In-Edit 2010. El cine en la cara-b

Pese a que de unos años a esta parte el In-Edit se ha consolidando como una de las propuestas cinematográficas más populares del calendario barcelonés, cada vez se hace más evidente que la materia prima con que trabaja el festival dista de poder satisfacer el apetito cinéfilo de quienes se interesan por las intersecciones entre cine y música. Al menos eso es lo que nos contaron.


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En teoría, la crónica de un festival debería servir para hacer balance sobre lo proyectado; arrojar una mirada general sobre el estado de las cosas en su área de trabajo (y esto sirve tanto para los que tratan una temática o género concreto como para los que tienen una vocación más “general”). Quiero dejar esto claro porque, si hemos de ser honestos, la crónica que están leyendo no debería existir. O, al menos, no merecería ser calificada como tal. Porque, vamos a ver ¿qué conclusiones podemos extraer del In-Edit (Festival Internacional de cine y documental musical de Barcelona) si sólo hemos podido ver cinco de las más de cincuenta películas que se proyectaron? Esto se debe a que desde el pasado el certamen ha reducido las acreditaciones de muchos medios (mayormente online) a un abono que permitía sacar entradas para cinco títulos. Vaya por delante que, obviamente, la gente del In-Edit es libre de aplicar la política de prensa que crean más conveniente para su festival. Sus razones (o malas experiencias: todos nos hemos llevado las manos a la cabeza ante las barbaridades que se leen por webs dejadas de la mano de Dios) tendrán para ello. Pero eso no quita para que algunos creamos que esto echa por tierra cualquier posibilidad de dialogo y por qué no, de sana discusión que intentemos establecer con él.

Cualquier juicio de valor (positivo o negativo) que un servidor pueda hacer a continuación será fruto de una experiencia completamente parcial y, en consecuencia, injusto para con la inmensa mayoría de películas que vertebraban el festival y, sobretodo, para con el esfuerzo de los programadores y del resto del equipo. Por eso, y en vista de cómo están las cosas, quizás nosotros también debamos replantearnos cómo cubrir el In-Edit. Porque está claro que, ahora mismo, nuestra labor es poco menos que inútil.

Intercambiando impresiones con otros compañeros (la única manera que teníamos de tomarle el pulso al festival) nos quedó la sensación de que, una vez más, el gran talón de Aquiles del festival es la dificultad de encontrar, a lo largo de la temporada, una producción fílmica verdaderamente relevante con que armar un evento de estas características. En justicia, debemos decir que el festival deja fuera de competición todos aquellos títulos que podríamos calificar como reportajes. Pero, aun así, uno acaba viendo una y otra vez documentales incapaces de encontrar una forma cinematográfica e infectados del virus de la mala televisión: planos, sobreexplicados.

Este era el caso, por ejemplo, de Memory & Desire: Thirty Years in the Wilderness with Stephen Duffy and The Lilac Time (Douglas Arrowsmith, 2009), un filme no del todo desdeñable pero que desaprovecha las posibilidades de su fascinante protagonista: La mayor parte de la carrera de Duffy transcurre al margen de la industria, en un exilio voluntario bajo el exquisito paraguas folk-pop de The Lilac Time. Pero se dan las circunstancias de que este señor también fue miembro fundador y primer cantante de Duran Duran en la prehistoria del grupo, antes de que se convirtieran en la quintaesencia del sonido yuppie (por cierto ¿para cuando una película sobre ellos?), one hit wonder con todas las de la ley bajo el alias de Tin Tin (suyo es el ultra chicletoso single Kiss Me que, como se ve en la película, podía tener una subterránea lectura política) e incluso hizo las veces de director musical en una gira de Robbie Williams. Todo esto es resumido por Arrowsmith como un simpático pecado de juventud, centrándose casi exclusivamente en su faceta de hermoso vencido, inoculando a su película una poética del locus amoenus que espanta (planos de la campiña inglesa, cometas en el cielo, potitos super-8 …). Hay una voluntad de captar el entorno del personaje, sí, pero el director es incapaz de apartarse del tópico. Con todo, el retrato que se hace de Duffy deja entrever a un músico culto, fascinado por el cliché de la bohemia y que, habiendo nacido en una mala época para desarrollar esa sensibilidad, terminó creándose su propio paraíso artificial.

On/Off. Mark Stewart – From The Pop Group to The Maffia (TØni Schifer, 2009), pese a ser un reportaje puro y duro, también deja entrever en sus pliegues algunas cosas que no se suelen decir sobre su personaje. Al frente de The Pop Group, Mark Stewart dio con uno de los grupos más abrasivos de finales de los setenta. Cada uno de sus temas es un maremágnum de ruido y (mala) conciencia política que sólo recordaba al punk de pura casualidad. Una propuesta intelectual y física que sigue resultando hoy igual de peligrosa. Pese a que su discografía posterior entra de lleno en el terreno de la irregularidad (en algunos casos incluso del despiste), Stewart sigue siendo un personaje de referencia, una leyenda del subsuelo cuya coherencia y férreos principios morales elogian todos los ilustres bustos parlantes que desfilan por la pantalla. Sin embargo, a mí lo que más me llamó la atención es que este hombre, que no es precisamente un chaval, siga viviendo con su madre, que también tiene que llevarle a los sitios en coche. Paradojas de un revolucionario, de las que nadie habla pero que, al menos, la cámara sí registra.

Ya es más de lo que se puede decir de Johnny Mercer: The Dream’s on Me (Bruce Ricker, Anthony Wall, 2010), a la que acudimos engañados por el reclamo que supone tener a todo un Clint Eastwood como productor ejecutivo. Los títulos de crédito, entre Santa Barbara y un video de karaoke cualquiera, fueron suficiente para darse cuenta del tremendo error que habíamos cometido. De estética babosa y desarrollo rutinario, la ¿película? cuenta la vida y milagros de uno de los grandes letristas del siglo XX -a su pluma le debemos canciones inmortales como Moon River y The Days of Wine and Roses– sin lograr en ningún momento evocar el lujo y la miseria de la que habla, pasando de puntillas por las zonas más conflictivas del personaje –alcoholismo a la vieja usanza- y dejando para la posteridad escenas tan relevantes como la de la hija pequeña de Eastwood entonando una de las canciones de Mercer. Al final asoma la cabeza Bono, que no se pierde una, y redondea la jugada con sus ronroneos llenaestadios. ¿Era realmente necesario programar esto?

Menos mal que siempre podemos contar con Lemmy Kilmister para poner orden. Hay en Lemmy (Greg Olliver, Wes Orshoski, 2010) el potencial para hacer una gran película, pero se ve dañada por la falta de confianza de sus directores, que no pueden resistir llenarla de declaraciones laudatorias de la élite del metal (y más allá: ahí están Jarvis Cocker y Peter Hook para establecer la conexión indie). Huelga decir que no hacía falta. Bastaba con seguir a la voz (¡y bajo!) de Motorhead en su día a día; observarle en ese apartamento lleno de trastos o en el bar donde mata las horas cuando no está de gira para retratar a un personaje que, definitivamente, está hecho de otra pasta. Aun así, el filme está tan lleno de highlights políticamente incorrectos (atención a los consejos sobre drogas que le da a su hijo) que es muy difícil no quedar seducido por su espíritu maximalista.

Y así llegamos a la que, sin duda, fue la película más interesante que vimos en el In-Edit. En el fondo, Strange Powers: Stephin Merritt and The Magnetic Fields (Kerthy Fix, Gail O’Hara, 2010) no se aleja en exceso de los vicios que hemos detectado en otros títulos del festival –confía más en la palabra que en la imagen- pero hay en ella una voluntad de aprehender un personaje que se resuelve con un éxito notable. Sospechábamos –por sus discos, por las entrevistas que daba- que el líder de los Magnetic Fields era una persona peculiar y con un punto retorcido y esta película viene a confirmárnoslo. La mirada de fan (tanto de las directoras como de un espectador como el arriba firmante) no enturbia la percepción de que este hombre tiene una relación un tanto turbia con sus semejantes y el mundo que le rodea. Lúcido, brillante, capaz de sacarse de la manga discos que son ya un punto y aparte en la historia del pop (empezando por el inagotable 69 Love Songs) pero también calculador e hiriente. No hay más que ver la relación de casi enfermiza dependencia que le une a Claudia Gonson, cómplice fiel y casi se diría que su nexo de unión con el mundo exterior, pero a la que no duda en humillar cada dos por tres. Quizás todo eso se deba a que su sueño era escribir musicales para Hollywood y ser una estrella asalariada pero, finalmente, ha visto como la fama le llegaba por la música indie. Triunfo y frustración, en definitiva.

¿Reflejan estas cinco películas lo que ha dado de sí el festival? Sinceramente, no lo sé. Pero pasan los años y uno empieza a estar cansado de ver filmes que podrían pasar por artículos de revista puestos en imágenes. No todas las películas pueden ser como Let’s Get Lost (Bruce Weber, 1988) ni todos los directores como Jem Cohen, pero a uno sale de este festival con la sensación de que el cine aquí es la excepción. Y ha habido años en que eso no ha sido así.

Ahora me vienen a la cabeza las palabras de D.A. Pennebaker (homenajeado e invitado de lujo de esta edición) cuando le preguntaron durante su masterclass por qué en sus películas suele rehuir la entrevista frontal. “No hay que acostumbrar al público a que todo le llegue masticado y ponerle nombre a todas las personas que hay en pantalla”, dijo. Porque eso no es contar una historia. Porque, en definitiva, el cine no es eso.

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