LAX. Ciclo sobre Los Ángeles en el Reina Sofia

Durante el pasado mes de febrero, el Museo de Arte Reina Sofía ha venido proyectando un interesante ciclo cinematográfico dedicado a la ciudad de Los Ángeles. “LAX” ofrece un conjunto de películas que tienen como punto en común la ciudad californiana, películas que la muestran como protagonista más que como un lujoso decorado para la fabulación.


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Los de James Benning, 2000

LOS ÁNGELES. EL SUEÑO INTERMINABLE QUE CONTAMINA LA REALIDAD

El plano inicial de LAX (Fabrice Ziolkowski, 1988) parece interminable. Una cámara sobrevuela durante diez minutos la inmensa geografía de Los Ángeles. Los excelsos rascacielos que emergen entre una amalgama de casas bajas, el laberinto de avenidas (sí, laberinto de avenidas, no es una contradicción), montañas frondosas incrustadas en medio de la gran urbe… Los Ángeles no se acaba nunca. El inicio de esta película nos introduce en la abrumadora cartografía de esta ciudad, paradigma de muchos de los mitos que engalanan la tradición americana del siglo veinte. Si América es un colosal invento creado a toda prisa durante los últimos 150 años, Los Ángeles es la quintaesencia de esta creación desenfrenada, ciudad disparatada, excesiva y caótica, lujosa y decadente.

Durante el pasado mes de febrero, el Museo de Arte Reina Sofía ha venido proyectando un interesante ciclo dedicado a la ciudad. “LAX” ofrece un conjunto de películas que tienen como punto en común a la ciudad californiana, películas que la muestran como protagonista más que como un lujoso decorado para la confabulación. Cintas de Agnès Varda, James Benning o Thomas Andersen que muestran a Hollywood como un mugroso hotel donde deambulan espectros, filman los años setenta y su peculiar estilo de vida, los olvidados núcleos periféricos… El ciclo deja la conclusión de que Los Ángeles sigue siendo una contradicción indescifrable, que en esta confusión reside su misterio, y que tanta falsedad y ostentosidad resulta ser lo más real de su cotidianeidad. Como si la propia ciudad fuese la que engañase a los visitantes, perturbándoles. Ya lo exclamó Allen Ginsberg en el poema Aullido, en su retahíla de beatificación de ciudades a Los Ángeles fue a la que diferenció del resto: ¡Quien goza Los Ángeles es Los Ángeles! (1)

El ideal que hemos forjado en torno a Los Ángeles es eminentemente ficcional. Aquellos que viajan a la ciudad se mueven normalmente por el acerbo adquirido por tanto relato de ficción ingerido. Como muestra en su inicio la película de Thomas Andersen LA plays itself (2003) algunos lugares de la ciudad han tomado significación gracias a hechos cinematográficos célebres: el lugar donde rodó James Dean tal escena, la escalera donde rodó el piano de la película del gordo y el flaco, las avenidas con nombres de directores (incluso de guionistas). Quizá por esto, las dos primeras películas seleccionadas para abrir el ciclo parecían querer darle una oportunidad a la ciudad, siendo dos cintas urbanas y alejadas de cualquier correlato con la ficción, como para manifestar que Los Ángeles también puede ofrecerse y hablar por sí misma. LAX, la cinta que comentaba al inicio, ofrece una serie de estampas cotidianas de Los Ángeles. Y lo hace a modo de viaje: el plano aéreo que nos descubre los excesos geográficos de la ciudad angelina nos lleva a continuación al aeropuerto, y de ahí a pasear por las imágenes que el director va descubriendo de la ciudad. A estas imágenes las acompañan relatos descontextualizados, relacionados con la ciudad de Godard, Raymond Chandler, Tristan Tzara… la cinta pretende ir más allá de lo meramente observacional incluyendo en su discurso una denuncia a la discriminación a la que han sido sometidas las comunidades de inmigrantes en Los Ángeles. La denuncia queda algo vaga (¿puestos a citar, por qué no a Steinbeck, el gran cronista sobre la desigualdad en California?) y la elección de las instantáneas de la ciudad son las que empujan el relato.

Más aséptica si cabe es la propuesta de James Benning, Los (2000) donde, desde su habitual radicalidad expositiva, el director acude a filmar el extrarradio de Los Ángeles. Como en la mayoría de sus filmes, su composición del relato es matemática, ya que Benning no se contenta con viajar a arrabales e indagar en escenas urbanas, aquí busca los puntos de escape de la ciudad, los lugares de Los Ángeles que abren su camino hacia el desierto, sus precisos puntos de fuga. No se trata sólo de compartir la intimidad de un paisaje, sino de que todos estos paisajes dialoguen entre sí de alguna forma. Dice Thomas Andersen (de nuevo L.A. plays itself) que Los Ángeles es la ciudad más fotografiada siendo la menos fotogénica. Las escenas filmadas por Benning le dan la razón: cada uno de estos paisajes urbanos si son bellos es por su aberrante configuración.

He citado ya un par de veces L.A. plays itself. La cinta de Andersen es la pieza imprescindible dentro de este ciclo, por la profundidad de su discurso y su imbricación con el resto de películas. Este laborioso ensayo (tres horas que recopilan una vasta colección de imágenes cinematográficas) refleja el disonante retrato que ha creado el cine a partir de la realidad de Los Ángeles. Con una peculiar ironía, el director californiano realiza un discurso que se centra en denunciar el falseamiento continuo al que se ha visto sometida Los Ángeles, su ciudad, perpetrado por la manera en que la industria de Hollywood la ha ido maleando a su gusto, destruyendo su realidad para crear otra a su antojo. El gran acierto de Andersen es hacernos apreciar estas imágenes de ficción por sus revelaciones documentales, educando nuestra mirada hacia una óptica documental por encima de la opaca lectura que ofrece el original, aquellas películas que estaban tan conseguidas (o no) pero que falseaban la realidad.

Uno de los lugares con los que Andersen ironiza sobre su uso en las producciones de Hollywood es el hotel Ambassador, lugar donde mataron a Bob Kennedy. Y este decadente hotel es parte fundamental de la hipnótica Decay of fiction (Pat O’Neill, 2002). En cierto modo, Decay of fiction juega también con esa idea de elementos ilusorios de la industria que inundan la realidad de Los Ángeles. En este caso O’Neill, diseñador y artista experimental de larga tradición en Los Ángeles, hace un ejercicio virtuoso de montaje; usando el recurso de las sobreimpresiones el director recrea una serie de espectros cinematográficos de antiguas películas ubicándolos en un edificio que igualmente está instalado en la bruma del pasado. Su planteamiento, su gusto por la reconstrucción clásica, nos retrotraen a aquellas cintas de Guy Maddin que también dialogaban con ciertos estereotipos de la tradición cinematográfica. Siendo de una radical escritura experimental, la película rezuma cine clásico, y aquí está su gran virtud. El último desfile de estos fantasmas por el hotel dejaría sin palabras a cualquier espectador, incluido a David Lynch.

No menos interesante es la cinta de Agnès Varda Mur, murs, rodada en 1980. La directora francesa quedó fascinada por la orgiástica explosión de color que inunda gran parte de Los Ángeles mientras avanzaba entre tantas y tantas avenidas gobernadas por palmeras, y decidió volver con su cámara para filmar una película sobre los muros y su significación en la ciudad. Rostros de toda índole en las paredes, inmensos grafitis que hablan de la integración, de la historia de la ciudad, de la “muralidad” angelina. Mostrando a estos artistas explicando el porqué de sus obras, de las situaciones contradictorias que dibujan (maravilloso el mural donde un cowboy, entre los matojos de una pradera, contempla cómo da vueltas en el espacio un astronauta), acaba ella misma siendo una muralista más, porque Mur, Murs no es más que un inmenso mural sobre la desenfadada (y comprometida a su modo) vida en Los Ángeles a finales de los setenta. Arraigada férreamente al contexto en el que está hecho la película (identidad chicana, la lucha por los derechos inmigrantes, incluso bandas de punk tocando en la calle) este mosaico de la directora sirve, como asevera un hippie barbudo que da vueltas sobre sus patines, para pasear por Los Ángeles, soñar con Los Ángeles, lo que es, y lo que esconde en ella. La película Los Four, mural de Aztlán (1974), de James Tartan, podría ser una extensión de la de Varda: la pieza de 24 minutos sirve como homenaje a esa época de naciente libertad artística, filmando a este grupo de artistas chicanos que fueron los primeros en ver su obra expuesta en un gran museo angelino. El poeta mexicano Octavio Paz, que vivió en Los Ángeles una larga temporada, alababa de la siguiente manera la actitud de estos nuevos hombres airados de la calle que pasean delante de las cámaras de Varda y Tartan: “Sentí atracción por este grupo de gente joven que estaba en rebelión. Su rebelión no fue ideológica ni política. Era una rebelión de cómo comportarse y vestirse. De alguna manera, para mí, era una rebelión moral y estética. La estética es una de las armas de aquella gente que ha sido derrotada. Yo era mexicano y tenía las mismas raíces. Para mí, eran víctimas.” (2)

Mur Murs y Los Four no dejan de estar en relación con muchos de los contenidos del resto de películas de este ciclo. Son dos películas que también alumbran un sueño dentro de la ciudad, no un sueño maniqueo y estereotipado digno de una historia creada en el lujoso barrio de Hollywood, sino los sueños de incipientes artistas que plasmaban en las paredes o en los lienzos sus anhelos, inquietudes, sus aspiraciones en Los Ángeles, miradas hacia un lugar que ya definió Aldous Huxley como “una ciudad de espantosa alegría”.


(1) “¡Santos los pastores locos de la rebelión! ¡Quien goza Los Ángeles es Los Ángeles! /¡Santa New York santa San Francisco santa Peoria & Seattle santa París santa Tánger santa Moscú santa Estambul!”
(2) Octavio Paz, en entrevista publicada en el diario “La Jornada”, 12 de mayo de 1995.

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