Juan Carlos Rulfo

El mexicano Juan Carlos Rulfo (Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Aparicio) probablemente decidió conjurar el grave legado de ser hijo de uno de los más grandes escritores del siglo XX, sumergiéndose en el mundo familiar, en lugar de evitarlo, extrayendo de él, en otro régimen del arte, excelentes productos como si se tratara de una mina de oro.


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El mexicano Juan Carlos Rulfo (Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Aparicio) probablemente decidió conjurar el grave legado de ser hijo de uno de los más grandes escritores del siglo XX, sumergiéndose en el mundo familiar, en lugar de evitarlo, extrayendo de él, en otro régimen del arte, excelentes productos como si se tratara de una mina de oro. Hasta los paralelos con Pedro Páramo (1955) de Juan Rulfo son notables en la carrera de su hijo cineasta. Cuando Juan Rulfo murió en 1986, la viuda le recomendó a Juan Carlos: “Tienes que ir al lugar donde están todos los parientes, porque como te darás cuenta, se van a morir todos.” Al año siguiente Juan Carlos se graduó en Ciencias de la Comunicación en la Universidad Autónoma Metropolitana – Unidad Xochimilco, al siguiente inició la carrera de Dirección en el Centro de Capacitación Cinematográfica y en 1989 finalizó su primer cortometraje, Hierba seca. La obra de cine que continuó fue como en cumplimiento del ruego de su madre, cuyos ecos en Pedro Páramo, cuando Dolores envía a Juan Preciado a buscar a su padre, son evidentes.

El abuelo Cheno y otras historias (México-Cuba, 1995) puso en evidencia elementos biográficos de la obra de Juan Rulfo que habían estado presentes sin que los lectores o críticos parecieran advertirlos. Por ejemplo, que el cuento de Juan Rulfo “¡Diles que no me maten!” tenía una estrecha relación con la muerte de su propio padre, aun cuando Rulfo había dejado pistas frescas (sus personajes se llaman Juvencio Nava y Guadalupe Terreros, y el del hombre que había matado a Don Cheno era una combinación de los nombres: Guadalupe Nava) y el cuento era de una emocionalidad seca y terrible. Sin hacer referencia explícita a esa pieza literaria, Juan Carlos Rulfo viajó a la tierra del abuelo buscando recomponer aquella historia en las voces múltiples, individuales y colectivas que lo sobrevivieron. El documental es fascinante en muchos sentidos, uno de los cuales resulta de comprobar cómo persiste la señal de la cruz mortuoria en el lugar en que presuntamente Don Cheno cayó muerto después de haber sido baleado con una de aquellas famosas (por la revolución) carabinas 30-30. En lo que sin embargo los memorialistas a veces no coinciden es en los motivos que llevaron a aquel acto de violencia: una mujer dice que “lo mandaron matar”, Cobián lo niega; otro señala que el asesino estaba ebrio y tenía ya amistad con Cheno. Si el misterio permanece más allá del acto criminal, le permite a Juan Carlos Rulfo explorar, con su ejemplo, la fragilidad de la memoria. Y ése es su tema.

El abuelo Cheno y otras historias es un film sobre un lugar y sus hombres, tanto o más que sobre un asesinato y sobre la violencia en una región famosa por los levantamientos “cristeros” de 1926-1929. El fanatismo de los campesinos que se levantaron en armas contra el gobierno central para defender las prerrogativas de la Iglesia católica, herida en esa época en sus intereses materiales, si bien resulta tema histórico, reaparece en fragmentos de la memoria. Como aparece aún un periodo anterior, pre-revolucionario -la dictadura de Porfirio Díaz – entonada en una canción infantil que una mujer recuerda con portentosa memoria en la banda de sonido. Región profundamente conservadora y violenta, está cruzada por la agitada historia mexicana y en algunos casos mantiene aún vivos a algunos de sus más temibles protagonistas.

Es el caso, testimoniado por varios hombres y aceptado por él mismo, de Cirilo Gallardo, quien se “echó al plato siete u ocho”. En una escena magníficamente reconstruida a partir del mismo relato narrado al menos tres veces, don Cirilo cuenta como mató a otro hombre y luego él el dijo al padre de la víctima: “Aquí tiene a su hijo. Lléveselo.” En el presente del film Don Cirilo es un hombre apaciguado por sus casi cien años, una vejez quebradiza y frágil, ejemplificada incluso en sus dificultades físicas para montar su burro, y que no permite siquiera adivinar lo violento que fue.

Es probable que Juan Carlos Rulfo no hubiera podido hacer esta película de no haber encontrado estos hombres casi centenarios, pero sin duda habría fracasado de no haber hallado a un “personaje” en la figura de su “guía”, Jesús Ramírez. Apenas más joven que los demás, Jesús resultó único por la expresividad cansina y elocuente con que “filosofa” sobre la vida y la muerte. Como si fuera él mismo, inconscientemente, un personaje de la narrativa de Juan Rulfo, habla como esos personajes acostumbran a hablar. “Todos vivimos de recuerdos, y el recordar es vivir. Para mí es una tranquilidad, el recordar”. Analfabeto absoluto añora la posibilidad de haber estudiado siquiera unos meses, al nivel del “kinder”. Recuerda como las mujeres no se paraban a mirarlo por lo zarrapastroso de su vestimenta ya que era muy pobre. Jesús Ramírez es un filósofo natural, ya sea cuando elogia el hecho de que la muerte sea “pareja” (“Es bueno que la muerte sea pareja”), como cuando parece haber aprendido que es recomendable vivir sin prisas: “Take it easy”, dice con torpe pronunciación.

Juan Carlos Rulfo busca a su abuela a partir del silencio del padre. Con su propia voz, aterciopelada, pagada, desde la banda sonora, le confía al espectador el hecho de que su padre jamás les hablaba a sus hijos del abuelo, y sin embargo les contaba historia que podían indirectamente evocarlo. En este caso el hijo (Juan Carlos) continúa la tradición del padre (Juan) en el relato acongojado y triste, al borde del fatalismo. Sin embargo la película tiene una gran fuerza visual antes que literaria. Desde las primeras tomas se advierte una sensibilidad particularmente aguda para integrar partículas dispares de un mundo total. Así, por ejemplo, las tomas del desierto, de las lejanas colinas rocosas se emparejan con los primerísimos planos de manos endurecidas por el trabajo y de rostros agrietados por el tiempo y el clima. Y eso, a su vez, se relaciona con los cascos de hacienda ruinosos, destruidos por el tiempo. Así como en la narrativa de Juan Rulfo se habla de iglesias sin techo, en El abuelo Cheno hay iglesias y casas sin techo. La corrosión del tiempo es también, como la muerte, “pareja” para los hombres y sus obras.

Una banda de músicos lleva el relato a un presente ligeramente diferente: en primeros planos de pies que bailan, parece presentarse una realidad más joven, activa y feliz que la de los amigos ancianos que llevan la pauta del relato. Es un contraste fugaz, reiterado y casi marginal, que en todo caso da mayor fuerza, al grupo de hombres viejos. Con El abuelo Cheno y otras historias Juan Carlos Rulfo incursionó en una modalidad muy actual: la del documental subjetivo, aunque él niega a sus películas la categoría de documentales, llamándolos mejor “docudramas”. Estas entrañables imágenes valen y se justifican, en su empujón inicial, por una presencia ausente a lo largo del relato: Juan Rulfo se fue muy joven de la región como para dejar alguna memoria viva. Pero él fue quien dio vida a estos hombres a través de su literatura. Los supervivientes en cambio recuerdan al padre del padre, a don Cheno. Y el nieto se lanza a la senda del cine, pertrechado por su sensibilidad y un espléndido uso de la cámara, y por la historia interna de la familia. El ejercicio de la memoria – frágil y todopoderosa a la vez – se continuaría en su segundo documental, igualmente hermoso pero más complejo y de mayor ambición: Del olvido al no me acuerdo (México, 1999).

Cuatro años más tarde, Juan Carlos Rulfo regresó al mundo familiar de manera más compleja y ambiciosa. Los 30 minutos de El abuelo Cheno y otras historias pasaron a ser 70 en Del olvido al no me acuerdo, y aunque la cámara regresa a la misma región de Jalisco, se suma de manera particularmente importante al testimonio de la madre que había iniciado aquel movimiento de búsqueda con su recado.

Medio siglo atrás, veíamos e imaginábamos a México en gran medida a través de la fotografía de Gabriel Figueroa. El gran embajador nacional que es el cine proyectó un México rural de héroes populares con grandes sombreros y bravías mujeres que los seguían a pie – las soldaderas de Enamorada (Emilio Fernández, México, 1946) -, pero ante todo aquellos paisajes majestuosos de nubes pesadas en el horizonte y cactus perfilados en el contraste de luz del atardecer. Muy por el contrario, en la espléndida Del olvido al no me acuerdo, Juan Carlos Rulfo “habla” con su película de la transitoriedad, la fugacidad, la pérdida, así como Figueroa hablaba de la sólida consistencia de la realidad mexicana. De ahí esas nubes de gran angular, magníficas, que se desplazan por el cielo con velocidad innatural. Para Juan Carlos Rulfo el cielo parece haber tomado el lugar del río para el Heráclito. El leit-motiv del cielo nublado de las más diversas formas pero siempre activo, moviéndose ligero y desapareciendo sin irse del todo es el símbolo central de su película, uno de los “documentales” más emotivos y una de las “ficciones” más “documentales” surgidas en el cine mexicano.

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4 Comentarios

  1. tannia 12/04/2007 | Permalink

    me parece k es 1 pagina muy lucrativa k enseña acerca d 1 personaje importante d nuestro pais………¡felicidades y gracias!

  2. B&D 19/07/2008 | Permalink

    Lucrativa, lucrativa de momento no es, aunque nos encantaría… Gracias de todas formas.

  3. manuel tenedor 07/11/2008 | Permalink

    quisiera saber como puedo conseguir este documental del Rulfo….gracias

  4. Monica Duran 31/10/2009 | Permalink

    Juan Carlos, hace muchos, muchos años, por ahí cerca de los 80´s, estabas en Ensenada, se te recuerda recogiendo miel, buscándola… te mandaron a pasar unos días en esta tierra Californiana, tu Padre y El Sr. Manuel Cosio….. te decian Juanelo y decías que las abejas tenían que trabajar mucho porque aquí en Ensenada había pocas flores¨…… lo recuerdas????…
    Bueno ,la cosa es que estuvo cerca de ti mi esposo , el trabajaba en el CICESE, ahora es ¨lentero¨, se llama Marco Antonio Machado, lo recuerdas?…..
    resulta que te estamos viendo ahorita con Carmen Aristegui y al verte se vienen uno a unos los recuerdos de los días que estuviste aquí, cuando aun eras un chamaco entre 17 o 18 añitos….
    bueno, la intención es acercar un poco el tiempo y lo vivido, es gusto verte exitoso en el cine y será un verdadero placer verte algún día por no decirte que pronto!. Que padre verte tan feliz!!!!!.
    Recibe un abrazo grande, y nuestros mejores deseos querido Juanelo!… podriamos tener una direccion de correo donde contactarte?

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