A modo de introducción y repaso. Piezas de Los hijos

Ganadores del Premio Jean Vigo al Mejor Director en Punto de Vista y con dos cortos en Documenta Madrid, este colectivo audiovisual se ha convertido en una de las propuestas más sorprendentes y sugerentes del tan a menudo anodino panorama documental nacional.


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El sol en el sol del membrillo

Con su primer largometraje el colectivo audiovisual afincado en Madrid Los hijos obtuvo el Premio Jean Vigo a la Mejor Dirección en la última edición del Festival Punto de Vista . Era la primera vez que el prestigioso galardón recaía en un creador español, en este caso, de tres: Luís López Carrasco, Natalia Marín Sancho y Javier Fernández Vázquez. Era también la primera vez que una decisión del jurado despertaba reacciones absolutamente encontradas entre la prensa y el público: o entusiasmo o indignación. Tres meses después estrenan dos nuevos trabajos, un corto y un largo, en Documenta Madrid, donde participan además en la sección oficial. Sólo estos datos podrían servir para calificarlos como uno de los “fenómenos” del año, con todas las comillas necesarias para matizar el impacto que pueda tener una obra independiente en el ámbito de la no ficción española. Sólo estos datos nos parecen suficientes para repasar su filmografía y, de paso, enlazar a su canal de Vimeo donde cuelgan experimentos audiovisuales de un minuto de duración. Los hijos, que nacieron como colectivo en 2008, además de singulares, son prolíficos.

Cinefilia irreverente
No deja de ser significativo que el primer trabajo de Los hijos tenga como punto de partida una de las obras más aplaudidas e influyentes de la no ficción española contemporánea: El sol del membrillo de Víctor Erice (1992), referente ineludible del debate en torno al documental en nuestro país y filme fundacional de una corriente, a medio camino entre el clasicismo y la modernidad, que habrían seguido filmes igualmente destacados como En construcción de José Luís Guerín (2000) o El cielo gira de Mercedes Álvarez (2004). A diferencia de estas últimas, Los hijos no asimilan el modelo, sino que se distancian de él de forma irónica, a través del juego, el experimento y la apropiación iconoclasta.

Como indica su título, El sol en el sol del membrillo (2008) recoge el testigo de uno de los motivos presentes en el filme de Erice: los cambios que experimentan los objetos por la incidencia de los fenómenos naturales. Frente al acercamiento en clave metafórica de su predecesor, donde la pintura estaba al servicio de un discurso sobre el cinematógrafo, la propuesta de Los hijos es radical en su rotunda materialidad: los cineastas observan un lienzo pretendidamente pintado por Antonio López situado en medio de un paisaje agrario y sometido a lo largo de una semana a los vaivenes de la naturaleza y del clima.

Este distanciamiento con su referente se ve acentuado por la conciencia reflexiva que alcanza una pieza que funciona como un juego de muñecas rusas. Su estructura va descubriendo cuatro variaciones del motivo, cuatro acercamientos audiovisuales que enfatizan diferentes aspectos del proceso cinematográfico. En un primer momento vemos la incidencia de los fenómenos (el sol, la lluvia y el viento, las diferentes luces del día) en el cuadro perfectamente enmarcado en el paisaje. A continuación, la misma sucesión temporal -unos rótulos indican el paso de los días- para retratar en detalle el cuadro y un entorno sometido a los mismos rigores del clima. En la tercera vuelta de tuerca los cineastas se incorporan al proceso de registro y, a través de uno diálogos fragmentarios en off, somos testigos de cómo el tiempo afecta también a los cineastas que se quejan de hambre, de frío o de los mosquitos. Por último, a modo de making of, se desvela la puesta en escena: la colocación del lienzo, los diversos ajustes de plano y las decisiones sobre el encuadre, e incluso la preparación de uno de esos momentos cautivadores que parecían fruto del azar: descubrimos que la hormiga que recorría el lienzo era otro elemento del atrezzo. Es a través de este proceso de desmontaje que la pieza, ejemplar en su concepción y ejecución, va más allá de la cita en clave paródica para establecer un interesante (y en este caso necesario) diálogo con la tradición desde un posicionamiento documental plenamente contemporáneo y consciente de los procesos de mediación, tanto subjetivos como mecánicos.

La obra de Erice vuelve a estar presente en su segundo cortometraje: Ya viene, aguanta, riégueme, mátame (2009), concebido como una revisitación de cuatro escenas icónicas del cine español extraídas de El espíritu de la colmena (Víctor Erice, 1973),  Historias del Kronen (Moncho Armendáriz, 1995), La ley del deseo (Pedro Almodóvar, 1987) y Amantes (Vicente Aranda, 1991). Los cineastas filman en clave documental los mismos espacios hoy y reproducen las escenas plano a plano, mientras que unos subtítulos informan de los diálogos originales. Si tradicionalmente esta estrategia se ha utilizado para evocar, subrayar la ausencia o marcar el paso del tiempo, en definitiva, de forma nostálgica o melancólica, aquí parece tener unos fines exclusivamente humorísticos. Así la superposición resulta especialmente cómica en los momentos en que los diálogos son más afectados, ya sea por su carácter rocambolesco (Carmen Maura pidiendo a un barrendero que la riegue) o por su exacerbado dramatismo (como trágico final del filme de Aranda frente a la catedral de Burgos). Aunque la selección de escenas no parezca del todo acertada, estamos ante un sugerente ejercicio de vaciado de la ficción que, reducida aquí a un escenario y a unas líneas de guión, acaba tornándose absurda. Incluso no deja de resultar tentador pensar que este ejercicio de vaciado es parejo a un proceso de desaprendizaje de todas las convenciones cinematográficas que les fueron inculcadas durante sus años de estudio en la ECAM.

Vemos como la cinefilia es un rasgo que atraviesa la obra de Los hijos y que, por momentos, puede llegar a ser irritante o convertirse en un obstáculo para el espectador. Esto es lo que ocurre, por ejemplo, al principio de Los materiales, cuando comparan sus propias tomas con los planos de otros cineastas. Sin embargo, si contemplamos la totalidad de su obra, cabe aplaudir su actitud frente a la tradición cinematográfica: no estamos ante una cinefilia devota que al tiempo que reverencia el pasado lo cosifica, sino ante una cinefilia irreverente que integra las citas de forma desprejuiciada y lúdica en un discurso actual y en una escritura cinematográfica original y propia.

Los materiales de Los hijos (2009)

La materia y los procesos
Su primer largometraje, Los materiales (2009), recoge y radicaliza algunas de las cuestiones presentes en sus cortometrajes y que nos permitirían hablar, de momento, de unas constantes en su obra. Éstas serían la concepción material de la imagen (el suyo es un cine de lo visible y lo tangible, del aquí y del ahora), la importancia del proceso y la inscripción del autor en el mismo, y la construcción y de-construcción de dispositivos fílmicos. De hecho, Los hijos se presentan como un colectivo que nació con la intención de experimentar con la forma fílmica y ahondar en el estudio del discurso de la no-narración.

La relación entre el autor y la representación del paisaje que ya estaba presente en El sol en el sol del membrillo es el tema principal de Los materiales, un filme articulado como el diario de un viaje por el embalse de Riaño en León y su comarca. Su título parece aludir, en primer lugar, al material en bruto del rodaje. Estamos ante una película deslabazada y vocacionalmente imperfecta, compuesta principalmente de lo que tradicionalmente consideraríamos descartes: pruebas de cámara, los ajustes previos al encuadre preciso y planos tipo making of que se ven puntuados por las conversaciones banales del equipo (nunca en sonido sincrónico, siempre en subtítulos) sobre la geografía, el paisaje, los personajes que han conocido o los referentes cinematográficos que manejan.

Esta aproximación al paisaje guarda cierta sintonía con el Marc Recha de Dies d’Agost o con el Oliver Laxe de Paris # 1. Como en la primera, el motivo del viaje (aquí explorar una zona marcada por la traumática construcción de un embalse) pasa a un segundo plano y parece desvanecerse, pese a que se incluyan potentes alusiones al abandono rural y a la Guerra Civil. Y, como en la segunda, lo que realmente acaba siendo significativo es el trayecto, el gesto de filmar, la recolección de imágenes y de algunos sonidos y la interacción con algunos personajes que se encuentran en el camino. No obstante, la actitud de Los hijos hacia el terreno que exploran es más esquiva que en los filmes citados. O como ellos afirma, es el territorio el que se torna “difuso y ambiguo”. Y quizás por esta razón cada imagen que registran es cuestionada, interrogada, desmitificada e incluso boicoteada. Estamos ante un filme contemplativo, qué duda cabe. Pero aquí no se invita al espectador a que se concentre en la belleza de cada imagen, sino que se le hace partícipe de los tiempos muertos y del tedio del rodaje.

Los materiales es un filme que desafía nuestras expectativas sobre el lenguaje audiovisual (especialmente en su tratamiento de la banda sonora), sobre cierta estética del paisaje e incluso sobre las motivaciones o la ética del cineasta. Así, uno de los momentos soberbios del filme tiene lugar al final, cuando los cineastas juzgan su quehacer y reconocen la indiferencia y el hastío que les provoca filmar el paisaje frente al disfrute de conocer y grabar a la gente del pueblo. Especialmente sus cantos que serán los que cierren la cinta.

Desconcierto y puntos suspensivos
El desconcierto es, por tanto uno, un elemento intrínseco a la obra de Los hijos. Ninguna de sus piezas resulta predecible o se puede adscribir con facilidad a una corriente o escuela actual. Además de que en cada una de ellas siempre encontramos un punto de giro, un elemento que nos obliga a repensar y reinterpretar lo visto anteriormente. Incluso, si como hemos señalado, podríamos hablar de un estilo consistente en la destrucción del estilo, su segundo largometraje, Circo (2009), vendría a romper esta regla. Aquí ya no encontramos ninguna alusión cinematográfica o desdoblamiento reflexivo, la película se sitúa en el terreno del documental más clásico de corte observacional, dominado por la estética del plano fijo, la dilatación temporal y invisibilidad de los cineastas.

Sencilla y excelentemente filmada, Circo sigue la pauta de un día en la vida de. En este caso, de una familia circense compuesta por una joven pareja y sus hijos desde que montana la carpa hasta que, ya de noche y tras la actuación, la recogen para desplazarse con su caravana hasta otro pueblo. Y quizás lo más significativo es que esta fórmula se aplica de forma literal, puesto que como nos informan los créditos finales el rodaje transcurrió en un sólo día. Sin estar ante una obra tan sugerente como Los materiales o El sol en el sol del membrillo, sí que encontramos ciertos desafíos que permiten entrever el sello de Los hijos: la inclusión de una larga secuencia donde se entrevista a la pareja y que rompe la distancia que parecía guiar la realización de la pieza; un trabajo de cámara concentrado exclusivamente en sus protagonistas  (y ajeno a otros elementos del entorno, como el público, por ejemplo) e incluso la presencia de uno de los miembros del equipo en un momento del rodaje.

Pero quizás, el mayor valor de Circo es que nos invita a cerrar este recorrido por su obra con unos puntos suspensivos, sin que podamos vislumbrar cuál será su próximo proyecto y, mucho menos, qué forma tomará.

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Un Comentario

  1. Loser with style 18/06/2010 | Permalink

    Gracias por el artículo, Elena.

    Aunque, estrictamente hablando, no esté directamente relacionado con los hijos, hijamente hablando, se puede encontrar un paralelo con este documental creado por un terrorista de a.q.
    France24 – Exclusive footage gives rare insight into life in al Qaeda insurgency

    Saludos a la familia !

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