Catfish

Catfish es una de esas películas con el don de la sorpresa, mejor no saber nada antes de verla. Va de una relación por Internet. Eso es todo cuanto el espectador debe conocer. Se dan en el filme una serie de características que definen varias de las constantes del documental contemporáneo, funcionando como un interesante contenedor de tendencias.


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Catfish (Ariel Schulman y Henry Joost, 2010) es una de esas películas con el don de la sorpresa, de las que es mejor no saber nada antes de verla. Va de una relación por Internet. Eso es todo cuanto el espectador debe conocer. Eso y que se dan en este filme una serie de características que definen varias de las constantes del documental contemporáneo, funcionando la cinta como un interesante contenedor de tendencias.

1. Narrativa de ficción

Hablar de ‘hibridación de géneros’ a estas alturas me resulta casi pueril. Ficción y documental han convivido en armonía mucho antes de que el término estuviera de moda. Los Lumière orquestaron la puesta en escena de la salida de los obreros de la fábrica, Flaherty ya reconstruyó el día a día de Nanook cuando filmaba al esquimal. Se pueden poner infinitud de ejemplos hasta llegar a la obra de Godard, Kawase, Zhang Ke, Guerín y sus tantos discípulos contemporáneos.

Entre los aventajados se encuentran Schulman y Joost, que logran en su primer largo aplicar una estructura narrativa propia de una intriga hitchcockiana a un hecho real, transitando también por los terrenos del terror o la comedia romántica en clave irónica. Como en las recientes Exit Through The Gift Shop (Bansky, 2010) o I’m Not There (Casey Affleck, 2010), habrá quien ponga en duda la veracidad de lo relatado, pero quizás ese debate resulte finalmente estéril ¿No prueban acaso estas películas que la línea que separa la realidad de la ficción se ha hecho tan estrecha que a veces ya no es posible distinguirlas? Quizás la indefinición, ese punto medio, es lo que caracteriza a la nueva sociedad de la información gobernada por Internet, donde ya no existen certitudes. Más que preguntarse qué es cierto y qué no, cabría reflexionar sobre cómo hemos llegado a un punto en el que George Orwell se pasea alegre por el mundo de Oz. Resulta pues lógico que Catfish, producto de esta irrealidad virtual, adopte formas narrativas antaño asociadas a los géneros hollywoodienses, y que juegue con ellas para canalizar un acontecimiento que –debemos creer a priori– ha ocurrido en la realidad.

2. Diario filmado
Otra de las vertientes del documental contemporáneo que la película explota es la del diario filmado, posible gracias a las pequeñas cámaras digitales, que han hecho de la utopía Dziga Vertov, el poder de las imágenes para el pueblo, algo tangible. Lo que quizás el ruso no podía intuir era el repentino interés por la vida privada como forma de arte, y la práctica casi obsesiva de documentar todo a nuestro paso, aunque sea a través de la óptica deficiente de un móvil. En el caso de Schulman y Joost, la cámara como extensión del individuo roza comportamientos patológicos, como se puede comprobar en la entrevista que acompaña a este texto. Sencillamente, nunca dejan de grabar. Eso produce evidentemente una riada de imágenes –a ordenar en la sala de montaje, en creciente relevancia– que dinamitan la metodología clásica del rodaje, en la que la planificación cobraba un papel importantísimo. Que las formas de producción han cambiado es evidente, como bien ejemplifica esta película, pero lo que resulta más interesante en este caso es el propio objeto de estudio: Nev, hermano de Ariel, que empieza a mantener una relación por Facebook con una chica a través de su hermana pequeña, que le ha enviado cuadros de las fotos que él realiza como profesional.

En primer lugar, la asombrosa capacidad de Nev para abrirse a la cámara y el constante acoso al que lo someten su amigo y hermano con su consentimiento violan los límites clásicos de lo público y lo privado, exponiendo la intimidad del chico a los espectadores para realizar un retrato de la llamada ‘generación digital’, esa que sube sus fotos a las redes sociales o que cuelga sus vídeos en YouTube. La parte más turbia del asunto está focalizada en su compañera. Resulta interesante porque prueba, de nuevo, otra de las capacidades del cine de no ficción reciente, la de realizar retratos de personas que se mueven fuera de los comportamientos de socialización estándares. Para no dar muchas más pistas, quien visione Catfish comprobará que en este punto la película comparte muchas similitudes con Capturing the Friedmans (Andrew Jarecki, 2003), referencia asumida por sus directores.

3. Hacia un nuevo modelo de autoría
Finalmente, este largo hace reflexionar también sobre lo que significa hoy ser un autor. Siendo el vehículo de comunicación entre Nev y su novia Internet, muchos de los planos de la película no tienen a ninguna figura humana de referencia. Por tanto, definirlos como medios, americanos o generales tiene poco sentido. Eso plantea un problema para el crítico, que se verá obligado a buscar nuevas soluciones para definir el encuadre. Ya no es sólo que el objeto de la cámara sea otro. Es que la cámara no tiene por qué tener un objeto. En Catfish hay capturas de GoogleMaps y de Facebook. Estas son imágenes generadas por ordenador, no filmadas, y que tienen además un propietario legal distinto al que las almacena en su computador. El autor contemporáneo ya no tiene por qué ser, pues, el dueño de las imágenes que presenta, sino que es en última instancia el creador de un significado a través de su montaje. Schulman y Joost sólo aplican esto de forma parcial, pero en casos como Iraqi Short Films (Mauro Andrizzi, 2008) la totalidad del metraje no es propio, sino que está tomado de otras fuentes. Catfish apunta así otra de las contribuciones del cine de no ficción de los últimos años, el interrogarse sobre la figura del autor en la actualidad. Uno sale de la sala con sensación positiva de déjà vu, con la certidumbre de que no ha visto nada nuevo y, aún así, no puede dejar de resaltar las múltiples contribuciones de un filme que atrapa al espectador. Tras tanto debate en torno a su forma, quizás su atractivo principal sea que construye una buena intriga, digna de una Agatha Christie en sus mejores días.

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FICHA TÉCNICA
Dirección: Henry Joost, Ariel Schulman
Dir. de fotografía: Henry Joost, Ariel Schulman, Yaniv Schulman
Montaje: Zachary Stuart-Pontier
Música: Mark Mothersbaugh
Producción: Andrew Jarecki, Marc Smerling, Henry Joost, Ariel Schulman
País y año de producción: Estados Unidos, 2010

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