38 edición del Festival de Cine de Huesca

El Festival de Cine de Huesca atraviesa una crisis grave pero no es económica, es de dispersión en su concepto y de una escasez de público que debería hacer saltar todas las alarmas. Este festival lleva a sus espaldas todo un recorrido y una historia que no merece un presente tan desalentador.


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Fui invitado por segundo año consecutivo a este histórico festival de cine español que se centra en el cortometraje. A pesar de su solera y experiencia, el Festival de Cine de Huesca vive hoy en día obstaculizado por varios problemas graves en su misión como evento cultural, con un gigante embrollo en su concepto y destino. Esto obliga a empezar esta crónica por aspectos que no son puramente cinematográficos. La organización del festival es impecable y éste cuenta con un apoyo económico envidiable (algo insólito en estas fechas de crisis) con el cual se podría llevar a cabo un festival extraordinario.

Alarmante escasez de público
El obstáculo más grande. Las salas están vacías. Con algunas excepciones (en las sesiones de los largometrajes –Ken Loach, Goran Paskaljevic, Carlos Saura– la asistencia es alta) pero en la competición oficial, cortometrajes y documentales europeos e iberoamericanos, las salas están literalmente vacías. Menos de 10 espectadores en una sala esplendorosa de los cuales casi todos son invitados, público local muchas veces cero. Fue así en todas las sesiones que asistí, ocurrió igual en el año anterior. Hay que tener en cuenta que la entrada es gratuita y la publicidad está por toda la ciudad. La gente de Huesca conoce el festival pero no asiste, ni la de Aragón, ni alrededores, a pesar de lo que se defienda desde la web del festival, que es todo lo contrario.

Hubo alguna excepción más que despertó el interés del público, el taller organizado por VenusPluton!, sus creativos e innovadores videoclips fueron de lo mejor del evento, consiguieron congregar alumnos, realizadores y en definitiva público. Ese acercamiento musical-cinematográfico culminó con un concierto que también tuvo una respuesta positiva de espectadores. Pero lo que es el festival en sí, las decenas de películas a competición, tienen una difusión casi nula.

Indefinición en la programación y ocasiones desaprovechadas
Este festival tiene en su origen el apoyar y difundir tanto el cine español como el cine iberoamericano. Me sorprendió ver en la primera sesión el anuncio publicitario del cine europeo, o sea, la subvención Media, que para recibirla obliga a los festivales a que un elevado tanto por ciento de la programación sea europea. Lo encontré un poco contradictorio, pero mis peores augurios se volvieron realidades al asistir a las proyecciones de la sección paralela “Foro Europa”. Era como un cajón desastre de cortometrajes europeos, ordenados de forma incomprensible y muchos de ellos de calidad discutible. Tuve la sensación de estar en una especie de “sección de relleno” para llegar a la cuota de películas europeas sumando títulos que a veces parecían descartes de la sección oficial, mezclando estilos, formatos, conceptos… El festival quiere ser de apoyo a lo iberoamericano pero también recibir soporte económico europeo. Al final no se decanta ni por uno ni por otro, ni tampoco por la unificación de ambos grupos. Es confuso y esto se agudiza con las numerosas secciones paralelas (una docena más algunas proyecciones sueltas), que apuntan buenas ideas pero son a mi entender desaprovechadas. Por ejemplo, se invitó a Luc Moullet, un cineasta injustamente desconocido al cual valía la pena descubrir. Maestro del cortometraje invitado a un festival de cortometrajes, ¡ideal!, pero sólo se proyectaron 8 cortos (tiene 60) y 1 largo (tiene 8), y en lugar de una interesante clase magistral, conferencia o taller, sólo dio una rueda de prensa. Ocasión desaprovechada. Lo mismo sucedió con la sección D-Generación. El amplio trabajo realizado por Josetxo Cerdán que aúna realizadores undergrounds de la escena audiovisual española de los últimos años, se quedó en una mini-sección de seis cortos. Las secciones paralelas son todas pequeñas sin espacio para profundizar y con mucha presencia de largometrajes para ser un festival dedicado a los cortos. Esta excesiva variedad sin camino concreto acaba de desconcertar al escaso público asistente.

También hay un overbooking de películas seleccionadas. 122 cortometrajes en cuatro secciones a competición es una cifra desmesurada si los criterios de selección no están muy claros, y no lo están. Hablaremos más adelante de los cortos destacables, pero hubo que buscar mucho para encontrar algo que valiera un poco la pena. El desencanto cundió entre varios de los realizadores invitados. Llegaron con ilusión al festival por haber sido elegidos pero al comprobar el bajo nivel de muchas películas de la competición, se sintieron defraudados. Este festival lleva a sus espaldas todo un recorrido y una historia que no merece un presente tan desalentador. Quizás es el momento de replantear sus objetivos, reorientar el proyecto con valentía, y no desaprovechar ese gran apoyo político y económico que tiene, del cual muchos otros festivales no gozan.

Una vez diseccionados los vaivenes del festival de Huesca 2010 hablemos de algunas de las películas.

Del amplio material que había por visionar en las secciones oficiales del festival de Huesca, di preferencia a las secciones documentales y a las obras españolas, abarcando cuanto pude de todo lo demás. Lo mejor que pude ver o ya lo había visto o ya había oído campanas. Volví a Barcelona sin novedades y con un sólo descubrimiento, Taba de Marcos Pimentel, visión dinámica de Brasil con montaje fascinante, aunque la película me deja aún ahora ciertas dudas en su concepto. Cuestiones éticas sobre la representación de la pobreza en el país. Pimentel une retazos de la realidad de manera magistral, unifica sonidos, ruidos, colores, rostros dispares encontrando en ellos conexiones misteriosas, como si sólo la cámara pudiera captarlas, como si en el fondo, dentro de ese gran caos, existiera un orden o una lógica. Es esa idea de “como si todo estuviera escrito”, ese poso de algo mágico, que me subleva cuando deja constancia de las desigualdades sociales, como si fuera una justificación de la injusticia. El cortometraje me sigue pareciendo fascinante.

De los muchos autores españoles que había en la programación oficial, destacaría dos cortos unidos por su contenido. Castillo, informativo de televisión de Jorge Tur y la ficción nacida del ESCAC, Pablo, de Nelly Reguera. El primero, de 6 planos, destaca por el respetuoso y fino sentido del humor con el que se nos presenta el paciente llamado Castillo, y la relación humana que hay entre él, el cámara y el tutor del centro, sin caer en dramatismos fáciles. Recuerda la relación que establece Depardon y su sonidista con algunos de los pacientes más alegres en el histórico San Clemente (1982). Reguera presenta un centro psiquiátrico mucho más duro, como si fuera una prisión, con tonos fríos y conversaciones tensas y ambiguas entre el paciente/recluso y sus familiares. Sabe crear un ambiente de calma tensa que se prolonga durante los trece minutos de duración de este corto, que parece una parte de un largometraje.

Pude ver uno de los cortometrajes españoles más laureados y viajados de los últimos años, (En)terrats (Enterrados en las azoteas), de Àlex Lora. Vibrante, colorista, con visión comercial sin renunciar al buen quehacer, Lora mete el dedo en la llaga de la burbuja inmobiliaria española y en la mezquindad del ser humano, presentado situaciones reales que llegan a lo surreal, como la misma solución al conflicto propuesta. Una temática que no ha sido demasiado abordada en el cine español, aún cuando es el epicentro de la crisis por la cual el país naugrafa hoy en día.

Reencontré otro cortometraje laureado y también presente en muchas festivales internacionales, Notes on the other, de Sergio Oskman. Se llevó una mención. Curiosamente, el cortometraje ganador de esta sección iberoamericana, El pabellón alemán, de Juan Millares, es muy similar en concepto y realización a esta primera, originalidades del jurado. Ambas parecen rememorar los juegos de malabarista entre realidad y ficción sugeridos por Isaki Lacuesta en Cravan vs. Cravan (2002). Oskman redescubre un relato de Hemmingway quien falsamente se había postulado en él como héroe. Sus fans a día de hoy se disfrazan de Hemmnigway, también postulándose como héroes, reviviendo historias que no ocurrieron. Lo que fue real se desvanece tras la minuciosa investigación del director. Millares se basa en el uso de fotografías, igual que en la película anterior, para representar una historia, inventada o medio veraz, alrededor del pabellón alemán de Mies Van der Rohe. Su relato mezcla personajes históricos con situaciones posibles al mirar una y otra vez las imágenes, buscando en ellas las claves del misterio, como Guerin hizo en Tren de sombras (1997).

Varios cortometrajes más de los que habíamos hablado en números anteriores (los catalanes Raúl Cuevas, Neus Ballús, ver DocsBarcelona 2010), un par de maestros del cine ensayo como son Elías Siminani (El tránsito) o Jay Rosenblatt (The darkness of day, ver crónica del festival Punto de Vista 2010), o la divertida Arsy-Versy del eslovaco Miro Remo, también de largo recorrido festivalero, sería lo más salvable de unas sesiones que se nos hicieron largas a pesar de estar conformadas por cortos. Entre la desazón y la somnolencia, vale la pena hablar de I love Benidorm (Gaetano Crivaro, Mario Romanazzi), ya que si muchas películas nos dejaron inertes, ésta como mínimo nos indignó por su poca destreza. Es un documental sobre los despropósitos y el abuso de poder del Partido Popular en el valenciano barrio de El Cabanyal. Su ataque es tan frontal como superficial, el contenido tropieza en todos los tópicos habidos y por haber, música incluída, y la realización es burda, con el sonido mal calibrado y un montaje horripilante. Lo que pretende ser una denuncia es un débil panfleto insostenible política y cinematográficamente,  es el reportaje de un aficionado. Saliendo de la proyección con un compañero y comentándole que no entendía como podía haber sido seleccionado en un festival de cine por su escasa calidad, me comentó que I love Benidorm precisamente había ganado el premio del público en Documentamadrid 2010. ¡Pero qué horror!

Dos cortos de Luc Moullet nos salvaron del infierno. Con un humor sutil, con una improvisación y despreocupación fílmica que ofrece como resultado unos cortometrajes eléctricos y vivos, Moullet consiguió la risa del público con las obsesiones inútiles por superar los pequeños obstáculos de la vida. Las variantes para abrir un molesto tapón de rosca (Ensayo de apertura, 1988) o todo un manual, absurdo y delirante, de maneras de colarse en el metro (Barreras, 1984) reforzó nuestras ganas de descubrir más obras de este realizador que apunta a genial.

Un Comentario

  1. Miguel 08/09/2010 | Permalink

    Enhorabuena por la crónica. Rara vez se pueden leer opiniones tan críticas, aunque estén fundamentadas y cargadas de razón, sobre un festival de cine. Y son muy necesarias para que algunos reaccionen.

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