Revision

Revision, documental de Philip Scheffner, desmonta pieza a pieza la olvidada muerte de dos ciudadanos rumanos en Alemaina, en una compleja trama de engaños, incompetencias y racismo. Traduce esta idea de re-volver (sobre) el pasado con un recursos muy interesante: gran parte del metraje está compuesto por planos fijos de los entrevistados escuchando las grabaciones de sus propias entrevistas.


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Re-volver a ver

Esta es una película con muchos principios y un solo final. Esta es una película que rebobina la historia, de manera precisa, obsesiva, casi matemática, para encontrar el punto en el que arranca una historia con minúsculas que, sin embargo, funciona como retrato social, histórico, pero sobre todo político, de la construcción europea, y de las relaciones de eso que llamamos (o llamábamos) Europa con aquello, y sobre todo aquellos, que quedan fuera. Aunque estén dentro. Esta es una película que se pregunta muchas veces, y le pregunta al espectador: “¿Dónde empieza esta historia?”. En esencia, Revision es lo que podríamos llamar una película política. Con todas sus letras, porque pone el foco en la cuestión migratoria y de las relaciones de la Europa del bienestar con aquellos que vienen de fuera con la única aspiración de conseguir una vida para ellos y sus familias. Y lo hace sin compasión, y obviamente sin condescendencia, desmontando pieza a pieza el complejo puzzle del relato oficial de la historia de un accidente de caza, en el que murieron por azar Grigore Velcu y Eudache Calderar, dos inmigrantes ilegales rumanos, para ir desvelando poco a poco una compleja trama de engaños, incompetencias, racismo, desprecios colectivos y miradas condescendientes, cuando no directamente despectivas, hacia ese otro al que se le niega todo. También el nombre, la identidad, y hasta la posibilidad de retornar a su tierra, aunque sea muerto. Porque además de ser una película política, Revision es también una película policiaca. O de manera más literal: es la película que termina por sustituir el que debería haber sido el trabajo policial y judicial en busca de un relato lo más completo posible de unos hechos que se trataron de ocultar lo más rápido posible.

Philip Scheffner trabaja sobre dos ejes principales: el paisaje y la entrevista, dos encarnaciones físicas donde se esconde la memoria, donde se agazapan los detalles que pueden re-escribir la historia. El cuerpo como guardián putrefacto de la historia, el paisaje como espacio en el que rastrear las huellas borradas: al principio de la película, algunos de los protagonistas, bomberos, vecinos, que acudieron en ayuda de los dos rumanos asesinados, relatan que cuando la policía decidió investigar el lugar en busca de pruebas, el campo ya había sido arado, arrasando con cualquier posible pista, aniquilando, en teoría, cualquier posible hilo desde el que iniciar la investigación. Esa idea del paisaje arrasado, y sin embargo testigo mudo, convierte la filmación del campo de maíz (que no en vano es un icono del cine de terror) en una constante de una película que se pregunta no sólo los porqués de aquel asesinato, sino sobre todo los porqués, y el cómo, del olvido premeditado, de la ocultación posterior. De esa máquina que pasó enseguida para arar el campo de la historia y tratar de borrar cualquier huella de culpabilidad.

Convertida en un film policiaco, en la mejor línea de aquellas películas que se entienden a sí mismas como posibles sustitutas de los mecanismos del Estado que no pueden, o no quieren, construir un auténtico relato de justicia, la película insiste en la necesidad de re-visitar la historia para tratar de repensar cómo nos relacionamos con nuestro pasado, y pensar si es posible recomponer los relatos y rellenar aquellos vacíos que dejan las versiones oficiales, zonas oscuras de nuestro pasado que son las que nos enseñan justamente aquello que realmente somos. Porque las identidades, colectivas e individuales, se construyen siempre hacia afuera, dibujando imágenes ideales de quiénes somos, o cómo queremos ser, y es en la trastienda, en esos agujeros negros de la historia, donde quedan escondidas las pistas para entender realmente quiénes somos. Individual, o colectivamente. Esa necesidad de re-visitar, de re-volver, de re-latar de nuevo nuestro pasado es el leitmotiv de la película, que juega constantemente a ello, de forma metafórica y de forma literal. Los grandes molinos de viento que presiden hoy en día el escenario del crimen se convierten en una presencia recurrente y ominosa durante toda la película, con el lento sonido de sus aspas al girar como metáfora de un eterno retorno de la historia, una espiral constante, un continuo volver sobre los mismos errores, las mismas situaciones, las mismas preguntas, los mismos vacíos.

Esa idea de re-volver (sobre) el pasado se traduce en una de los recursos más interesantes que Scheffner emplea en esta reconstrucción de un pasado escondido ex-profeso: gran parte del metraje de la película está compuesto por planos fijos de los entrevistados escuchando las grabaciones de sus propias entrevistas. Un ejercicio de doble grabación y rebobinado que nos obliga a pensar, no tanto en la posibilidad de recomponer un relato veraz y completo, sino en los mecanismos de la ocultación política, que construyen la memoria, y en cómo esta memoria colectiva se instala y trata de sustituir a la memoria íntima, construyendo ese relato monocorde donde no hay culpables ni víctimas, solo muertos colaterales de la gran victoria de la historia. Que la película se convierta para las familias de las víctimas en el camino a un conocimiento que les había sido negado, conocimiento que incluye descubrir que perdieron la posibilidad de reclamar indemnizaciones por los asesinatos de sus familiares, no significa que la propia película termine por construir un relato único y uniforme, sino más bien al contrario, plantea de forma abierta cuestiones políticas y cinematográficas, acerca de los vehículos de trasmisión del conocimiento y del documental como una, otra, institución más, capaz de instaurar una verdad tan parcial como las otras. Merle Kröger, coguionista de la película, dijo tras su presentación en el Festival de Berlín: “Conocer a esas familias hizo que se convirtieran en personas para mí”. Y no es poco: la película como el último intento de restituir aquello que se les arrebató a ellos y a sus familiares muertos: su identidad.

FICHA TÉCNICA:
Dirección: Philip Scheffner
Guión: Merle Kröger, Philip Scheffner
Dir. de fotografía: Bernd Meiners
Montaje: Philip Scheffner
Sonido: Pascal Capitolin, Volker Zeigermann
Producción: Merle Kröger, Pong
País y año de producción: Alemania, 2012

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