Volker Koepp. La palabra verbalizada

Quien haya tenido la oportunidad de conocer alguno de los trabajos de este documentalista alemán difícilmente lo habrá olvidado. Las minas de uranio de La Wismut (1993), el flujo vital de Wittstock, Wittstock (1997), las enseñanzas de El señor Zwilling y la señora Zuckermann (1999), los pájaros de Kurische Nehrung (2001), la vida rural de Uckermark (2002), la poesía melancólica de Este o en Czernowitz (2004), son algunas de sus estampas.


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Volker Koepp

Quien haya tenido la oportunidad de conocer alguno de los trabajos de este documentalista alemán difícilmente lo habrá olvidado. Las minas de uranio de La Wismut (1993), el flujo vital de Wittstock, Wittstock (1997), las enseñanzas de El señor Zwilling y la señora Zuckermann (1999), los pájaros de Kurische Nehrung (2001), la vida rural de Uckermark (2002), la poesía melancólica de Este o en Czernowitz (2004), son algunas de sus estampas.

A partir de un número reducido de personajes nos cuenta historias de pueblos olvidados de centroeuropa, o más bien deja que las cuenten sus propios protagonistas, a quienes cede la palabra por completo. Tal procedimiento supone en el terreno epistemológico una aproximación más sólida a realidades únicamente comprensibles desde dentro del microcosmos donde se dan y dónde se nos pretende llevar. Pero esto no solamente se traduce en la liberación respecto a cualquier tipo de prejuicio o necesidad de ajustarse a los esquemas más o menos rígidos de unas líneas de trabajo. Más allá de la preocupación por la verdad en su estado puro, nos encontramos aquí con un profundo respeto hacia personas sencillas que tienen su propio modo de ver y vivir su vida.

Para muchos el documentalista es aún alguien que remueve lo real en búsqueda de documentos que den fe de determinados hechos (1). Tales hechos, como también los rastros que éstos dejan en la realidad, son a menudo difíciles de atrapar mediante dispositivos de captación de imágenes y sonidos. En ocasiones el documento se resiste a los procesos de aislamiento y simplificación, aún cuando los recorridos están ya tan trazados y tipificados que ni se perciben. Todo ello sin apenas recurrir al poder ilusorio de la representación audiovisual para conferir unidad y plenitud a aquello que requiere ser mostrado, pues según dicen las pretensiones de objetividad del documentalista nunca deberían remitirle al terreno prohibido de la ficción. Ante tanta dificultad no es de extrañar que a menudo se pierda de vista el verdadero núcleo de cualquier documento, el sujeto.

Como bien sabemos la escritura cinematográfica no se consagra solamente al conocimiento objetivo del objeto (de estudio) o tema. Sus intereses pasan igualmente por el conocimiento objetivo de sujetos, como también por el conocimiento subjetivo de objetos y sujetos. Para éste último propósito el documentalista suele utilizar la mayor parte de las veces la entrevista en profundidad, un recurso más manejable que alternativas como el grupo de discusión. Pese a todo la entrevista no deja de ser usada como un mecanismo subjetivo que debe conducirnos instrumentalmente hacia un más allá. Como si las palabras del entrevistado y su misma persona fuesen obstáculos a ser moldeados desde la objetividad para facilitar verdades fragmentadas que en su disposición y fusión nos remitan a verdades de un orden mayor, el de las ideas.

Sin embargo no es lo mismo relatar subjetivamente como es algo o alguien que hacer emerger del propio relato a este alguien o algo. Igualmente no es lo mismo constatar la existencia de algo mediante su recreación en el tiempo, que apuntar dificultosamente a su esencia encubierta. Para hallar subjetivamente al sujeto está el cine de Koepp, un cine de estilo sencillo, transparente, minimalista, clásico, sublime, un cine que apuesta por la contención y por evitar el espectáculo, que funde melancólicamente el pasado con el presente, que juega con el lenguaje para dar forma a su máximo baluarte, la palabra verbalizada. De ahí las constantes referencias al poeta Paul Celan.

Los largometrajes de Koepp se componen de entrevistas en profundidad a un reducido número de personajes cuyas vidas pasan a ser centro de obras, que además alternan visualizaciones de algún tema secundario de inusual peso estético para ayudar a respirar a la historia. Salvo sendas intervenciones puntuales fuera de campo para lanzar algunas preguntas, escuchamos solamente las voces de los protagonistas que mediante largos monólogos dichos con la mayor fluidez y concisión posible nos relatan experiencias de todo tipo. Mediante procedimientos atípicos, se logra en estas entrevistas situar en primer plano la palabra y el lenguaje del entrevistado, que no son sino la forma y el fondo de aquello que se quiere tratar. Como consecuencia nos vemos forzados a abandonar nuestra posición espectatorial frente a alguien que comparte cosas más o menos interesantes con nosotros, en favor de alguien que conversa con otros sobre nuestras propias vidas y experiencias. El cine de Koepp es en definitiva toda una esperanza para aquellos que creían que el documental y la entrevista son géneros agotados o en decadencia.

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(1) – Català, Josep M. (2003); La necesaria impureza del nuevo documental. En: Documentaria. Muestra Internacional de Cine Documental de Mujeres. Sexo, Mentiras y Mundialización. Documentaria 2003, Santa Cruz de Tenerife.

Un Comentario

  1. María E. Moll Sureda 17/08/2008 | Permalink

    espléndida información

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