Dok Leipzig. Un retrato del Cáucaso

El festival DokLeipzig dedicó un foco de atención al cine documental contemporáneo del Cáucaso, para conocer ese territorio más allá de los clichés y de los titulares.
El contenido político impregnó gran parte de la selección (propaganda, denuncia política, guerra) abarcando tanto los países de la zona, como las regiones y también Rusia. “Caucasian Lessons” dejó patente que el Cáucaso cuenta con un cine documental destacable, con realizadores consagardos y también emergentes.


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Quien dice la verdad, debe dejar su caballo ensillado”. Refrán caucásico.

La 53ª edición del Dok Leipzig se ha celebrado este año entre el 18 y el 24 de octubre. Es uno de los festivales de cine documental y animación más antiguos del mundo y el segundo más grande de Europa: 35.000 personas, 346 películas, 12 salas y una organización impecable. El compromiso es visible no sólo por parte de la ciudad, sino también de todo el país. Muchos de los asistentes se acercan desde Berlín que, al estar a sólo una hora en tren, ofrece combinados de billetes y entradas a precios muy asequibles. Un público mayoritariamente joven participa activamente, no sólo en el visionado de las películas, sino también en los debates que se realizan a continuación. El programa especial titulado Caucasian Lessons no fue ninguna excepción.

Esta sección especial se ha realizado en los últimos años y tiene como objetivo proyectar películas hechas por cineastas que viven en regiones olvidadas o encorsetadas en clichéspor Occidente, con el objetivo de mostrar su visión particular de la zona y  acercarnos a una realidad distinta de la que nos ofrecen los medios de comunicación. Después de presentar el mundo árabe, Afganistan y África en ediciones anteriores, este año le tocaba el turno al Cáucaso, un área atrapada entre Europa y Rusia, caracterizada por una grave crisis de identidad, la fragmentación y el conflicto permananente, una zona que continúa sufriendo las consecuencias del desmoronamiento de la Unión Soviética.

La responsable de la sección, Barbara Wurm, crítica de cine y especialista en la zona, logró articular un programa muy completo, llegando a proyectar 22 piezas (nueve de ellas, cortos) y coordinar una interesantísima charla sobre el límite de la verdad y los obstáculos contra los que tienen que luchar los realizadores cáucasicos no sólo para filmar, sino también para lograr expresar su punto de vista. Uno de los aspectos más destacables fue la asistencia, a pesar de las dificultades que ello conllevaba, de varios de los cineastas. Entre otros, pudimos escuchar tanto a los más consagrados, la georgiana Nino Kirtadze, el ruso Andrey Nekrasov o el armenio Vardan Hovhannisyan, como a la nueva generación, representados por los georgianos Zaza Rusadze y Salomé Jashi.

La desolación, las huellas que deja la guerra en los hombres, los terribles testimonios de torturas, la tristeza por la muerte de los seres queridos, la lucha desesperada, la propaganada, la furia por la sensación de abandono por parte de Occidente, la vida cotidiana de los políticos, la búsqueda de respuestas a ciertas injusticias, la destrucción, el terrorismo (de gobiernos y milicias), el patriotismo y la emigración fueron algunos de los temas predominantes de la sección, hasta el punto que uno llegaba a preguntarse si realmente podía exisitir algún documental caucásico que dejara fuera el tema  estrictamente político. Y sí, existe, pero expresado de manera muy distintas. Mientras que por ejemplo Inna Sahakyan y Arman Yeritsyan logran retratar con gran sensibilidad y poder visual la vida de dos antiguos funambulistas y la desaparición de una de las tradiciones más antiguas del país en la galardonada The Last Tightrope Dancer in Armenia (2009), producida por Vardan Hovhannisyan y que sirve también como metáfora del marco del olvido, la melancolía y la pérdida que impregnan todo el Cáucaso, el cine de Azerbayán adopta una postura claramente  apolítica y se centra en la artesanía y el pastoreo, siendo mucho más descriptivo y forzadamente neutro, para lamentablemente acabar ofreciendo un panorama cinematográfico aburrido y repetitivo.  Wurm comentó los problemas que había tenido para encontrar material de este país que fue, con diferencia, el de menor peso en la programación.

Volviendo al conflicto político, otro de los aspectos positivos de la sección es que se intentaron abarcar varios puntos de vista sobre una misma cuestión. Se buscaba la confrontación y se proyectaban siempre los documentales en un bloque temático o regional, contrastando por ejemplo la percepción que busca vender el gobierno ruso frente a la que defienden los realizadores caucásicos, ambos a veces cercanos al cine de propaganda. Una clara muestra de ello lo conforman el tándem de Infernal Machine – A Suicide Bomber Dreaming (2010), del ruso Rasim Poloskin, y Searching for Wahhabites in the Mountains of Dagestan (2010), del también ruso Tofik Shakhverdiyev. Ambos títulos nos dicen ya mucho sobre el contenido. Mientras que el primero es un encargo del gobierno ruso con la premisa de presentar a los habitantes de la región de Daguestán como terroristas y salvajes sedientos de sangre, el segundo es una reacción a este prejuicio, yendo el director a los pueblos montañosos de la región en búsqueda de terroristas y encontrándose imágenes (en ocasiones demasiado) idílicas de agricultores y ganado. Ninguno de los dos destaca por su calidad cinematográfica, pero es interesante ver la contienda permanente que se libra también detrás de las cámaras. Lo increíble es que el primero no llegó a emitirse por televisión porque al Kremlin no le pareció lo suficientemente explícito (y es tan sutil como una película de Rambo).

También es el caso de los acontecimientos sucedidos el 7 de agosto de 2008, el día en que la guerra entre Rusia y Georgía estalló iniciando uno de sus capítulos más sangrantes. Tres de los documentales presentados giraban en torno a esta fatídica fecha y al enfrentamiento que provoca en Osetia del Sur. August. Tskhinval (2009) es una muy mala película rusa dirigida por Akim Salbiyev, que podríamos calificar de pura propaganda, de nuevo un encargo del Kremlin para la televisión. Movimientos continuos de cámara, zooms permanentes, grafismo espeluznante, manipulación de los personajes, primeros planos innecesarios, sobredosis de imágenes, montaje a velocidad frenética… La lista es interminable. Sería como coger una noticia de telediario mal hecho, alargarla a 45 minutos, añadirle cámara lenta y ponerle música sensiblera de fondo. Cuesta tragárselo, pero resulta de lo más clarificador (y ésa era la intención), ya que éste es el mensaje que Rusia quiere transmitir y el que recibe su población. Este es el discurso predominante allí y viéndolo entendimos muchas cosas.

Andrey Nekrasov contrarresta este desastre con su Russian Lessons (2009),  110 minutos de crítica a su propio gobierno, tal y como ya hizo en Rebellion: The Litvinenko Case (2007), documental premiado en Cannes sobre el ex miembro del KGB asesinado en Londres. El director, oriundo de San Petersburgo, habla con la población civil de los distintos bandos desvelando lo que subyace bajo el aparentemente sólido tejido de mentiras y cinismo, y cuestiona el papel de los medios de comunicación, no sólo el de los rusos, sino también el de algunos con gran prestigio en Europa, como la alemana ZDF y la incuestionable BBC, demostrando cómo llegan a transmitir imágenes de víctimas bombardeadas por Rusia explicando que son víctimas bombardeadas por Georgia, cómo ofrecen números de víctimas falsos y cómo reproducen fielmente la información que les llega del Kremlin. Pone en jaque al periodismo internacional y asimismo lanza muchas preguntas al aire, plantea interrogantes que nunca superarían la censura de las autoridades rusas, pero tampoco encuentra las respuestas. Por último, Nino Kirtadze, nacida en Tbilisi, aprovecha sus contactos generacionales y como periodista para retratar principalmente a la clase política, militar y diplomática durante la crisis en Something About Georgia (2010). La directora critica la tibia reacción de Europa y de EEUU, que después de sus promesas abandonan a su suerte a Georgia, expresa su desilusión ante la poca voluntad de aplicar el Derecho Internacional y plantea quiénes son los actores que ejercen el poder en momentos de crisis. La conclusión es que, una vez más, la población civil, sea defensora de una causa o de otra, es la que acaba sufriendo las terribles consecuencias de la guerra, sin poder tomar ninguna carta en el asunto. Ofrece una imagen muy sesgada del presidente georgiano Saakashvili, en ocasiones aparece casi como un Quijote luchando contra los molinos de viento.

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Un Comentario

  1. Mariano 17/11/2010 | Permalink

    Me encanta tu articulo, el documental the last tightrope dancer es increible y espero que la estrenen en España aunque sea en TVE. Si vienes por el Mar Caspio dame un toque, me encantaria conocerte.

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