle Vague. La película, que se filmó entre abril y junio de 1950 con actores no profesionales (3), contó con Jacques Natteau como director de fotografía y se comenzó a rodar en 16mm. El camarógrafo, que había trabajado con Jean Renoir en La bestia humana (1938), rápidamente alertó a Genet de los pobres resultados del formato, motivo por el cual ambos tomaron la decisión de volver a empezar en 35mm. Fue a partir de entonces cuando la película comenzó a adquirir toda su intensidad expresiva, en buena medida gracias al gran trabajo del que hizo gala Natteau. Unos años después, en torno a esta cuestión se generó una pequeña polémica, pues algunos vieron detrás de la brillante fotografía de Un chant d’amour la mano de Jean Cocteau. No fue hasta 1964 cuando el asunto por fin quedó resuelto. En una entrevista que Jonas Mekas realizó a Papatakis para la revista Film Culture, el productor confirmó la asistencia habitual de Cocteau al rodaje pero negó cualquier otro tipo de influencia.

El amigo americano

La película, durante decenios, fue calificada como pornográfica. Su exhibición apenas pasaba de ciertos círculos cinematográficos o clandestinos. Tanto fue así que, la primera proyección pública que Henri Langlois organizó en la Cinémathèque francesa en 1954 se mostró mutilada en sus secuencias más explícitas. Un chant d’amour parecía condenada al ostracismo, pero sería el propio Mekas quien, al descubrirla, pusiera todo su empeño en redimir la obra maldita. El lituano consideraba Un chant d’amour una película de vanguardia de belleza extrema y tomó la decisión de introducirla personalmente en Estados Unidos. Mientras que, en Francia, la editorial Gallimard estaba publicando las Obras Completas de Genet, en EE.UU., presa todavía del ambiente creado por la corriente censora del macarthismo, los escritos del francés estaban prohibidos. Mekas denunció que las leyes estaban empujando el arte hacia el underground, pero sabía que la biografía y radicalidad de Genet jugaban en contra de la difusión del film. De la misma manera que Cocteau se había convertido en el gran valedor de su obra escrita, Mekas haría lo propio con su exigua obra cinematográfica. Con la ayuda de Harold Pinter, Mekas logró sortear el control aduanero e introducir clandestinamente la película en EE.UU. Incluyó de inmediato el film en el catálogo de la Filmmakers Cooperative, que asumió los derechos de exhibición y distribución de la película en el país y aprovechó la plataforma que suponía la revista Film Culture para dedicarle varias reseñas. “Nos negamos a esconder nuestro trabajo en restringidas sociedades cinematográficas, en clubs privados o en agrupaciones” dirá Mekas, “nuestro arte es para todos. Debe estar abierto y accesible a todos aquellos que quieran verlo” (4). Las primeras exhibiciones públicas en Nueva York no tardaron en sucederse y, con ellas, violentas intervenciones policiales que dieron con los huesos de un maltrecho Mekas en el calabozo acusado de “ensuciar Estados Unidos”. Después de más redadas en San Francisco, la película llegó a ser prohibida por el Tribunal de Apelaciones en sentencia posteriormente confirmada por la Corte Suprema de EE.UU. El caso Genet causó una profunda ola de indignación en algunos sectores políticos y culturales del país, producto de la cual surgiría un fuerte movimiento contra la censura en cuyas coordenadas se inscribe el Manifiesto del Underground sobre la censura del propio Mekas.

Genet y el cine

En 1975, veinticinco años después de su realización, Nikos Papatakis decidió presentar Un chant d’amour a la comisión del Premio a la Calidad del Centre National de la Cinematographie. Al parecer, la película obtuvo una recompensa nada desdeñable. Sin embargo, un Genet en completo desacuerdo envió una carta a Michel Guy, a la sazón ministro de Cultura del primer gobierno Chirac, rechazando de manera categórica el premio. Genet consideraba que su película era “el esbozo de un esbozo” y no quería verla oficialmente comercializada e incluso amenazó a Papatakis con procedimientos judiciales.

El recelo de Genet con respecto a la comercialización de su película fue quizá excesivo. Si por un lado Cult Epics se encargó de distribuir la versión original del film (5), en 2002 el British Film Institute (BFI) puso en circulación una nueva versión de Un chant d’amour a la que se añadió una banda sonora compuesta por Simon Fisher Turner, responsable de la música de varias películas de Derek Jarman. Esta segunda versión, una arriesgada apuesta del BFI muy extendida en Internet, dota a la película de una fuerza y ritmo exquisitos que se integran a la perfección en el film. Música enigmática y sinuosa como lo es la propia condición del deseo para Genet. Tanto la versión original como la comercializada por el BFI están actualmente al alcance del público en muchas de las plataformas telemáticas habituales.

A pesar de algún tibio conato, la relación de Genet con el cine no fue mucho más allá. No así su obra literaria, que vio cómo Joseph Strick llevaba a la pantalla El balcón en 1963 y Fassbinder hacía lo propio con la novela Querelle de Brest en 1982. La última colaboración entre Genet y el cine se produjo en 1981 cuando se volcó en reconstruir la historia de Mettray, la colonia penitenciaria en la que estuvo internado en su adolescencia. El resultado de aquel trabajo fue El lenguaje de la muralla, un extensísimo guión cinematográfico especialmente beligerante con la oligarquía francesa que nunca llegó a rodarse.

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(1) Tal y como Agnès Varda había hecho dos años antes con otro de los fundadores del Black Panther Party, Huey P. Newton (Black Panthers, 1968).

(2) Productor del film. Años más tarde co-produciría Shadows (John Cassavetes, 1959), antes de afrontar él mismo la dirección con Les abysses (1963), Les pâtres du désordre (1967), The Shepherds of Calamity (1967), The Photograph (1987) y Walking on a Tightrope (1992).

(3) Que no figuran en los créditos y a quienes posteriormente se ha identificado como Bravo, Java, Coco Le Martiniquais y Lucien Sénémaud, un joven que por entonces era amante de Genet y que guardaba un apreciable parecido con él.

(4) Jonas Mekas, Manifiesto del Underground sobre la censura (1964).

(5) El DVD contiene una introducción de Jonas Mekas y comentarios de Kenneth Anger además del documental de Antoine Bourseiller sobre Genet.

FICHA TÉCNICA:
Dirección y guión: Jean Genet
Actores: Bravo, Java, Coco Le Martiniquais, Lucien Sénémaud
Dir. de fotografía: Jacques Natteau
Montaje: Jean Genet
Producción: Nikos Papatakis
País y año de producción: Francia, 1950

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