Jaffa: the orange’s clockwork

Ante la nebulosa diaria de desinformación que los medios de información aportan sobre los diversos problemas existentes en Israel y Palestina, una película como Jaffa: the orange’s clockwork del director israelí Eyal Sivan es un necesario recordatorio del porqué de todo y una referencia esencial para intentar comprenderlo.


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Las películas de Eyal Sivan le dejan a uno preocupado y un poco cabreado. La exposición de sus premisas es tan certera, nítida y a la vez sencilla, que el espectador se puede sentir incómodo, impotente. Ante la nebulosa diaria de desinformación que los medios de información aportan sobre los diversos problemas existentes en Israel y Palestina, una película como Jaffa: the orange’s clockwork (vista el pasado mes de octubre en la Mostra de Cinema Palestí de Barcelona) es un necesario recordatorio del porqué de todo y una referencia esencial para comprenderlo. Porque estamos en este punto, porque el conflicto palestino-israelí se posterga eternamente entre espirales de violencia. Sivan empieza por la memoria, por mirar el pasado. Usa como símbolo unas fértiles y exitosas naranjas de Jaffa que en épocas anteriores fueron cultivadas codo con codo entre las ahora naciones irreconciliables. Como herramienta para despertar el pasado usa las imágenes de archivo. Pero no se queda parado cuando llega al presente, propone puntos de partida para el futuro.

El director prescinde de lo artístico, no se preocupa en buscar una forma visualmente atractiva. Decíamos que sus análisis son nítidos, en consonancia con ellos, su construcción visual es simple, limpia de elementos. Quiere hablarnos de lo que como ser humano e israelí le indigna profundamente. Lo considera tan importante y grave que todo lo demás lo deja de lado. Toda su filmografía está basada en el mismo patrón. Tanto sus primeras películas en los años noventa, importantes por el hecho de salvar testimonios de refugiados palestinos eternamente expulsados de sus tierras, como su mejor film hasta la fecha, Ruta 181 (corealizada con Michel Khleifi en el 2003) tienen fe en la palabra para construir la película y en la entrevista como herramienta para hacer avanzar el relato.

Jaffa: the  orange’s clockwork arranca en “los años felices” de los territorios palestinos, donde la convivencia entre los primeros colonos judíos y los habitantes palestinos era cordial, fraternal en muchos casos, compartiendo y disfrutando ambos de esas exitosas cosechas de naranjas exportadas a todas partes, que se convirtieron en el símbolo de la región. La mayoría de las personas entrevistadas son  testimonios de primera mano de lo sucedido o herederos de una transmisión oral de sus padres y abuelos quienes vivieron los hechos en primera persona. Los archivos visuales son mostrados a los entrevistados o proyectados en las paredes de sus casas, como si el pasado reapareciera. Películas de la época, fotografías, publicidad de revistas, de televisión, postales, pinturas. De estas imágenes emerge la memoria hablada pero también son analizados sus significados, algunos de ellos de gran fuerza política, sobretodo los referentes a la construcción de un nuevo estado en el territorio árabe.

Esta es la segunda línea de lectura de las naranjas de Jaffa, el del poder de la imagen. El de la construcción de una ideología, colonial, ultranacionalista, a través de la representación de las naranjas y sus cosechas. Una relectura de aquellas imágenes icónicas creadas por Israel, que borraban del mapa las huellas del pasado y mitificaban el nuevo país. La relectura, manipulación e interpretación de las imágenes sigue siendo hoy en día una propia lucha dentro del conflicto, como el vídeo difundido por el ejército  israelí para justificar la muerte de 13 personas en los barcos de la llamada flotilla de la paz (Gaza, mayo 2010), la tergiversación de esas imágenes y la requisa y no difusión de  todas las otras imágenes filmadas durante el asalto por los activistas.

En una larga presentación el espectador se hace una buena idea de cómo fue la vida en Palestina, y especialmente en Jaffa (actualmente dentro de Tel Aviv), desde la llegada de los primeros asentamientos hasta la colonización británica. Después de la Segunda Guerra Mundial llegamos al punto crucial en el que el documental da un giro, el momento concreto que Sivan reivindica: 1948. La expulsión por la fuerza militar de los palestinos de ese territorio, la usurpación de sus tierras que fueron catalogadas como “abandonadas”, la apropiación de la naranja como símbolo por parte del estado de Israel (y de sus beneficios económicos) También la destrucción de la ciudad, la limpieza cultural y arquitectónica de la memoria árabe en la zona. Uno de los testimonios palestinos, quien lo vivió en persona, se pone a temblar cuando el realizador saca el tema. “Deberías borrar el 1948 de tu mente”, le dice el anciano al director. Y prosigue: “Olvidar es una bendición de Dios. Pero a mi no me sale”. Los palestinos huyeron expulsados de un día para otro, como en tantas guerras, a la desesperada. En barcas y destino a Gaza. El director no nos indica el enlace con la actualidad, no es necesario dada su evidencia. La mayoría de ellos no han podido volver jamás a sus territorios. En otras guerras más cercanas a esto se le llamó “limpieza étnica”.

La película prosigue más rápido por los siguientes años, donde acabamos por descubrir el decaimiento de la industria de la naranja en manos israelíes y lo desolado de esos páramos hoy en día, que contrastan con la belleza de las imágenes de archivo de la época de bonanza de la región. Los bellos huertos y los naranjos como metáfora sobre la necesidad de compartir la tierra y fraternizar entre seres humanos, como reivindicación del origen palestino del suelo arrasado por el sionismo. Las tres primeras décadas del siglo XX en Jaffa, las tierras comunes compartidas entre palestinos y judíos, son la inspiración que propone Sivan para la política contemporánea. Como dice uno de sus entrevistados: “de allí podría haber nacido otro futuro, la memoria de esa realidad debería ser recordada e inspirarnos hoy”. Sin olvidar, e intentar recompensar de alguna manera, el crimen de 1948. Unas propuestas de futuro pacíficas, un canto a la humanidad para mirar a un futuro negro con algo de optimismo. Puede parece utópico ante la radicalización de gran parte de los ciudadanos de Israel (gobierno de extrema derecha votado democráticamente) y de los palestinos (mayoritario apoyo a Hamas tanto en Gaza como en Cisjordania) pero esa es su propuesta y, además, en la forma del documental explica también la manera de llegar a ella: aprender del pasado, usar la palabra y el diálogo, ahuyentar radicalismos e inspirarse en lo sencillo, como por ejemplo la fertilidad, belleza y olor de un naranjo.

FICHA TÉCNICA
Director: Eyal Sivan
Dirección de fotografía: David Zarif
Montaje: Audrey Maurion
Guión: Eyal Sivan
Producción: Osnat Trabelsi, Arik Bernstein, Frank Eshkenazi
Productora: Trabelsi Productions
Coproducción: Alma Films, Luna Blue Films, France 5, WDR Germany, RTBF
País y año de producción: Israel, Francia, Bélgica, Alemania, 2009.

Un Comentario

  1. Luis Dieguez 13/12/2010 | Permalink

    Justo artículo para reparar en un buen cineasta, demasiado desconocido.

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