Inori

El segundo largometraje del mexicano Pedro González-Rubio, Inori, nos lleva a una región de la prefectura de Nara, en Japón, donde asistimos a la vida casi inerte de este enclave rural. En este texto nos apoyaremos en la confrontación entre Inori y Alamar, su primera película, sustancialmente lejanas entre sí.


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Me gustaría escribir sobre Inori sin olvidar la primera película que realizó Pedro González-Rubio hace dos años, Alamar. Desde Blogs&Docs, Carlos Vásquez escribió un texto dirigido al director en el que mostraba las dudas que le había generado su debut. Acertadamente, hablaba de una película “bastante amable con el espectador, quizás demasiado”, que no dejaba que ningún plano se extendiera “más de lo necesario” y donde “la prolijidad de las imágenes submarinas era admirable pero abrumaba tanta belleza”. Alamar era la historia del encuentro de un padre con su hijo en un entorno cautivador, los corales de Banco Chinchorro en México. La puesta en escena dibujaba una relación perfecta y sin fisuras, de reencuentro y aprendizaje en una naturaleza amable, nada indómita. Tanto ánimo mostraba por hacerlo que, por momentos, parecía un vídeo promocional del lugar, cincelado con esas imágenes edulcoradas que duraban lo mínimo para evitar el aburrimiento del espectador. Había un uso excesivo del montaje, una narración inundada por secuencias repetitivas que enmarcaban este bello cuento intergeneracional. El artificio era evidente y desembocaba en un hecho contraproducente: poner en cuestión la veracidad de la historia. No porque no nos creyésemos la relación padre e hijo, ni porque vendiese el coqueteo con las conocidas líneas difusas entre la ficción y el documental, sino porque la enunciación del director dominaba tanto la película que el resultado era una relación acartonada y cercana al buenrollismo más inquietante. No parecía existir una indagación del director durante la película, sino unas intenciones preconcebidas que se mantendrían aunque la película pudiese ir por otros derroteros.

En Alamar echaba en falta más pausa y un mayor rigor de observación que, por contra, sí existe en Inori, su nueva película. Rodada en un pueblo montañoso de Japón de la prefectura de Nara, González-Rubio propone una película más sosegada y con una estructura mejor definida. La cámara viaja a esta región y se dispone a observar, en un montaje rítmico que nos sumerge en las peculiaridades de este valle aislado, oculto entre la bruma. Sin buscar con estos planos, más largos y contemplativos, la evolución de la imagen a través del tiempo, sí que parece buscar una cierta reconfiguración de la mirada del espectador en función de la duración de estos planos. Algo que en Alamar (siga sirviendo como referencia) no ocurría; allí el montaje temía el tedio del espectador ante cierta contemplación y nos ofrecía una especie de tráiler de más de una hora.

El tema principal de Inori es de sobra conocido: un relato en torno a un pequeño pueblo que, con el paso del tiempo, tiende a la desaparición y parece vivir sus últimos años de vida. Sonará poco atractivo por ser un leit motiv filmado hasta el hartazgo en el cine documental más reciente, pero no por ello la apuesta estilística del director deja de ser la más acertada. Sin abandonar el lógico tono elegíaco, el acercamiento hasta estos últimos habitantes de la zona es respetuoso, con la necesaria distancia para observar su vida diaria y recoger sucintamente ciertas reflexiones: los hijos que viven en Tokio y que ya no volverán, los signos de vida que les gustaría ver más pero que desaparecen. González-Rubio se hace con un montaje en off de estas reflexiones para que funcione como otra capa más en este registro soterradamente nostálgico de la vida mínima en esta zona. De nuevo encontramos un paisaje encantador y bello, aunque en este caso sin subrayarlo con planos de postal y dando a estas imágenes un cierto misterio fabulador. Como testigo directa de esa vida humana que se apaga, la naturaleza abre y cierra Inori y también verdea los planos del metraje, engarzados en el argumento y dirigiéndose hacia una poética paisajística mejor entendida que en Alamar. Los espacios en Inori son silentes, enigmáticos, con escasa vida, parajes perturbados por la maleza o por tumbas que se integran en la naturaleza.

El arranque ya presenta un ritmo que no abandonará la película: planos generales del paisaje, de las personas que habitan el lugar y de ellos mismos afanándose en el entorno. Presentación fragmentada de los elementos que componen el filme y búsqueda de una sinergia entre naturaleza y seres humanos, búsqueda de un trasunto de esta vida en los pliegues del lugar. Con imágenes más acertadas que otras en esta diseminación del paisaje (evidentes la del animal agonizante que luego veremos ya muerto más adelante, o la de esa diminuta flor que hay que ayudar a mantener en pie) Inori sí es sutil y acierta en la selección de los breves fragmentos de entrevistas, que aquí funcionan como crisol de un estado de ánimo, no definitivamente alicaído pero si anclado en la pesadumbre de los habitantes.

El cierre en Inori vuelve a primar los planos de la naturaleza con los que empezaba, aquí puntuados con una música incidental que hace despertar aún más al paisaje. Para contextualizar Alamar y así construir un mapa referencial en torno a su película, González-Rubio se acordó de Lisandro Alonso y Jia Zhangke. Inori supera los defectos de Alamar y está más cercana a estos dos realizadores, sin olvidar a Naomi Kawase, productora de la película.

 

FICHA TÉCNICA:
Dirección: Pedro González-Rubio
Dir. de fotografía: Pedro González-Rubio
Sonido: Osamu Takizawa
Montaje: Pedro González-Rubio
Música: Héctor Ruiz
Productor: Naomi Kawase, Nara International Film Festival
País y año de producción: Japón, 2012

Un Comentario

  1. Zdana Romero 17/07/2013 | Permalink

    Definitivamente un trabajo fílmico distinto a lo que tenemos conocido por México, basta con ver el trabajo que hizo en Alamar, una representación de la vida real de una estadia distinta en este país, hace poco la volví a ver en línea y me siguen sorprendiendo las majestuojas aguas azuladas que presentan, parece inverosímil que paisajes como este existan en lugares tan controversiales.

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