Marsella, viento en popa

El FID Marsella es un festival que sigue muy firme, con una apuesta teórica que subyace por todo el programa y se lleva a cabo de manera clara y coherente. La epidermis de esta apuesta es que casi todas las sesiones son un reto o una sorpresa, pero es el tejido subcutáneo el que dota de sentido a la palabra “festival”, en este mundo festivalero actual que a menudo pierde sentido, convirtiéndose con demasiada frecuencia en una rueda imparable, azaroza, injusta y desbordada de películas en movimiento.


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El FID Marseille se ha elevado estos últimos años, desde la toma de riendas del festival en manos de Jean-Pierre Rehm (2001) y de manera progresiva, pero especialmente desde que se empieza a programar ficción (2006), en uno de los festivales más bien valorados en todo el mundo. El FIDM tiene un presupuesto moderado si lo comparamos con otros festivales europeos, pero es como un David dándole a Goliath una y otra vez. “Un festival impertinente”, “este no es un festival tranquilo”, fueron algunas de las palabras usadas en la inauguración para contextualizar el evento.

Personalmente, después de asistir seis años consecutivos -para mí, asentado en Barcelona, acercarme a Marsella es bastante sencillo-, lo que más me interesa del festival son las líneas maestras que corren por detrás. Mucho más allá de que una película nos guste y otra no, de venerar un realizador o apuntarse la medalla de un descubrimiento, o de que el conjunto de filmes brille más en una edición que en otra, la apuesta teórica que subyace por todo el programa es una raíz que se mantiene y se lleva a cabo de manera clara y coherente. La epidermis de esta apuesta es que casi todas las sesiones son un reto o una sorpresa, pero es el tejido subcutáneo el que dota de sentido a la palabra “festival”, en este mundo festivalero actual que para mí a menudo pierde sentido, convirtiéndose con demasiada frecuencia en una rueda imparable, azaroza, injusta y desbordada de películas en movimiento.

El FIDM, que contenía antes en su título la palabra “documental”, la ha traspasado. El debate documental – ficción ha sido trabajado y ya dejado atrás, poco a poco, año a año. Ahora ya es un punto y final y se mira hacia adelante, no se trata de quedarse trabado. Entendiendo el documental como un muy adecuado “campo para la exploración” (1), donde las prácticas artísticas pueden expandirse, donde los campos filosóficos, literarios, ensayísticos, políticos, históricos, pueden fundirse; de un modo libre, comprometido, indagador, provocador; alocado, si es necesario. A partir de ahí, armar un programa, que tiene en sí algunos nombres fieles, algunos círculos artísticos recurrentes (Roee Rosen este año en el FIDLab, Tsai-Ming Liang, presidente de honor del festival este 2013, Jean-Claude Rosseau, las películas alrededor de los Auguste Orts, de Axolote Cine, con siempre un ojo atento a un cine del mundo árabe despojado del encasillamiento occidental, como comentábamos en la pasada edición, a filmes especialmente del Líbano, pero también de los Territorios Palestinos, de Argelia; otro ojo pendiente a la producción independiente de países como Argentina, Filipinas, también España, evidentemente Francia) pero que tiene las puertas abiertas a nuevos nombres y propuestas llovidas de donde sea, como este año los varios realizadores balcánicos presentes entre muchos otros. El citado FIDLab (International Coproduction Platform, nacido en el 2009) se puede entender también como una ramificación de esta amplia apuesta, encuentro para la presentación y fortalecimiento de futuros proyectos que de un modo u otro entronquen con la propuesta del evento. Este “laboratorio” tuvo este año como ganador el realizador español Carlos Casas con el proyecto Cemetery.

Además de este amplio campo de trabajo, en esta edición sobrevoló la figura de Pier Paolo Pasolini que vertebró todas las secciones paralelas. En lugar de hacer la clásica retrospectiva de todas sus películas juntas, su filmografía se dividió y dio pie a seis secciones no competitivas. Mezcladas con filmes nuevos, así como también algunos antiguos, entrelazadas por sugerentes concomitancias.

Representaciones

El documental es construcción y la ficción es despojada de la armadura del guión, más de sus costosa producción, y en ese territorio se cocinan nuevos audiovisuales contemporáneos preciosos, que tienen también un ojo en sus precursores, como Rouch o Rossellini, o el propio Pasolini. Vimos varios ejemplos de ello en el festival. Los que más nos agradaron fueron dos. El primero, Loubia Hamra, un largometraje autoproducido por la realizadora Narimane Mari, rodado en un par de pueblos costeros argelinos. Es un gran encaje de dos premisas a priori opuestas, la alegría infantil y el drama de la guerra. Como si de un taller de interpretación se tratase, un grupo de niños (ajetreo, libertad, energía) representan a través de las secuencias algunos momentos relacionados con la Guerra de Independencia, o los lejanos puntos de ancla que quedan de ella. A través de esta representación llena de aventura e imaginación, se evoca el pasado argelino, en primera instancia casi como un juego, en su trasfondo la evocación de la historia del país.

El segundo fue Soles de primavera, del realizador serbioespañol Stefan Ivancic. Cuatro jóvenes serbios, primos y hermanos, el realizador entre ellos, comparten un breve periodo de vacaciones en Belgrado, entre chapuzones y paseos sin rumbo. Es un verano adolescente memorable pero con un triste cruce de caminos inconclusos. Pertenecientes a un país débil y roto frente el neoliberalismo europeo, marcados por el exilio a países más ricos, sólo el más joven del grupo piensa en rebelarse, evocando con inocencia los sueños perdidos de un socialismo que nunca conoció. Secuencias cámara en mano crean un ambiente natural con diálogos fluídos y una buena dirección de fotografía cautivó, y mucho, por ser capaz de capturar la fugacidad del tiempo adolescente.

También en esos territorios de la representación nos dejó atónitos el artista Neil Beloufa con Tonight and the people. Es una desestructurada sit-com con estándares de la sociedad norteamericana (excitadas teenagers, afroamericanos tipo gangster, hippies, cowboys, chica de gasolinera chuleada por latinos) con un extraño sentido del humor que nunca acaba de estallar, expresado sobretodo a través de los diálogos. Beloufa define con cinismo los elementos que hacen a un grupo social clasificable, como si la sociedad occidental pudiera encasillarse en unas etiquetas evidentes y dentro de un decorado barato. Como si los medios audiovisuales creasen y prestableciesen los compartimentos de la población, controlándola, convirtiéndola en algo absurdo, que es lo que consigue el realizador al llevar la propuesta hacia los extremos y el estallido, ahora sí, planetario final.

Observaciones y construcciones

Muchas películas del festival, al tener esa raíz bien clara el evento, parecen dialogar entre ellas, un hecho característico de la programación del FIDM. Lacrau de João Vladimiro es un largo paseo por un pueblo remoto, muy deshabitado. Solo, el realizador filma espacios, anotaciones de aquello que va encontrando, con algunos momentos inspirados y un final de cielo y pájaros muy brillante, pero la película en conjunto se viene abajo por exceso de metraje y trascedentalismo cargante. Algo en común tenía el largometraje filipino Anak Araw, de Gym Lumbera, pero con bastante más sentido del humor, incursiones del realizador surrealistas y un montaje que parecía pertenecer al azar en una jungla laberíntica. Había una historia detrás de las imágenes, el aprendizaje del significado de las palabras vía diccionario, pero se difuminaba a través de la abstracción del orden de las secuencias. Otra película filipina podría engarzar con esta, por la jungla como referente, de nuevo, y por la libertad de su narración. Tres historias se cruzan en una montaña frondosa, una mujer con un bebé en brazos, unos soldados perdidos y una pareja tatuada y copuladora con un tercer colega que aguanta la vela. El sexo es algo muy presente en esta Jungle love de Sherad Anthony Sanchez, desde la primera secuencia con una masturbación que deja al espectador las cosas claras. Tras lo explícito, pero, late lo sobrenatural, la energía de la madre tierra, el misterio de esta montaña que ha atraído a todos estos espíritus errantes hacia ella.

En otra jugosa frontera entre lo observado y lo representado, se encontraba La Buissonnière de Jean-Baptiste Alazard, road-movie con una media hora calma y una segunda mitad de drogas y raves. Dos amigos, y un tercero siempre tras la cámara, muy cercano e íntimo pero sin hablar ni intervenir, viven con intensidad la fabricación manual de sustancias alucinógenas recogidas del campo así como sus resultados. Un viaje a lo Kerouac con una joven generación hedonista que dentro de su experiencia intensa no abandona la idea de crear un mundo alternativo.

Volviendo hacia la observación más clásica, pero con una puerta abierta a distintas interpretaciones -nunca mejor dicho- encontramos la divertida The Joycean Society, película belga de Dora García. Esta realizadora se inmiscuye en un grupo de lectores y estudiosos de un libro (“el libro”), Finnegans Wake de James Joyce, quienes llevan más de una década leyéndolo y releyéndolo, descubriendo en cada palabra nuevos significados, en cada frase juegos ocultos. Un sin parar de charlas jocosas nacen de su análisis minucioso sin internets ni wikipedias, pero la realizadora muestra también la obsesión del ser humano, la adicción a algo que llene de sentido nuestras vidas, a la vez que su observación nos puede recordar los  grupos de devotos que estudian los textos sagrados sin cesar.

Procesos y reflexiones

Dos títulos de competición mostraban la estructura de construcción de la película, desplegando un esquema de varias capas de montaje. El primero, Ricardo Bär (Gerardo Naumann, Nele Wohlatz), que fue de las que más nos gustó de todo el festival. En una región fronteriza entre Argentina y Brasil, con una comunidad de lejano origen alemán, los realizadores aterrizan como intrusos con sus cámaras. La llegada, el descubrimiento del protagonista del futuro film y todos los problemas que genera la filmación, acabará siendo la película, a la par, que este proceso conseguirá ser también retrato de la peculiar región. La francesa Parades (Judith Abensour, Thomas Bauer) es el proceso de hacer una película colectiva en Palestina. Unos jóvenes franceses e israelíes pretenden hacer una película, pero el debate previo a los rodajes, acabará siendo el núcleo del proyecto. Debate sobre prejuicios, sobre voluntades políticas, sobre blancos, negros y grises. Estas discusiones van acompañadas, por un lado, de algunos fragmentos de filmación y son, por otro lado, irrumpidas por otro proceso, el de montaje. En la sala de edición, el intérprete que va traduciendo las conversaciones (que se dan en distintos idiomas, creando así otro proceso en paralelo) corta el montaje, se levanta de la mesa y reflexiona sobre las reflexiones. El supuesto traductor es un actor, Laurent Poitrenaux, para mí representando su personaje con exceso de dramatismo, el único pero que le encontré al film. Los autores, bajo este entramado y a partir de la idea de colectivo cuestionan también su propio rol de autor, muestran la importancia de la reflexión, del camino, por encima del resultado.

Últimas anotaciones

Algunos nombres consagrados también se encontraron en el programa con filmes recientes. Aunque ubicada dentro de las paralelas, según nos comentaron compañeros locales, se entendía más como preestreno (actualmente en salas) que como selección la película de Avi Mograbi Dans un jardin je suis entré. Sin el punch político y combativo habitual, y sin su característica ironía que apela a la participación del espectador, es la peor película de toda su filmografía. Trata de la relación con un amigo palestino con el que traza un recorrido por sus orígenes, lugares que ya no existen o donde no es bienvenido, algo ya sabido y narrado muchas veces. La película carece de energía y Mograbi parece complacido con la representación amable de su propio personaje. Algunos otros nombres grandes aparecieron por el programa. Se proyectó Norte, the end of history (Norte, Hangganan Ng Kasaysayan) del filipino Lav Diaz, presente como miembro del jurado, en una de las mejores sesiones del festival. Cuatro horas de una obra dostoievskiana que poco a poco va creciendo para ir desde la microhistoria en paralelo de un prometedor estudiante y un desafortunado jornalero para llegar hasta los abismos más profundos y tenebrosos del ser humano. También Rithy Panh, en L’image manquante, una película consecuente con toda su trayectoria y labor con la memoria histórica de Camboya, muy atada a su voz en off, y donde por primera vez cuenta el realizador su historia más íntima. No asistimos a la clausura, Jonas Mekas, Outtakes from the life of a happy man.

La única película española nueva (se proyectó también Vampir-Cuadecuc de Portabella) este año en todo el festival fue De Occulta Philosophia de Daniel V. Villamediana. Un documental con un grupo de música antigua, La Reverencia. Encorsetado en la teoría, la película no fluye, ni en sus partes dialogadas, donde las conversaciones de tono pedagógico son muy forzadas, ni en las partes musicales, donde la devoción por el espacio encerrado y los instrumentos enclaustran la libertad de la música. Hay un paralelismo entre la interpretación de música antigua, que a partir de estudios estéticos e históricos refundó ya hace años toda la interpretación musical desde la Edad Media hasta el Barroco -lo que fue una cataclismo en el campo de la música en ese momento- y la realización de Villamediana, cuadriculado en su esquema, mesurando con precisión todos los planos, su luz y sonido, como si quisiera también volver atrás en el tiempo, sin la agilidad del digital, las cámaras ligeras y el montaje no-lineal, buscando lo perdido en las primeras décadas del cine como esos músicos buscan los sonidos que se habían perdido en los orígenes de la interpretación.

Ganó el festival Mati Diop con el mediometraje Mille Soleils, relato medio documental medio onírico con el actor Magaye Niang, protagonista de una película icónica del cine africano, Touki Bouki (1972), del cineasta senegalés Djibril Diop Mambéty, tío de la presente realizadora. La película vieja está dentro de la nueva, proyectada en las calles de la capital, continuada en la vida de ambos protagonistas, ahora ancianos, separados por el destino de la emigración a puntos remotos del planeta, como son Dakar y Alaska. Otro pequeño pero hondo proyecto nos habló de África y su historia perdida o entrecortada, en este caso salvada por una entrevista hecha en medio de una investigación para un film. Con solo una charla, Jean-Marie Teno en Une feuille dans le vent, recupera por unos instantes las palabras de Ernestine, hija del líder de la independencia de Camerún, Ernest Ouandié. Si el padre tuvo un final drástico con su ejecución, la hija hereda decenas de problemas personales irresolubles, desde la cuestión indentitaria hasta la pobreza absoluta y los malos tratos de sus tutores, lo que la lleva, metáfora del país y en parte del continente, a la consumación en vida.

P.D.

Las películas que más nos gustaron de todo el festival, como From gulf to gulf to gulf, de Shaina Anand y Ashok Sukumaran, producción India y Emiratos Árabes Unidos, la belga Élevage de poussière de Sarah Vanagt, la argentina Ricardo Bär de Gerardo Naumann y Nele Wohlatz, y quizás algunas otras, tendrán una dedicación más específica en los próximos números de esta publicación.

 

(1) Entrevista con Jean-Pierre Rehm, [Écritures documentaire], en la revista Zérodeux, por Emmanuelle Lequeux. Núm. 60. Diciembre 2011. Disponible en francés. Última consulta, 20/07/2013.

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