Play-Doc 2010 de Tui. Jay Rosenblatt

El festival Play-Doc Tui presentaba este año 2010 dos retrospectivas como puntos fuertes de su programación. Decepcionante la dedicada a Depardon, por una elección de filmes obvia y ya demasiado vista, y excepcional la de Jay Rosenblatt, apostando por una obra no demasiado conocida, aún en proceso, y que marca un camino a recorrer por este festival para ir atrayendo cada vez más gente fuera de las fronteras gallegas.


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Play-Doc, un festival singular

A pesar de la escasa difusión de su obra en el territorio español, Jay Rosenblatt empieza a ser ya un viejo conocido de los festivales de documental españoles. Asiduo participante por ejemplo en el Festival Punto de Vista de Navarra, al que este año 2010 asistía por primera vez en persona, vuelve por segundo año consecutivo al Play-Doc de Tui. Si el año pasado, el motivo era la presentación de uno de los cortos que realiza con su hija, Beginning Filmmaking (EUA, 2008), lo que nos permitió en su momento realizarle una entrevista en estas mismas páginas, este año su presencia aparecía magnificada por la retrospectiva que el festival planteaba sobre la obra de este cineasta norteamericano, además de la participación en la sección oficial de su último filme, The Darkness of Day (EUA, 2009) (1). Una retrospectiva que sin duda fue el motivo principal de nuestra visita y el mayor acierto de un festival tan particular como el de Tui.

Especial en primer lugar por su tamaño. Acostumbrados a festivales sobredimensionados, donde es imposible ver lo que se pretende y se viaja de sala en sala con el tiempo justo, Play-doc es un festival de escala humana, perfectamente adaptado a una ciudad de menos de 20.000 habitantes, implicada de forma absoluta con un evento que llena la sala, y donde se percibe, como un usuario comentaba aquí el año pasado, un ambiente festivo, de verdadera celebración del cine documental, aderezado por numerosas actividades paralelas. Un festival que cuenta como gran activo con la extraordinaria dinámica que genera y con un público consolidado, que se desarrolla en una sola sede, y en apenas cinco días, lo que permite poder ver si se quiere todas y cada una de las películas seleccionadas, y al que quizás le falta un último plus a nivel de programación para trascender el ámbito local y colocarse como un festival importante, como reza su título, desde el punto de vista internacional.

Porque realizar una selección tan estrecha (sólo 5 participantes en cada una de las secciones oficiales) puede convertirse en arma de doble filo, ya que uno espera una criba importante, un conjunto de filmes que debería mantener al menos un mínimo de interés y calidad. Así, a propuestas de garantías como las excelentes –y premiadas por el jurado– Sweetgrass (Lucien Castaign-Taylor / Ilisa Barbash, EUA, 2009), The Darkness of day o Tanyaradzwa (Alberte Pagán, España, 2009) (esta última redoblando su apuesta por la experimentación en el campo del montaje aleatorio con una versión en cuatro pantallas realizada para la ocasión que nos hubiera encantado poder ver), o las interesantes por unos motivos u otros The Marina experiment (Marina Lutz, EUA, 2009) o Dovidjenja, kako ste? (Boris Mitic, Serbia, 2009) (de todas ellas hemos tratado en diferentes crónicas de festivales o reseñas), poco sorprendente pudimos ver en las diversas secciones oficiales. Quizás la calidez del retrato que hace Miro Remo en Arsy-Versy (Eslovaquia, 2009), que confirma una línea creciente del documental actual, la del retrato del personaje extravagante, en este caso una especie de pionero de la ciencia-ficción eslovaca en clave amateur y experto en murciélagos. Filme que busca la complicidad, pero quizás se queda en lo anecdótico, algo que también ocurre en Sanya i Vorobey (Andrey Gryazev, Rusia, 2009), extraña co-ganadora de la sección oficial, que desarrolla en clave observacional una historia sin demasiada chispa entre dos trabajadores sin un claro futuro.

Del lado de las retrospectivas aparecían los puntos fuertes del festival, con dos nombres de contrastada importancia en el panorama documental de los últimos años. Decepcionante por un lado la dedicada a Raymond Depardon, no sólo por la no asistencia del cineasta francés, sino por una elección de filmes obvia y ya demasiado vista (2). Y todo lo contrario la de Rosenblatt, apostando por una obra no demasiado conocida, aún en proceso, y que marca un camino a recorrer por este festival para ir atrayendo cada vez más gente fuera de las fronteras gallegas.

Historias de iniciación

La retrospectiva de Rosenblatt nos permitía bucear y preguntarnos acerca de los atributos de una obra extremadamente interesante, con una selección (9 cortometrajes, si contamos The darkness of day, que entraba a competición) que indagaba en su faceta más conocida, la de cineasta que compone obras con material encontrado, normalmente proveniente de filmes educacionales, películas industriales o noticiarios, dejando de lado la producción de diarios centrados en la figura de su hija.

Cabe preguntarse si esta distinción es operativa para categorizar la obra de Rosenblatt, ya que una buena parte de ella, tanto la de found footage como la diarística– viene marcada por un innegable sesgo autobiográfico. Más aún, por una atención preferente sobre las historias de iniciación de la infancia y la adolescencia, por como esta prefigura la vida en sociedad de unos jóvenes en inestable formación, en películas de la profundidad psicológica (3) de King of the Jews (EUA, 2000), The smell of burning ants (EUA, 1994) o Phantom limb (EUA, 2005). No sería demasiado difícil conectar estas obras que repasan determinados sucesos del autor con diarios como Begginnig filmaking o I’m Charlie Chaplin (2005), donde ese seguimiento del crecimiento emocional de la infancia se realiza sobre la vida de su hija. Si bien hay que decir que el tono luminoso de estos últimos, filmes de gran complicidad con el espectador, parecidos a home movies donde se retrata la felicidad de los cotidianeidad familiar, contrastan con la oscuridad de la visión que da Rosenblatt de la masculinidad en la infancia en The smell of burning ants. Así, la mirada de Rosenblatt recoge desde la placidez total de una maravillosa miniatura como I used to be a filmmaker (2003), plena de ironía sobre el nuevo papel del cineasta como padre, que filma planos de su hija como si fuera un catálogo de posibilidades formales del cine, hasta la amargura total de otras como The darkness of day, desesperanzada exploración del tema del suicidio.

De hecho, esta película, la última hasta el momento, puede servir perfectamente de ejemplo de determinados procedimientos del cine de Rosenblatt. El filme parte de una situación personal, el suicidio de su masajista, y da lugar a un filme en el que se pasa constantemente del comentario general al diario personal (del amigo fallecido), cada uno con una voz diferente, todo ello sobre una sucesión de escenas de filmes educacionales. Un tipo de películas que no destacan por su sutileza, sino por una expresividad melodramática que en un principio marca el tono de The darkness of day, de una negrura sin contemplaciones, si bien poco apoco aparece una velada ironía, si no humor negro, en la relación de una serie de suicidios bastante particulares, como el de un delfín o el de un volcán en una isla japonesa cuya fama llegó a ser tal que el gobierno tuvo que prohibir su visita para evitar la moda del suicidio. Un desplazamiento que se da también en la relación que se da entre las imágenes y la voz en off. Si en un principio parece haber una cierta facilidad, en la que las imágenes no hacen sino reforzar el tono trágico del texto, estas van ganando en sugerencia: lo que en principio parece una metáfora, se convierte enseguida en el inicio de una nueva historia, sutilizando el mensaje y logrando un extraordinario entrelazamiento de motivos que desplazan el significado que el espectador le ha dado en un principio.

Esa misma mecánica es la que se produce en otros filmes de found footage, como en Phantom limb, donde se señalan los diferentes escalones por los que tiene que pasar un niño para aceptar la muerte de un hermano, que queda presente como un miembro fantasma que sigue doliendo. A cada estado le corresponde por lo general una secuencia. Una vez más, Rosenblatt trabaja magistralmente sobre las expectativas del espectador combinando relaciones de una cierta obviedad con otras donde aparece el arrebato poético, donde se produce un montaje menos directo, más lateral, manejando de esta manera los diferentes estados emocionales que quiere dar a entender.

De hecho, el cine de Rosenblatt es relativamente extraño dentro del panorama del cine de found footage, en cuanto no le interesa de forma prioritaria la materialidad del metraje con el que trabaja, ni los códigos del cine del que se sirve. Incluso cuando monta secuencias del Frankenstein (EUA, 1931) de James Whale, en Friend Good (EUA, 2003) su interés reside en plantear un interrogante sobre la soledad de monstruo y una serie de interrogantes metafísicos sobre la figura del hombre. En ese manera de utilizar el material encontrado, recuerda al Su Fiedrich de Sink or swim (EUA, 1990), o también en algún modo a Alan Berliner, en cómo combina material de otros con una reflexión y una voz que es enteramente personal, a menudo íntima, convirtiéndose finalmente en un maestro en la forma en que cambia de tono a lo largo de sus películas, y en cómo oscila entre lo personal y lo colectivo.

Esto es algo que se ve muy bien en un filme como I just wanted to be somebody (EUA, 2006), que empieza como un montaje que ridiculiza la figura de la activista anti-gay Anita Bryant, para girar radicalmente en la mitad de su metraje, convirtiéndose en una carta personal que cambia absolutamente el tono del filme, que vira hacia la compasión hacia ese juguete roto, obteniendo una curiosa emoción.

Caso aparte es el de su película más conocida, Human remains (EUA, 1998), que adopta una idea de película de compilación clásica, construyéndose a base de imágenes de diversos dictadores del siglo XX. Así, la imagen pública, siempre construida, meditada y controlada choca con las voces de los protagonistas, en sus respectivos idiomas, que nos relatan los aspectos más banales de sus vidas, provocando un cortocircuito en la lógica del espectador, situado ante la comprensión hacia unos gestos cotidianos que se asemejan a los suyos de una serie de personajes cuya imagen parece significar todo lo contrario de la cercanía.

Para finalizar, pequeños cortometrajes como Nine lives o Restricted nos devuleven la faceta más lúdica del cineasta, en la que pretende más que nada jugar con las imágenes, con la recombinación de los materiales a lo Bruce Conner o Craig Baldwin, si bien en el fondo también estos filmes nos hablan de pesadillas (aunque sean de gatos) o mandatos sociales. En definitiva, la obra de Rosenblatt, presentada en sociedad esta vez en el Play-doc, supone un cruce interesantísimo de found footage y documental autobiográfico,  un cine que se interroga por los resortes psicológicos del género humano, y cómo estos se construyen socialmente de una forma poética y absolutamente personal.

– – – –

(1) Quizás los festivales deberían replantearse si es realmente razonable que un cineasta al que se pone en valor con una retrospectiva participe también a sección competitiva, debido a toda la dimensión que genera esa atención especial, mucho mayor que el de sus compañeras a competición.

(2) No parece normal que de tres largometrajes que un festival selecciona de un cineasta, además con mucha obra relativamente inédita en España, dos de esos filmes estén publicados en DVD. Esto es algo que ocurre con demasiada frecuencia en algunas retrospectivas de festivales.

(3) Hay que señalar que además de sus estudios cinematográficos, Jay Rosenblatt hizo estudios de psicología y que incluso llegó a trabajar como terapeuta, lo cual parece haber dejado una importante huella en su cine.

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