Anvil. El sueño de una banda de rock

Finalmente llega a las pantallas españolas una de las últimas sensaciones del documental musical, que se suma a la remarcable lista de títulos que en la última década han abordado el tantas veces denostado mundo del heavy metal desde una perspectiva insólita.


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Gente abollada

Según la opinión general, la música heavy (y su correspondiente iconografía) deja de tener sentido una vez se ha atravesado el páramo de la adolescencia. Su imaginario se asocia con una rebeldía púber e imberbe, basada en símbolos tan gráficos como inofensivos: satanismo creepy, monstruos, cadenas, glorificación del falo cuando ni siquiera se sabe qué hacer con él…(1) Insistir en ello cuando en teoría uno ya empieza a tener cierta idea sobre la vida (o lo hace ver) es motivo de mofa y befa. No es extraño, pues, que muchos sienten la cabeza y abandonen el headbanging por otras practicas más provechosas. Sin embargo, tal como aprendí durante el tiempo que pasé tras el mostrador de una tienda de discos, hay también muchas personas que se mantienen fieles al credo heavy, rayando a veces el inmovilismo. Los demonios y calaveras van adquiriendo rasgos progresivamente caricaturescos a medida que aumenta la talla de la camiseta, pero ellos acuden religiosamente semana sí y semana también al pequeño comercio, renovando el culto a sus ídolos sin importar que la mayoría de ellos se encuentren ya en claro declive creativo –caída libre, más bien-. Ellos han crecido pero la música sigue igual, un grito primario que llama en vano a un instinto animal cada día más amaestrado. El resto no es silencio, sino murallas de amplificadores Marshall y cañones de fuego (fatuo). Anvil. El Sueño de una Banda de Rock (Anvil! The Story of Anvil, Sacha Gervasi, 2008) trata precisamente de esto, de ser heavy cuando ya no tiene sentido serlo. La particularidad –y el drama- es que no nos habla desde el punto de vista de los seguidores sino del de los músicos; personas que no además de adorar el metal, también lo trabajan.

Durante la primera mitad de los ochenta los canadienses Anvil fueron una promesa del power metal, gracias particularmente a su segundo LP “Metal on Metal” (1982) y a canciones tan aplastantes como la que daba titulo a ese disco. Pero a diferencia de otros coetáneos con quienes compartieron giras y ruido –Scorpions, Whitesnake, Bon Jovi…-, el brillo de Anvil se fue apagando a una velocidad vertiginosa, pasando de encabezar festivales en Japón a tocar en tugurios locales. Lo sorprendente del caso no es que el grupo no se disolviera tras esta jibarización de su popularidad sino que sus fundadores, Steve ‘Lips’ Kudlow (voz y guitarra) y Robb Reiner (batería), mantuvieran intacta la ilusión por su proyecto. Pese a ganarse la vida con trabajos diametralmente opuestos a la ética del rock’n’roll, pese a que el mundo no paraba de mandarles señales disuasorias, su fe en las posibilidades de éxito de la banda se mantenía inamovible, a prueba de bombas.

Anvil. El sueño de una banda de rock captura a ‘Lips’ y Reiner en esa posición desubicada, embarcándose en un deslavazado tour europeo –impagable su reencuentro con antiguos compañeros para quienes Anvil no son más que un recuerdo de tiempos lejanos-, hipotecan a sus familias para poder grabar un nuevo álbum -“This Is Thirteen” (2007)- que terminaran vendiendo a través de su web tras un infructuoso periplo por discográficas… Situaciones que podríamos comprender en un grupo novel pero que vividas por unos señores que ya han rebasado los cincuenta adquieren un plus de extrañeza, de insensatez.

En la infravalorada Achilles and the Tortoise (2008) Takeshi Kitano disertaba sobre el egoísmo intrínseco de un artista, que se excluye voluntariamente del mundo y arrastra (secuestra) en su arrebato a las personas que le aman. Anvil podría leerse de una forma parecida, con el muy significativo matiz de que sus protagonistas son, en esencia, “buena gente”; niños grandes que se niegan a despertar de su sueño. Se ha dicho que esta película supone una actualización virada hacia lo real de lo que Rob Reiner imaginó en This Is Spinal Tap (1984) pero aunque el paralelismo es comprensible también resulta impreciso. Spinal Tap era un mockumentary hilarante, una disección hiperbolizada con tanto cariño como veneno de la peluca hair metal; pero en Anvil las risas no son tan frecuentes como cabría imaginar (a menos que se observe el film con la única finalidad de carcajearse de sus protagonistas). Al contrario, lo que predomina es el asombro y la emoción ante la quijotesca peripecia humana (¡humanísima!) de este par de entrañables rockeros.

En sus imágenes resuenan también ecos de Metallica: Some Kind of Monster (Joe Berlinger, Bruce Sinofsky, 2004), película con la que haría un inmejorable programa doble. Aquella era una terapia de grupo (nunca mejor dicho), que trataba de sentar un icono de género en el diván de un psiquiatra –exactamente el mismo planteamiento que tenía Los Soprano de David Chase, por cierto- para desencadenar una catarsis en el seno de una formación oxidada por el éxito y por las deterioradas relaciones entre sus miembros. En Anvil los protagonistas también se tiran los muebles a la cabeza… pero a diferencia de Lars Ulrich y James Hetfield, ‘Lips’ y Reiner terminan fundiéndose en un abrazo fraternal y sincero. Metallica siguen juntos por inercia, porque no les queda más remedio. Su triunfo es el mismo que el de cualquier formación musical que termina convirtiéndose en marca registrada: sobrellevar con mayor o menor dignidad la irrelevancia de su presente creativo. A Anvil tampoco les queda otra opción que seguir juntos; la diferencia es que ellos pararían una bala por su compañero. No debe ser casualidad que tanto Some Kind of Monster como Anvil se cierren con los grupos dándose un purificador baño de masas ante sus respectivos fans.

Ah, pero es ahí donde encontramos el problema, la limitación de Anvil. Su última escena, el concierto ante una reencontrada (y sorprendentemente multitudinaria) afición nipona es un perfecto happy end, el broche de oro a aquello que los anglosajones llaman uplifting experience. Algo que echarse al corazón, en definitiva. Pero lo que parece una recompensa kármica a las penurias por las que han pasado los protagonistas es, en realidad, una trampa emocional diseñada en una sala de edición, ya que esa actuación es cronológicamente anterior a la indiferencia y rechazo con que los sellos discográficos reciben ese flamante disco en que se han dejado tanta sangre y sudor. En los créditos finales también descubrimos que Sacha Gervasi, director de la película, es un fan de toda la vida del grupo; así que uno empieza a sospechar que este ha perdido el temple ante sus ídolos de adolescencia y ha terminado por dibujar un retrato excesivamente benevolente y rodeado de algodones. Nuestro entusiasmo se aplaca, pero para cuando nos damos cuenta del truco Anvil ya ha cumplido su principal objetivo: que incluso los que detestan el heavy metal se enamoren del grupo. Al fin y al cabo, si la magia del cine logró convertir a los ficticios Spinal Tap en grupo de carne y hueso (2) no debería extrañarnos que también haya conseguido devolver la notoriedad a una banda olvidada, permitiendo a los canadienses volver a grabar y girar en condiciones (3). Ese es el auténtico final feliz que perseguía la película y, diablos, sería de malnacido no alegrarse por ellos. Eso sí, algunos hubiésemos preferido que Gervasi no confundiera dignidad con dar penita.

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1. Nos referimos a bandas mainstream -Iron Maiden, para entendernos- no de Varg Vikernes y demás angelitos del black noruego a los que hay que dar de comer aparte.
2. “Back From the Dead”, su inesperado comeback, vio la luz en 2009.
3. Tenían programada una gira europea junto a Ratt que les habría llevado a tocar en varias ciudades españolas, pero una intervención quirúrgica de Stephen Pearcy (vocalista de estos últimos) les ha obligado a cancelarla a última hora.

FICHA TÉCNICA:
Dirección: Sacha Gervasi
Dir. de fotografía: Christopher Soos
Sonido: Matt Dennis, Daniel R. Kerr
Operadores de cámara: Jeremy Benning, Ray Dumas, Andrew Müller
Montaje: Andrew Dickler, Jeff Renfroe
Música original: David Norland
Producción: Rebecca Yeldham
Producción ejecutiva: Sacha Gervasi, Rick Krim,  Christopher Soos
País y año de producción: Estados Unidos (2008)

Anvil. El sueño de una banda de rock se estrenó en España el pasado viernes 25 de junio. En Madrid (Cines Ideal), en Barcelona (Verdi Park, Cines Icaria) y en Valencia (UGC Cine Cité).

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