Reflexiones de un salvaje

Vallejo se va acercando a la verdad oculta de un pueblo, nunca escrita y siempre transmitida de generación en generación. Y qué duda cabe que en esta rumorología popular, en este adentrarse en la leyenda huyendo de la sociología, encuentra el director una verdad honda y eterna.


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Reflexiones de un salvaje de Gerardo Vallejo1

Es bien sabido que los nuevos cines que irrumpieron en los años sesenta del siglo XX tenían una carga política muy acentuada. Era un cine formal y temáticamente muy militante y sus autores pretendían crear una vanguardia cinematográfica y política, cambiar desde el cine el estado de las cosas.

Este deseo, que hoy puede parecer naíf (aunque no sea mi caso), tuvo su mayor auge en América Latina con cineastas como Jorge Sanjinés, Tomás Gutiérrez Alea o Santiago Álvarez. En Argentina este relación cine-revolución tuvo una de sus cumbres, con cineastas como Raymundo Gleyzer, Fernando Solanas u Octavio Gettino. Estos dos últimos fundaron el grupo Cine Liberación, con el que hicieron un documental que marcó a toda una generación, La hora de los hornos (1968), película que según los autores era “la expresión cinematográfica de una resistencia política”. El asistente de dirección de esta película era Gerardo Vallejo, licenciado en cine documental en la escuela dirigida por Fernando Birri, otro de los nombres claves del cine político mundial de aquellos años.

En 1971 Gerardo Vallejo estrenó El camino hacia la muerte del viejo Reales. Se trata del resultado de tres años de convivencia, entre 1968 y 1971, de Vallejo con Don Ramón Gerardo Reales y sus hijos Ángel, Mariano y Pibe. A través de ellos, el director  exponía la forma que el subproletariado (básicamente, obreros agrícola) tenía para responder a una realidad que siempre les había sido adversa. Frente a la explotación, la usura y el maltrato, el Viejo Reales representaba el último refugio de la dignidad del campesinado y, por extensión, de todo el pueblo latinoamericano. Esta película no sólo fue importantísima por su tema, si no también por la muy novedosa para la época mezcla de lenguaje documental y ficción.

La película fue perseguida, como años después le sucedería al mismo director. Debido a los atentados de la Triple A contra su domicilio y el de sus padres, Vallejo se vio obligado a exiliarse, primero en Panamá, y después en Madrid, donde fundó una escuela de cine, escribió un libro, Un camino hacia el cine, realizó documentales para TVE y dirigió un largometraje, Reflexiones de un salvaje.

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Un sueño, cuando era niño, me dio la imagen del abuelo al que nunca había conocido y por primera vez, la caricia de su mano campesina. Aquel sueño reconstruyó en mi fantasía infantil un retrato que nunca podría olvidar. Con mis ojos y mi alma americana fui descubriendo esa lejana España que mi abuelo, un día, había tenido que abandonar. Quizá por eso he deseado siempre conocer aquel pasado y recuperar en esta España de hoy las causas que lo llevaron a emigrar. Ahora sueño y realidad se confunden. Lo que nunca había imaginado es que un día, como él, tendría que abandonar la tierra donde he nacido, y vivir su misma condición de emigrante, justo aquí, en la España que él abandonó hace tanto tiempo. Todo se confunde, historias, anécdotas, paisaje, guerra, en una cadena de dolores y lejanos llantos que son mis raíces, en este pueblo español donde nació mi abuelo, Cespedosa de Tormes.”

Con estas bellas palabras, recitadas por el mismo director, comienza Reflexiones de un salvaje. En el documental, Vallejo vuelve al pueblo de su abuelo e intenta comprender qué es lo que hizo que su abuelo emigrara, y qué es lo que su abuelo no vivió debido a esa emigración. También intenta discernir entre la aparente miseria de las casas y las calles de arena, la verdad y la identidad de un pueblo hundido en un pasado que a nadie parece pertenecer, y que él, en cierto modo, ha heredado. Y lo hace siguiendo las directrices de su admirado Perón: “…estar junto al pueblo que nos ofrece su misteriosa creatividad y lo convierte a su vez en testigo inapelable”.

Lo que hace Vallejo es darle la palabra a los habitantes del pueblo (son constantes las entrevistas en las que se ve a una persona contar una historia del pasado, mientras Vallejo en frente, fuma y escucha, en silencio) y poner en escenas las propias historias del pueblo, sus propias preocupaciones. Y de aquí saca Vallejo uno de los mayores aciertos de la película: el usar a los mismos habitantes del pueblo como actores de las historias que ellos mismos han vivido, en un cerrar el círculo de sus intenciones.

Así, con escenas bellísimas como el reparto de pan según la cartilla de racionamiento de cada uno o la muerte de Pedro el maestro, tras diecisiete años escondido de las autoridades franquistas, Vallejo se va acercando a la verdad oculta del pueblo, nunca escrita y siempre transmitida de generación en generación. Y qué duda cabe que en esta rumorología popular, en este adentrarse en la leyenda huyendo de la sociología, encuentra el director una verdad honda y eterna.

Por eso, quizá la secuencia que cierra la película sea la más elocuente de las intenciones (y los logros) de Vallejo. En esa secuencia, los habitantes del pueblo reinterpretan la revuelta popular de 1917, cuando el pueblo, sin organización previa, atacó las propiedades del terrateniente para vengar la muerte de Manuel Vallejo, asesinado por el jerifalte cuando recogía leña en sus tierras. El pueblo embebido de venganza, atacó las tierras, consiguiendo que el terrateniente las abandonase y vendiese a bajo coste esas tierras al pueblo.

En esa secuencia los lugareños interpretan orgullosos una historia que sin duda han escuchado mil veces. No hay planificación, sino registro. Los actores atacan un pasto, corren de un lado a otro, prenden fuego a unos matojos, no hay control sobre sus acciones, porque sus acciones son verdad. Y son verdad porque sucedieron de verdad, y en la mente de cada uno, esa historia ha sido imaginada cientos de veces. Estos actores no lo están interpretando, lo están viviendo. Y éste es el mayor logro de Vallejo, hacer que el pueblo viva en sus historias.

De este modo, Reflexiones de un salvaje, se presenta ante nosotros como un intento de aprehender la Historia (así, con mayúsculas) contando las mil historias que conforman un pueblo (como años más tarde haría Patricio Guzmán en Pueblo en vilo) mediante una disparidad de registros (entrevistas, recreaciones, lirismo) que encuentran en esa misma disparidad su unidad más estrecha y más coherente. La omnipresencia del pueblo (como identidad, como personaje, como territorio) se acaba convirtiendo en una reflexión universal sobre el destino de todo aquello que el progreso abandona en los márgenes, como Vallejo había hecho una década antes en El camino hacia la muerte del viejo Reales.

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Reflexiones de un salvaje se inscribe dentro de las películas más importantes del cine documental de la Transición, periodo que a los ojos de quien esto escribe es el más rico de nuestra tradición cinematográfica. Como Cada Ver Es (Àngel García del Val, 1981) o Función de noche (Josefina Molina, 1981) es una reflexión sobre los límites y los mecanismos del cine documental para mostrar la realidad. Como Después de… (Juan José y Cecilia Bartolomé, 1983) muestra las preocupaciones de una sociedad que sale de cuarenta años de aletargamiento dictatorial. Como Rocío (Fernando Ruíz de Vergara, 1981) o Animación en la sala de espera (Carlos Rodríguez Sanz y Manuel Coronado,1981) muestra la realidad escondida tras el tópico (la romería, el manicomio, la vida rural), con un afán de denuncia.

Por todo ello, de una forma casual y clandestina, Reflexiones de un salvaje se nos muestra hoy como un crisol de prácticas y preocupaciones entorno al país y al cine que tardarían más de treinta años en volver a aparecer en películas que hoy se nos aparecen como hitos en la trayectoria del cine documental español.

FICHA TÉCNICA

Dirección, guión, fotografía, producción: Gerardo Vallejo

Montaje: José Salcedo

País y año de producción: España, 1978

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