ZINEBI 2010, luces y sombras

La lluvia no ayudó a animar al ya de por sí sombrío tono que el Zinebi va adquiriendo con los años. Ciclos paralelos en salas casi vacías, conferencias con escaso eco en los medios, desorganización en varias proyecciones y un (impecable) teatro Arriaga donde no se oyó hablar a uno sólo de los numerosos/as directores/as invitados. El festival no parece saber encontrar su espacio en el panorama cultural de la capital vizcaína, ni en el del estado español.


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La lluvia no ayudó a animar al ya de por sí sombrío tono que el Zinebi va adquiriendo con los años. Ciclos paralelos en salas casi vacías, conferencias de prensa cuya redundancia apenas tiene eco en los medios; y eso sí, un impecable y acogedor teatro Arriaga que ofrece la muestra a concurso, donde no se oyó hablar a uno sólo de los numerosos/as directores/as invitados.

El Festival Internacional de documental y cortometraje de Bilbao, que del 22 al 27 de noviembre celebró su 52 edición, muestra claros indicios de no saber encontrar su espacio en el panorama cultural de la capital vizcaína, ni en el del estado español, coincidiendo en fechas con el festival de Gijón, donde acudió la prensa especializada.

Ni exilio, ni español

El problema del abismo cultural que muchas veces media entre programadores/as y público quedó patente en el ciclo “Españoles en París. El exilio español filmado en Francia (1945-1978)”. Una iniciativa de Luis E. Parés que pretendía reivindicar una serie de autores que marcharon hacia Francia en los últimos años del Franquismo,  destacando su carácter experimental, su filosofía underground, su afán provocador, su contenido político y una búsqueda de la esencia de “lo español”.

A pesar de la pertinencia de reivindicar estos nombres para la historia del cine, al ciclo le faltaba coherencia, con varios altibajos estéticos y temáticos. A pesar de que su experimentalidad era patente, su carácter político era más que dudable. Y es que esta  tendencia que en los últimos años intenta reivindicar el carácter “político” o “del exilio” de ciertas prácticas culturales, en la mayoría de los casos se refiere a casos individuales (e individualistas) que de ninguna manera adquirieron compromiso o riesgo político alguno (como bien afirmaba el propio Joaquín Lledó “yo no era un exiliado, yo me fui porque quería ver mundo”). Una excepción fue el caso de ¡Arriba España! (José María Berzosa, 1976) cuyo mayor valor radica en la aproximación (tanto estética como discursiva) a los representantes del franquismo aún firmes en su convicción fascista respaldados por una dictadura que daba alas a sus posturas reaccionarias (tanto el material de archivo como las entrevistas estaban filmados antes de 1974).

Destacaron también Viva la muerte (Fernando Arrabal, 1970), una gran película inundada de surrealismo ambientada en el periodo posterior a la Guerra Civil, donde el erotismo, la frustración y el odio latentes marcan la vida de un joven protagonista atrapado en el recuerdo de un padre encarcelado por la traición de su madre, y la tórrida y ambigua relación que mantiene con ella. Desgraciadamente, uno de los pocos directores presentes en las proyecciones del ciclo fue su director Fernando Arrabal, que ahogado en su propia prepotencia y resentimiento por el reducido número de asistentes, habló durante media hora de todo menos de cine a un público que presuponía inculto y estúpido. Sólo dijo una cosa coherente (y con razón) “la cultura está en las catacumbas”. Y es que en los fríos cines Golem situados en el subsuelo de la también poco acogedora Alhóndiga  no había indicio alguno de que allí tuviera lugar un festival. El documental Sang et Or (1978), del mismo director, que debia proyectarse a continuación, no pudo verse porque empezaba la siguiente sesión de cine comercial.

El otro filme a destacar del ciclo fue Le sujet ou le sécretaire aux mille et un tiroirs de Joaquín Lledó, una obra experimental de 1974 que recoge el espíritu de libertad creativa y reinvención social que siguió a Mayo del 68 en París. La mitad del escaso público asistente tuvo que marcharse frente a la ausencia de subtítulos en castellano por un error de organización. El siguiente filme programado Andorra de Joan Castanyer,  tampoco se emitió porque la copia no llegó a tiempo.

Scottish Documentary Center

En las antípodas del ciclo dedicado a la reivindicación histórica del cine español, la otra sala al fondo del gris pasillo de los cines Golem acogía la muestra de las producciones de los últimos años creadas en torno al Scottish Documentary Institute. Invitados por la televisión autonómica vasca EITB para hablar de su forma de funcionamiento en una presentación que tuvo lugar en el museo de Bellas Artes, su directora Noe Mendelle y su colaborador Finlay Pretsell explicaron las características del centro, un híbrido entre un instituto de investigación-eseñanza y una productora-distribuidora.

De vuelta en los Golem pudimos ver muchos de sus cortortometrajes (trabajos realizados por integrantes del SDC, directores/as independientes y alumnos/as del Edinburgh College of Art) entre los que destacaron The Truth about Tooth (2006) de Hazel Baillie, que nos sumerge en el mundo de la fe infantil en la magia, How to save a Fish from Drowning (2007) de Kelly Neal, retrato observacional de la despoblación rural en EE.UU, y Sporran Makers (2009) de Jane McAllister, que desde el microcosmos de una fábrica familiar de accesorios para los trajes típicos escoceses, confrontaba la lucha de la identidad nacional con el capitalismo globalizado; y algunos de los cortos de la obra colectiva The ten New Commandments (2008). Pudimos ver además otros dos cortos rodados en España: Maria’s way (2009) de Anne Milne, trabajo de observación minuciosa del puesto de una mujer que se decidida a contar a todos los peregrinos que se dirigen a Santiago, y Just to call you dad (2009) de Patricia Delso Lucas, que busca a un padre ausente a través de su propia filmación. A pesar de que no se trata de grandes obras de arte, el SDC ha demostrado solvencia en ayudar en su inicio a cineastas independientes para dar un acabado profesional y una dimensión internacional a sus proyectos.

Sin embargo, sí merece mención especial el largometraje The Edge of Dreaming (2009), que sobresalía sobre los demás filmes de la muestra. Se trata de un proyecto que ha llevado siete años de trabajo a su directora Amy Hardie, y que se erige como una fantástica exploración del subconsciente a través de un uso magistral de la narrativa, siguiendo uno de los intereses claves al que el Scottish Documentary Center ha dedicado alguno de sus workshops en Escocia: cómo capturar lo imaginario a través del dispositivo fílmico y más específicamente a través del cine documental.

Y otros espacios…

La distribución espacial y temporal del festival no nos permitió acercarnos a otros ciclos (apenas una efímera visita al Gugenheim) donde una pequeña muestra del impresionante trabajo de Irina Evteeva (que participaba como miembro del jurado) nos sirvió para desquitarnos de la decepción ante los problemas y altibajos mencionados anteriormente. La obra de Evteeva nos reveló un nuevo universo de sensaciones, ofreciendo territorios inéditos en el acercamiento entre el universo fílmico y la pintura. En Little Tragedies (2010), Demon (2004), Theseus (2006) y Faust (2006), pudimos apreciar su reinterpretación de la literatura clásica a través de una barroca escenografía filmada con un esquisito cuidado en los detalles de vestuario y atrezzo, que daba una vuelta de tuerca al arte cinematográfico, al sumarle el valor de la pintura al celuloide. Literatura, ficción y pintura daban una auténtica dimensión artística a su obra, basada en la acumulación de bagaje cultural tan ausente en trabajos experimentales contemporáneos.

Otros ciclos completaron el programa, destacando el dedicado a la obra documental de Antonioni inédita en España, a la que acompañó la pequeña publicación “Michelangelo Antonioni, documentalista” editado por Carlo di Carlo, fruto de la colaboración entre el Centro di studi sul Cinema Italiano (CSCI) y el Zinebi. El ciclo fue comisariado por Daniela Aronica.

Además se presentaron otros ciclos como “Beat, Beatitude. El cine de la generación Beat (1959-1991)”, “Guerra fría por amor. Cine y vídeo recientes ‘del’ Reino Unido” con trabajos experimentales de los últimos 6 años, “G.L.F. (Graffiti Liberation Front)”, así como un homenaje a Nicolas Roeg.

Premiados

El tiempo no dio para más, y apenas pudimos ver algunos flashes del panorama oficial (en el que el festival vuelca todos sus esfuerzos). Tras la entrega de premios, se proyectaron los cortos galardonados, comenzando con Norīt Krupi (Jurģis Krāsons, 2010) y Thermes (Banu Akseki, 2010) que compartieron el gran premio del festival de Bilbao, además de recibir el Mikeldi de oro de animación y ficción, respectivamente. Al igual que el gran premio del cine vasco entregado al cortometraje de animación Birdboy (Pedro Rivero / Alberto Vázquez, 2010) entre los galardonados se percibía un tono general de oscura mirada a un futuro incierto que inspiraba un profundo sentimiento de desilusión. Quizá la necesaria contrapartida a la farándula y la falsa ilusión de una televisión muchas veces ahogada en sus propias estridencias.

Al margen de sus luces y sombras, en realidad no se puede decir que la programación del Zinebi fuera mala (aunque sin duda podría mejorarse). Sólo que hay que darse cuenta de que Bilbao no es Barcelona. Zinebi es un festival que aún debe enfrentarse a  muchos desafíos, entre ellos encontrar su espacio en el panorama estatal e internacional; cosa que no se consigue sólo con certificaciones que siguen dudosos criterios (es uno de los cinco únicos festivales de documental y cortometraje del mundo acreditados por la FIAPF). Claro que antes que nada debería encontrar su lugar en la propia ciudad. Un buen comienzo sería reorganizar su lista de prioridades: si llenar los hoteles, o llenar las salas.

Un Comentario

  1. Zurita 21/12/2010 | Permalink

    Creo algo desmesurada la crítica al ciclo dedicado al exilio. Aun siendo verdad que no mostró una coherencia absoluta, y que la idea del exilio se diluyó, quizás por su acepción política (es preciso recordar que no sólo existe el exilio político), no por ello deberíamos restar valor al trabajo de Luis Parés. Trabajo que ha aglutinado a algunos cineastas que tienen como característica común su inconformismo y su patente desapego a la mediocridad cultural oficial de aquellos años. En este sentido, sí resulta interesante un ciclo que posibilitara una mirada a ese otro cine español que, en circunstancias sociopolíticas diferentes (buscadas voluntariamente por estos directores), pudo llevarse a cabo.

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