Más Marsella. FIDM 2010.

Al culminar un día de proyeccions en el FID Marsella no hay la percepción de haber estado encerrado en un mundo sólo de imágenes fugaces, sino de estar en un espacio de reflexión abierto: de filosofía, psicología, sociología, ética, política, cine… de ideas hondas y perdurables.


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La creación como rebelión fue una de las tónicas presentes en el pasado FID Marseille 2010. Una acertada lectura del clásico Les maîtres fous de Jean Rouch (frase que podría describir también parte de nuestra sociedad actual: “ritual de hombres perdidos que se inventan una nueva religión, una secta con dioses de su actualidad y de sus opresores” en palabras del director del festival Jean-Pierre Rehm en la presentación del film) daba pie a toda una sección que arraigó también en otras secciones. Estuvo pues la programación llena  de bellos cócteles molotov cinematgráficos lanzados con puntería y elegancia, de rituales de evasión, algunos pacíficos otro más punzantes, una balanza entre la reflexión y el dinamismo de la resistencia, todo ello para sobrevivir e intentar asimilar, pensar el mundo que nos rodea.

Como hemos dicho en otras ocasiones y como ya es sabido, este festival relativiza la palabra “documental”, aunque la lleve en su título. El cine documental es entendido de manera muy abierta, entre otros motivos para romper los cánones que se implementan desde la televisión (y desde otros festivales) al concepto “documental”, que lo convierten en estereotipos, fábricas de hacer salchichas. Así, en esta sección y en todas las otras, se programaron también películas que normalmente se etiquetan como ficciones, otras experimentales, algunas cercanas a la performance. Sin excluir tampoco en el abanico del programa documentales de corte más clásico, aunque lejos de la competición, y también un gran número de películas más ensayísticas repartidas por todo el programa.

Volviendo a los conceptos anteriores, “ritual”, loco”, “creación”, “rebelión” encontramos concomitancias en el corto suizo La foret (Lionel Rupp, 2010). Un ritual de huída y persecución, como los inmigrantes expulsados por la justicia francesa este verano, como los manifestantes en Barcelona hace escasos días huyendo de las pelotas de goma (ver El delicado arte de la porra de Périot, sirve para todas las manifestaciones), o como el doctor Zaid huía de su Egipto natal perseguido por sus ideas en la doblemente premiada en el festival Waiting for Abu Zaid (Mohammad Ali Atassi, 2010). La Foret trata de la actual “cultura” de la represión, del control social aplicada a unos niños y unos policías. La sociedad es videovigilancia, control y dominio de un grupo sobre otro. En el mundo de Rupp, el ser humano ya no sabe hablar. Un cortometraje vivo de colores, ágil de montaje y tenso de contenido, hiperbólico en su ejemplo, los niños quieren ser libres en un mundo donde jugar está prohibido. (El hijo mayor del dictador norcoreano fue detenido en la frontera japonesa, quería entrar en el país de incógnito y con un pasaporte falso. Según la versión que llegó a los medios de comunicación, quería visitar Disneyland-Japón). (1)

Otro cortometraje excelente, otro ritual, el de un loco. O de un supuesto loco. Petite trompette (Chen Yang, 2010). La masturbación casi como ritual de exorcismo. Una sola toma de veinte minutos donde vemos a esta persona en apariencia demente, de espaldas, manipulando sus partes genitales. Sentado en la acera de una calle, donde van pasando los coches y algunos transeuntes. Estamos en China, el director filma desde dentro de un Kentucky. En el hilo radiofónico escuchamos durante este tiempo un programa de radio para “niños de guarderías hasta cinco años”, un programa demencial, ultrapolitizado, lo que corresponde a una verdadera dictadura nacionalista con su lavado de cerebro a sus ciudadanos desde que están en la cuna. La inacabable paja del protagonista frente al programa de radio (llamado Pequeña trompeta). Una afrenta a la doctrina del sistema, nihilismo, desobediencia, burla a la opresión a través de una metáfora, a través de un explosivo corto que llega con gran sigilo a un festival europeo, que se ubica en un rincón del festival y que pasa desapercibido, como el masturbador. Quizá también nosotros, espectadores, estamos como él, sentados, mirando películas, tocándonos las partes mientras pasa la vida por delante de nuestros ojos y permanecemos immutables encerrados en nuestro onanismo.

Más rebeliones y más ritos contemporáneos. Hace escasas semanas se inauguró en Barcelona la primera tienda oficial de Apple en toda España. Las imágenes que nos llegaron (1, 2) destilaban un adoctrinamiento que se podría comparar con el comentado anteriormente con el gobierno chino o el norcoreano. Los trabajadores salen de la tienda saltando y corriendo para saludar a los compradores, quienes habían hecho largas colas, algunos durante más de 24 horas, para ser los primeros. Se aplaudieron unos a otros, entrechocaron sus manos, unos felices por ser empleados, los otros deseosos para consumir, parecen todos fous guiados por el maître Steve Jobs. La tienda como templo, la compra como ritual, Apple como dios para la adoración y todos sonrientes en un mundo feliz. De Jobs hablaba Dear Steve (Herman Asselberghs, 2010) una descomposición de este modelo. Un desemembramiento metódico de la máquina, la matanza fría de un MacBook, su ordenada descuartización. A la vez, un desmembramiento del gurú, de su planteamiento económico, del coste real de fabricación, de su fabricación en China, Vietnam, Malaisia, y también en Israel. Jobs como creador contemporáneo, su peso político, su rol casi de director de Hollywood, capaz de hacernos soñar, de inventar un nuevo star-system. Y cierto recordatorio que refiere a Huxley, al hacernos ver a través de las imágenes del documental que una máquina no ha dejado de ser una máquina, no es algo mágico ni extraterrenal, sigue estando compuesta de tornillos, clavijas, chips, placas. Todo ello desmontable. Y destruible.

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(1) Trip to Disneyland ends in arrest for North Korea’s heir. The Independent 04/05/2001.

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