Festival de Cine Europeo de Sevilla 2013. Resistencia y rechazo

Estuvimos en una nueva edición del Festival de Cine Europeo de Sevilla. Amplísima programación en un año en el que la sección Nuevas Olas creció para dividirse en cine de ficción y no ficción y también nació la sección Resistencias, orientada a ofrecer el cine español más combativo e independiente que se hace hoy día. Sin centrarnos en ninguna sección concreta, en este texto repasaremos nueve películas que han destacado de una manera u otra a su paso por el festival


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La décima edición del Sevilla Festival de Cine Europeo ha servido para consolidar una cita que ya el año pasado había sido revitalizada con la llegada del equipo de José Luis Cienfuegos. El festival, que parece estar tendiendo a definirse más como una muestra anual de cine europeo aglutinando éxitos de Cannes, Venecia, Locarno o Marsella, ha incrementado su ya extensa programación con una más sólida sección de Nuevas Olas, dividiéndola en ficción y no ficción, y una nueva ventana denominada “Resistencias”, interesante vía abierta por el festival para albergar cierto cine español que está naciendo de la autarquía cinematográfica actual. El festival volvió este año su mirada hacia Portugal, realizando una completa selección del último cine hecho en el país, dando muestras de una rebosante fertilidad gracias a los trabajos de Miguel Gomes, João Canijo, Salomé Lamas, Rita Azevedo, Gonçalo Tocha o Pedro Costa. Además, se le dedicaron interesantes retrospectivas a la artista sueca Gunvor Nelson y a la sevillana María Cañas. En una selección con 183 proyecciones, uno puede ofrecer infinitas perspectivas sobre el mismo festival. Ésta será una de tantas opciones para pensar la cita, notas sobre nueve películas que pude ver durante ocho días en Sevilla y que, en este momento que escribo, parecen querer relacionarse entre sí.

Actos subversivos

Si un festival de cine, más que ser un contenedor de grandes películas, ha de establecer líneas de pensamiento sobre el cine de hoy, el cine como vanguardia o sobre las relaciones del cine y lo político, la edición de este año ha conseguido crear evidentes vínculos en su selección, más allá de los límites que marca cada sección. Se ha podido ver un cine combativo, que rechaza imágenes convencionales y tiende a la abstracción, ya sea narrativa o de la imagen. En definitiva, a actitudes de tono subversivo que parecen surgir cuando el agua del estanque que nos rodea se está comenzando a pudrir.

De esta subversión nacen películas como O quinto evanxeo de Gaspar Hauser (Alberto García) o Lacrau (João Vladimiro). La primera tiene la apariencia de artefacto inquietante, como si hubiese sido hallada en mitad de un bosque, en bruto, y debe su poder visual -en gran medida- al tratamiento en 16mm que hace más áspera, si cabe, la imagen. Rechazar la narración en la película a través de este experimento formal le hace acercarse a la mente desquiciada de un posible ser que habite en el bosque, el mito de Gaspar Hauser del título, y en ese rechazo a la imagen convencional está también una actitud, que no por ser consciente de su radicalidad, pierde en libertad e ironía. O quinto evanxeo es un objeto no identificado, difícil de encuadrar en cualquier festival, al igual que Lacrau, que transita zonas similares: a través de este oscuro poema visual sobre la naturaleza, João Vladimiro nos invita a que viajemos al paisaje rural cercano a Oporto para descubrir nuevas formas abstractas que aún pueden emanar de la naturaleza. Más que un rechazo a la vida en la urbe, Lacrau es una mirada hacia el interior del bosque, lleno de capas y de resortes, en forma de canto tenebroso. Si en una primera parte la cinta adquiere un tono más observacional sobre el terreno, la caída de la noche es la llave de Vladimiro para hacernos perder en esas formas incómodas que aún no conocemos, y atrapar a través de lo visible aquello que está oculto.

Lacrau y O Quinto Evanxeo funcionan como una especie de material profílmico, de igual modo que El futuro, de Luis López Carrasco, que parece querer viajar al pasado para construir por su cuenta cierto archivo que no tenemos hoy día y que nos ayude a formular cuestiones sobre el presente. Así, trabajando también de manera inteligente el 16mm, nos ubica en el contexto de una fiesta en 1982 para devolvernos, al final del metraje, a imágenes del presente en Madrid que nos dicen que la resaca fue terrible. En un terreno similar parece moverse Árboles, el nuevo trabajo del colectivo Los Hijos, presentando un tríptico dividido en pasado, presente y futuro en el cual el pasado colonial español en Guinea engarzaría con la situación actual en España. La dificultad para establecer estos lazos en la película y la complicada relación entre imágenes y textos en la parte de Guinea, a pesar del buen material en ambos casos, no permiten establecer un discurso tan fértil como en sus anteriores trabajos. Árboles se pudo ver con el cortometraje Pettring, honesto diario filmado de manera amateur por Eloy Domínguez Serén, en el que nos muestra su nueva vida como inmigrante en el extranjero, cómo ha cambiado su realidad en pocos años y la dificultad para desgajarse de ese rol de inmigrante.

Entendiendo el cine como elemento ligado a la vida, como medio catártico, Joaquim Pinto filma en E agora? Lembra-me una de las películas más descarnadas que se han visto en Sevilla. Pinto filma, día a día, en este largo diario de más de 150 minutos, el tratamiento que debe seguir para luchar contra el virus del sida. Con una excelente habilidad narrativa, incidiendo en la repetición para dar cuenta de la monotonía de los hábitos y recurriendo al archivo fílmico y a su propia memoria para exponer su físico y su vida aún más en la pantalla, Pinto realiza un diario desnudo apoyado en su experiencia como narrador, mostrando las quiebras en su vida diaria y en el sistema que nos rodea. Porque E agora? Lembra-me posee la virtud de esas grandes películas capaces de hablar de la realidad política, partiendo de uno mismo como materia fílmica. Aquí, Pinto nos trae su crisis vital pero también la española, en ese proceso de exclusión sanitaria que le afecta por su condición de extranjero, dentro de una Unión Europea que supuestamente no debería entender de fronteras. La fractura social en España, de nuevo en, otra película del festival.

También a modo de diario, Gonçalo Tocha trabaja su nueva película Torres y cometas; acercamiento del director, junto a su inseparable sonidista, a la vieja Guimarães, cuna de la nación portuguesa. Tocha adquiere más presencia delante de la cámara que en anteriores trabajos y esto puede que perjudique el conjunto de la película. Quizás en E na Terra não é na Lua y en otros trabajos anteriores su presencia, intuida pero más oculta, era el perfecto vehículo para guiar a través de los espacios que filmaba; pero aquí se expone demasiado ante la cámara y en situaciones algo intrascendentes (la gente paseando por delante o detrás de la estatua) y su humor es más plano, menos sutil, por tanto. Aún así, sigue mostrando un enorme rigor a la hora de trabajar espacios, como la librería a la que acude, las discusiones banales sobre la torre de la iglesia o la muralla que recuerda la importancia de Guimarães en el imaginario nacional portugués.

Pudimos ver el nuevo trabajo de Miguel Gomes, Redemption, en una curiosa sesión denominada “la liga extraordinaria” que aglutinaba cortos de João Nicolau, João Salaviza, Gabriel Abrantes y del propio Gomes. Redemption es -de nuevo- otro enigmático laberinto sensorial ideado por Gomes, en este caso a modo de epístola, donde cuatro personajes europeos quieren expiar sus pecados trabajando su voz sobre imágenes del pasado. A través de este archivo ficcionado, tenemos la tristeza que emana Portugal, una ópera wagneriana que desnuda sentimientos íntimos a un imposible padre francés, a un viejo italiano que recuerda las piedras contra el fascismo… melancolía irredenta sobre la vieja Europa, cuatro lecturas que observan el archivo con amargura y que, al descubrir el pastel con la firma final de esas cartas, se volverá satírica.

Por último, una nueva confrontación entre imagen y texto se da en el cortometraje de Jean Gabriel Périot, The day has conquered the night. En este extraño musical aséptico, la música vehicula los sueños de estos ocho protagonistas, reclusos de una cárcel de Orleans. Es ciertamente emotiva la tensión entre texto e imagen que consigue el director con esta representación, ese encuentro entre la persona y el texto memorizado o leído, que deviene en un ejercicio de estilo íntimo y político a la par, similar al que ya había hecho en ocasiones anteriores Périot. De nuevo, una subversión. A través del artificio de la representación se puede llegar a la realidad, al interior de estas personas.

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