Nuevas “políticas” televisivas: La serie 50 años de…

Pese a lo prometedor de la propuesta, la serie 50 años de… de TVE ha acabado resultando una oportunidad perdida. Si bien muchos de sus capítulos provocan la sonrisa y una empatía de carácter nostálgico, se echa en falta un mayor trabajo creativo y sobre todo, uno de los principios que rigen el buen trabajo de archivo: analizar la ideología subyacente a las representaciones culturales.


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La mujer cosa de hombres de Isabel Coixet

En su columna del Jornal do Brasil, del 8 de julio de 1972, Clarice Lispector, comentando el hecho de que algunas personas declarasen entender sus columnas pero no sus libros, escribió que “la comprensión del lector depende mucho de su actitud en el abordaje del texto, de su predisposición, de su ausencia de ideas preconcebidas. Y el lector del diario, habituado a leer sin dificultad el diario, está predispuesto a entenderlo todo. Y esto simplemente porque “el diario se entiende“”. Esto es válido totalmente para la televisión.

Casi desde el principio, la televisión ha sido lugar de experimentación, o, por lo menos, un laboratorio de ideas. Siempre con la sombra prestigiosa del cine como hermano mayor, la televisión pasó por distintas etapas, algunas, qué duda cabe, riquísimas. No hace falta mencionar de nuevo las experiencias de Rossellini, las Historie(s) du Cinema, o tantas otras (Peter Watkins, Bill Viola…) que nos han demostrado que la televisión no sólo es un contenedor óptimo, sino también un medio creador.

En España siempre hemos mirado con envidia la televisión de los otros, o lo que es lo mismo, hemos mirado con abierto desdén nuestra televisión pública. Hemos aprendido a idolatrar épocas pasadas en las que la televisión pública emitía programas de alto valor cultural como Trazos, A fondo o Estudio 1, o experiencias mucho más populares (o por lo menos más ‘pop’) como Último Grito o La bola de cristal.

Tras esto, la Televisión pública española fue un páramo, que cuando se atrevió a producir obras arriesgadas directamente pensadas para televisión, después no se atrevió a darles la difusión que se merecía, como fue el caso de El Encargo del cazador, de Joaquín Jordà.

Sin embargo, desde hace poco tiempo se vislumbran vientos de cambio en Televisión Española, como la creación del Canal Cultural.es o la decisión de suprimir la publicidad. Esto debería traer consigo una reflexión sobre el modelo de televisión a ofrecer, mucho más rico en calidad y en contenidos. Una de las iniciativas más visibles de esta nueva etapa es la de explotar el archivo de TVE. La serie 50 años de… entra de lleno en esta nueva política.

La noticia de esta serie se dio con bastante bombo, como una iniciativa llena de expectativas, que prometía una nueva etapa en la que TVE se aliase con los cineastas. La idea era buena: TVE Catalunya, para conmemorar su 50 aniversario, proponía a 15 realizadores la realización de un documental de 30 minutos, compuesto íntegramente de imágenes de archivo provenientes del rico acervo de RTVE. Cada documental tendría que tratar la evolución de la sociedad española en un aspecto concreto. La elección del tema era libre y según comentó Montse Abad, directora de TVE Catalunya el día de la presentación del proyecto, “la idea es no entrar en un análisis político”.

Viendo los capítulos de la serie, el que esto escribe no puede dejar de pensar que se ha perdido una oportunidad, precisamente, por no entrar en un análisis político, quedando los resultados al final como un simple muestrario de imágenes anecdóticas, como si la finalidad fuera hacernos sonreír y no hacernos pensar.

Y es que parece que casi ninguno de los directores (que al final fueron 16) se atrevió a establecer un diálogo con las imágenes, un diálogo del que se extrajese una idea de la evolución del país, y, sobre todo, de la evolución del imaginario del país. La mayoría de los capítulos se basaban en una voz en off que los englobaba, y los explicaba; una voz en off con un tono más benévolo que crítico, que buscaba más la empatía que el rigor. Esta voz en off, como es lógico, buscaba explicarnos lo que teníamos que ver (lo que teníamos que leer en las imágenes) queriendo, además, arrancar una sonrisa. Y esto situaba a la serie en el mismo nivel de intenciones que la serie Cuéntame, con la que comparte una misma moraleja: el pasado no fue bueno, pero tampoco fue tan malo.

Esto ha convertido los capítulos de la serie en un inventario de imágenes pintorescas, desprovistas de análisis. O mejor dicho, desprovistas de un análisis que pudiese trascender la fácil contraposición sevillanas/fiesta rave, porrón/botellón.

Lo dicho es válido para la mayoría de capítulos: Música, dirigido por Cesc Gay, un ejercicio pop que consigue sacarte una sonrisa; Vacaciones de verano, un ejercicio pueril de José Corbacho; El amor: usos y costumbres, de Joan Potau, simpático muestrario de besos y canciones de amor; Fama, dirigido por Maria Ripoll un programa simpático, correcto, Una periodista de a pie de Joaquín Oristrell, inofensivo y vacuo ejercicio de memoria sentimental; Civismo de Sílvia Quer, que intentando hacer una parodia acabó haciendo un documental más risible que aquéllos que mostraba; Iconos ibéricos (Bigas Luna sentado frente a la cámara hablando de lo que a él le parece la esencia de los español, desde la paella al toro de Osborne, todo ello ilustrado con las imágenes de archivo cuando no con fragmentos de sus propias películas); Humor, de Paco Mir, mera sucesión de gags y chistes de todos los que han salido haciendo gracias en la tele, desde Tip y Coll a Chiquito de la Calzada; Fe, de Agusti Villaronga y Lidia Zimermann, ejercicio muy convencional de oposición de imágenes de ayer con imágenes de hoy (imágenes del Rocío de ayer con conciertos de Operación Triunfo de hoy). La familia de Laura Mañá, es una pieza sin voz en off, hecha con voluntad, pero a la que le falta cierto juego con las imágenes para despegar.

Sin embargo, hubo algunos directores que sí decidieron sacarle el mayor partido a las imágenes como en el capítulo Pan y circo, de Manuel Huerga, un ejercicio de pirotecnia visual y sonora, que crea un envoltorio atractivo, aparentemente vanguardista. Un capítulo de ritmo frenético donde imágenes y sonidos se suceden a una velocidad rápida. Aunque el mensaje al final no era nada del otro mundo, no deja de tener su gracia que este capítulo se emitiese por la tele, normalmente tan alérgica a este tipo de experimentaciones. En la misma línea que Huerga, se presenta Calle, de Aixalà. Este capítulo cuenta con la secuencia de apertura más bonita de la serie: una sucesión de planos de distintas ciudades amaneciendo, cómo lentamente se va despertando la ciudad. Con un montaje de sonido muy elaborado, consigue una pieza de gran belleza visual salvando el obstáculo (en el que Huerga cae) del esteticismo. Quizá Calle sea la obra más bella visualmente hablando de la serie.

Eurovisión, de Albert Solé, es un correcto y entretenido ejercicio en el que Solé demuestra que ya ha encontrado su fórmula: voz en off, y geopolítica, todo ello visto desde un prisma personal y sentimental (pero lo que en Bucarets era real aquí suena a cartón piedra).

En Tradiciones, de Claudia Llosa, encontramos un fino trabajo de montaje, y una pieza muy cercana al ensayo, que participa por igual de la antropología y del videoarte. Por medio de la contraposición de conceptos (que aparecen expresados en la imagen) como Inocencia/Creencia, el capítulo va avanzando mostrándonos las continuidades y contradicciones que hay entre el ayer y el hoy de un país atado a ciertos atavismos de los que sólo se han cambiado el nombre. En este capítulo las contraposiciones de imágenes (corridas y manifestaciones antitaurinas) se convierten en un valor narrativo que hacen avanzar las ideas. Un capítulo rupturista, sincero, magnífico en su forma y acertado en su contenido.

Y la mejor pieza de toda la serie, la única que cumple su objetivo de mostrar la evolución (aunque en este caso evolución no significa mejoría), es el dirigido por Isabel Coixet La mujer: cosa de hombres: un auténtico ejercicio político, en el que el archivo está tratado como elemento revelador de una verdad –casi- perenne, que te devuelve un reflejo, quizá retorcido, pero real, de lo que somos. Y he ahí el drama de esta interesante pieza que aborda el papel tradicional de la mujer en la sociedad española vinculándolo con la violencia machista. Con un montaje lineal y plano, cuya estrategia está clara desde los primeros minutos: desmantela todos los cimientos sobre los que están construidas las relaciones sociales y sentimentales en España. Coixet clava los orígenes de nuestros problemas de hoy en la educación heredada, pero sobre todo, en el imaginario heredado, en el conjunto de imágenes y de textos que han pasado de generación en generación para instalarse en el presente, convertidos en otra cosa. Coixet es la única que ataca directamente el imaginario como lo que es, no como un muestrario de imágenes atípicas de un pasado que no reconocemos (y que por ello no juzgamos) sino como un pedazo de memoria colectiva, donde los valores de los que participamos se dan cita y por eso sentimos (dolorosamente) como propios.

Capítulos como los de Isabel Coixet o Claudia Llosa nos demuestran por enésima vez las posibilidades de la televisión como difusor de ideas que lleven a la reflexión. Pero mientras esta tendencia se consolida, TVE ha decidido continuar con la serie, pero apostando a la baja. Los capítulos, ahora titulados Fútbol, Folkloricas, Inventos o La primera vez (sobre los comienzos televisivos de los famosos) son realizados por Manuel Arranz, veterano realizador de televisión. Los capítulos de esta segunda temporada, huelga decirlo, han perdido su capacidad crítica, pero han ganado en simpatía.

Un Comentario

  1. paco b. 04/03/2010 | Permalink

    Gracias Luis por el texto. Muy interesante.
    Yo me quedo con Calle y con Tradiciones, creo que, en el fondo, y en la forma, mucho más atrevidos que los de Coixet y Huerga (mas obvios bajo mi punto de vista). Y también creo recordar que me sorprendió positivamente el de Albert Solé…, más tradicional formalmente pero con alguna carga de profundidad que, desde luego, contradice abiertamente, las palabras de Montse Abad que reproduces en el texto.

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