La noche que no acaba

“La noche que no acaba” nace como un encargo sobre la vida de Ava Gardner que Isaki Lacuesta modula hacia un documental biográfico de autor, con una voz propia que se hace oir por encima de los obligados puntos de paso de la peripecia que describe, de las estaciones del vía crucis de la actriz.


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Isaki Lacuesta no para: parece pertenecer a la familia de los que según decía Godard prefieren hacer cine –por todos los medios, en cualquier medio o soporte- frente a los que optan por hacer obra, o sea, películas de formato industrial que pueden demorarse varios años antes de materializarse. Después de su ficción Los condenados y de haber iniciado una correspondencia en video con la realizadora Naomi Kawase (los siete mediometrajes que componen por ahora In Between Days) y cuando acaba de volver de rodar su proyecto africano, ha presentado en el recién celebrado Festival de San Sebastián –sólo un año después que la primera de sus películas mencionadas- el largometraje La noche que no acaba, que aparece bajo el sello del canal televisivo TCM (como decía, no desdeña ningún tipo de medio) e inspirado por un libro de Marcos Ordóñez sobre la actriz Ava Gardner, en particular sobre su relación con España.

La estrella hollywoodense vino a recalar por aquí, en concreto en la villa costera catalana de Tossa de Mar, para rodar Pandora y el holandés errante, el ambicioso proyecto de Albert Lewin. Corría el año 1951, es decir, era antes de que el proceso de desmantelamiento –y deslocalización- del sistema de estudios hiciera moneda corriente el rodaje en España (e Italia) de grandes producciones americanas y de que el Mediterráneo se convirtiera en una especie de cementerio de paquidermos, o de limbo, de la Meca del Cine. Todavía en 1951 una estrella de Hollywood era una supernova y además no habíamos entrado en el desarrollismo, es decir, la distancia que nos separaba del glamour internacional era aún bastante cósmica. Además, Ava cumplió con la leyenda de diosa del sexo que se le suponía: tuvo un romance con un torero en Pandora y posteriormente con otro matador, el famoso Luis Dominguín, lo que propició una anécdota que se sigue contando con regocijo desde entonces (nada más acabar la faena, el diestro se empieza a vestir corriendo; cuando ella le pregunta a dónde va, dice “A contarlo”…) y la visita tempestuosa del ofendido legítimo de la actriz, que no era otro que Frank Sinatra. Y luego Ava prosiguió una trayectoria de desmelenamiento, alcohol y presunta promiscuidad que propició que tuviera más presuntos one night stands dispuestos a contarlo que bares visitados por Hemingway, por mencionar a otro visitante americano etílico e ilustre.

Todo esto lo cuenta Isaki Lacuesta en La noche que no acaba, pues forma parte de la leyenda de Ava Gardner y supongo que recontarla formaba parte del encargo que recibió al ponerse en marcha el proyecto. Pero no se limita a eso. Si lo que hubiera hecho fuera un reportaje biográfico al uso, hagiográfico o morboso, tanto da, no nos estaríamos ocupando de su película. Es cierto que cumple con los requisitos de tan convencional formato y que la película sigue siendo susceptible de ser emitida por un canal temático que alimenta una cierta idea cinéfila. Pero Lacuesta, como no podía ser de otro modo, hace algo más: este es un documental biográfico de autor, con una voz propia que se hace oir por encima –o mejor, a los lados, en las digresiones y líneas de fuga que le acaban dando un cierto tono ensayístico- de los obligados puntos de paso de la peripecia vital que describe, de las estaciones del vía crucis de Ava Lavinia Gardner. Por ejemplo, entrevista –este debió ser otro de los pies forzados del relato que se le pidió armar- a los supervivientes: los testigos españoles de los días y las noches españolas de Ava, y algún afectado lateral, como Lucía Bosé, la mujer del torero que salió a contarlo y ella misma una estrella tan hermosa como Ava pero que nunca llegó a brillar tanto. Pero en las entrevistas se introduce el tema no sólo de la leyenda sino de la inevitable (y acelerada, en su caso) decadencia física, un tema particularmente pregnante cuando estamos hablando de un sex symbol y la estamos viendo y recordando en su plenitud. Esta  idea alcanza su plasmación más hermosa y terrible cuando vemos a la body double que la sustituyó a la hora de rodar su famoso baño nocturno al desnudo en Pandora recrear la escena para la cámara de Lacuesta, más de medio siglo después, y completada con el contraplano –un desnudo frontal marino que no remite precisamente a Botticelli– que no podía ni concebirse en 1951.

De todos modos, las entrevistas forman la parte más convencional de La noche que no acaba, por cierto, al igual que la voz en off que se reparten al alimón las actrices Ariadna Gil y Charo López. Ésta última fue nuestra Ava nacional (llamarla ha sido todo un acierto de casting vocal) pero la locución, de ambas, resulta uno de los elementos menos resonantes de la película: éste es un problema recurrente del cine documental nacional, que parece no haber superado todavía el paradigma del locutor cuando el florecimiento de un cine ensayístico internacional confirma desde hace tiempo que la narración, con voz encarnada o no, es un elemento expresivo clave del cine de no ficción. Pero la “voz” de Lacuesta se hace oir, afortunadamente, en el elemento de mayor interés de la película: la manipulación de material de archivo que no se reduce a fotos y nodos de la época sino que administra con sabiduría la materia prima esencial para hablar de una estrella de cine, a saber, las películas que fijaron su imagen.

De Joseph Cornell a Matthias Müller, existe toda una tradición de cine de metraje encontrado que remonta materiales de Hollywood, escenificando toda una creativa tensión entre la mirada vanguardista o periférica y la cultura visual de masas. Y en esa tradición se inscriben los momentos más inspirados del trabajo de Lacuesta, cuando hace tartamudear a la manera de un Martin Arnold (un fotograma hacia delante, dos hacia detrás) la escena de un beso, o cuando hace dialogar un primer plano de Ava en su esplendor con otro de su último film, Harem (William Hale, 1986): el montaje, la màchine à penser del cine de que hablara Jean Epstein, expresa el tema central, la decadencia física, mejor que ninguna declaración. Es el mismo recurso que había utilizado Mark Rappaport en Rock Hudson’s Home Movies y From the journals of Jean Seberg, las dos películas que a comienzos de los años 90 crearon el molde de la biografía de estrella basada en la relectura de clips de películas. Frente a la baja fidelidad de los films de Rappaport, Lacuesta se beneficia de la abundancia de materiales y la facilidad de copia que proporciona el paradigma digital. Lo que se echa en falta, quizá, es algo que sí tiene Rappaport (y, creo, Ordóñez): una pasión cinéfila que vaya más allá de la mera erudición informada y que debería ir más allá de la constatación de que Ava Gardner fue otra víctima trágica de la factoría de sueños, para aprovechar a fondo lo que la película demuestra -de todas formas- en no pocos momentos: el potencial del metraje encontrado para hacer historia del cine –o elucubrar sobre ella- con los medios del cine.

FICHA TÉCNICA
Dirección: Isaki Lacuesta
Guión: Isa Campo, Isaki Lacuesta
Dir. de fotografía: Diego Dussuel
Montaje: Diana Toucedo
Producción: Turner Broadcasting System España
País y año de producción: España, 2010

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