48 edición del Festival de Cine de Nueva York

Si algo ha definido siempre al Festival de Nueva York es la representación de la heterogeneidad propia de una ciudad tan singular, llena de la suciedad y belleza del capitalismo, la convivencia multicultural con marcado acento latino, la admiración por el arte creado en Europa, y la nostalgia del quizá perdido para siempre “sueño americano”.


Imprimir articulo    
Inicio   1 2

American Falls

Las películas experimentales de Phil Solomon son las manifestaciones artísticas de un huérfano en la tormenta, como si proyectaran la luz en el espacio que hay entre lo que uno vive y lo que uno sueña. Solomon, bajo la mirada de su maestro y colaborador Stan Brakhage, ha aprendido a poner luz sobre el caos emocional, y de ahí han nacido cientos de conmovedoras imágenes, en una conversación con el niño que fue, ahora cubierto de espesa y oscura barba. American Falls, la inmensa película que ha presentado en “Vistas desde el Avant-Garde”, juega con el doble sentido de las cataratas, de los “caídos”, y de los fallos de la historia. El color del oro, de la naturaleza, y de la película cinematográfica, son una misma realidad, que se integra y se desintegra ante nuestros ojos, ante el paso apabullante y depredador del tiempo. Las imágenes se distorsionan y se relacionan entre sí, esta vez, con el complejo formato visual de un tríptico diluido en las aguas, y construido con manipulación fotoquímica y re-fotografía: imágenes de 1901 de Annie Edson Taylor, la primera persona que cruzó (y sobrevivió) las cataratas del Niágara con un barril, el hundimiento del Titánic, la Depresión Económica, la guerra de Corea, King-Kong amenazando la ciudad sobre el Empire State, la bomba atómica, las caídas de las esperanzas políticas (de Lincoln a John Fitzgerald Kennedy), los infortunios de Charles Chaplin y Buster Keaton, los ataques terroristas sobre el World Trade Center… “Tenía muchísimas imágenes para continuar la historia, pero no pude seguir…, tuve que parar ahí…, no pude seguir…”, afirma Solomon. Y continúa: “Ésta es una adaptación a un solo canal, de una instalación con seis monitores que realicé para la Galería de Arte Corcoran. La inspiración surgió durante un viaje a Washington D.C. Allí vi por primera vez la gran pintura “Niágara” de Frederick Church; tomé nota de una vídeo-instalación de Jennifer Steinkamp que se proyectaba en las paredes de la rotonda de Corcoran; y fui a varias rutas para ver los monumentos a los ‘caídos’ del área de Washington. Imaginé la obra como una especie de pantalla panorámica al estilo de los grandes murales del pintor Diego Rivera, donde las imágenes mediatizadas del ‘sueño americano’ que había estado absorbiendo desde niño, fluirían juntas en el río con las rugientes turbulencias de los errores de América, con el fin de sostener los mitos e ideales profundamente incrustados en la iconografía que nos rodea. Quise seguir las “corrientes” de la historia que convergen, al final, en las cataratas, en los que caen, con el eco de la repetición de la pregunta retórica que el compositor Charles Ives realizó con su obra al nacer del pasado siglo: ¿A dónde va América?”

La forma de tríptico ofrece un desconcierto inicial, ya que crea en el espectador la sensación de no saber muy bien a dónde mirar, y de tener que tomar una decisión para centrar la atención en una parte de la imagen, en detrimento de otra. Pero en Solomon, el tríptico no obliga a hacer renuncias visuales, sino que las imágenes se apoyan y refuerzan, de forma natural; se repiten creando una consistencia y hacen que las tres imágenes se conviertan, en la mente, en una sola. Otros artistas han explorado la idea del tríptico como un dispositivo de posibilidades estéticas y comunicativas, de vasos comunicantes e imágenes divergentes, que entran y salen del escenario. Uno de los ejemplos más sofisticados es el llamado Baltimore, una obra excelente del artista inglés Isaac Julien. Sin duda, American Falls es una película que requiere ser vista varias veces para hacer justicia a la cantidad de niveles de información, y estratos de decadencia, que nacen de la conversación entre las imágenes del lienzo-tríptico, antiguo y nuevo, y la degradación visual de la textura en descomposición del film, retocado y pintado, plano a plano. Las repeticiones, comparaciones, permutaciones y resonancias de las imágenes combinadas de tres en tres o, incluso a veces, destacas en el centro de la pantalla en un solo plano, otorgan a esta película de Solomon la sensación de obra monumental, en homenaje y memoria de las víctimas de una nación de guerras, y como metáfora para explorar, y asimilar, la familiaridad de la brutalidad de la historia.

Las noticias de la radio, los ruidos del tráfico, el son de los músicos mejicanos Los Tigres del Norte, y la lejana música jazz y el blues de bares abandonados, componen las coordenadas sonoras de Get Out of the Car, dirigida por Thom Andersen. “Es una especie de documental sobre señales”, afirma el director, “o más bien, sobre donde había una señal, pero no está allí más. Quizá es tan sólo una película sobre estar perdido”. Señales y anuncios comerciales de día y de noche, imágenes de crucifixiones religiosas y de soldados “de arma y bandera”, dentistas, pizzas, vídeos, obituarios, taxis, hamburguesas, bodas y divorcios, al son de un icono/logo y un número telefónico. Thom Andersen: “Esta película es una reacción a mi anterior trabajo Los Angeles Plays Itself. Poco a poco me obsesioné con la idea de hacer una sinfonía de la ciudad de Los Ángeles que fuera apropiada. Era consciente de la importancia de los antecedentes cinematográficos: L.A.X. de Fabrice Ziolkowski; Mur Murs de Agnès Varda; Water and Power de Pat O’Neill; Los de James Benning – que ha presentado la drástica Ruhr en el Festival, y que merece capítulo aparte -. Estos son todos ambiciosos largometrajes. Mi película dura sólo 34 minutos, y se centra en pequeños fragmentos del paisaje: vallas publicitarias, símbolos comerciales, murales, fachadas de edificios. He adorado estas vallas llenas de estampados abstractos desde que era adolescente, y a veces las he fotografiado, pero me resistía a poner esas imágenes en una película porque me parecía que la decadencia de estos símbolos era un lugar común del arte contemporáneo. Al final empecé a filmar con la cámara Bolex de 16mm de mi amigo Madison Brookshire. Si alguien me preguntaba sobre la película en la que estaba trabajando, decía que se trataba de un filme para destruir mi reputación como director. Otra inspiración para mí que me dio seguridad fueron las cintas recientes de Kenneth Anger, en las que tan sólo graba las cosas que le interesan, documenta de forma simple y clara, sin tener que justificar la creación de una obra de sello propio y a la altura de obra maestra. Una libertad que te permite volver a nacer.”

Renacer, ser consciente de lo que hay atrás para nadar, fortificado, hacia el futuro, e intentar descubrir nuevas rutas es una de las interpretaciones del símbolo de la cascada de agua que limpia y renueva. Y del místico y ensoñador cielo azul. Como el que la directora bilbaína Laida Lertxundi muestra, cruzado por el arco iris, en Llora cuando te pase, hasta el momento en que “cae” la noche. Así, bajado el telón del festival, organización y cineastas parecen empezar una nueva etapa, no de formatos, sino de inquietud creativa: la nostalgia de las películas realizadas en film, no en vídeo, se hizo patente este año con más fuerza que nunca, y se llevó toda la admiración (y el respeto) de la audiencia (hasta cuatro proyeccionistas se encargaron de que cada película se viera en su formato y lente). Ahora empieza un futuro, el de este Festival de Nueva York, que ojalá abrace la esperanza de atender a una variedad filmográfica más internacional, y acostumbre al espectador de esta ciudad a recuperar el riesgo y desafío intelectual que el festival defendió hasta los años 80.

Inicio   1 2

SUSCRIPCIÓN

Redes sociales y canales de vídeo:

Facebook

Twitter

Vimeo

ETIQUETAS

ARCHIVO