Thom Andersen

“Allá por 1978 Guy Debord dijo aquello de ‘París ya no existe’. Pero yo no me siento para nada así hacia Los Ángeles. En muchos sentidos, la ciudad me gusta mucho más ahora que en los años cincuenta o los años sesenta, sobre todo porque se ha convertido en una ciudad multicultural”.


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Thom Andersen

En Los Angeles Plays Itself (2003), Thom Andersen analizaba la manera en que el cine ha representado esta ciudad inabarcable. Siete años más tarde, el cineasta presenta su propio retrato de Los Ángeles, Get Out Of The Car (literalmente, “Sal del coche”), una sinfonía urbana impresionista, teñida de una indefinida nostalgia y con un marcado carácter latino. Conversamos sobre Get Out Of The Car en un estridente restaurante mejicano de Sunset Boulevard, en Los Ángeles. En persona, como en sus películas, Thom Andersen piensa mucho antes de pronunciar palabra. Si se pudiesen transcribir las pausas, el ochenta por ciento de esta entrevista sería silencio.

Entre los Los Angeles Plays Itself y Get Out Of The Car hay una cierta dialéctica ¿Cuál es la relación entre las dos películas?

Siempre es frustrante hacer una película de compilación de otros filmes como Los Ángeles Plays Itself. Hace que te entren ganas de rodar tú mismo, sólo para ver cómo sería, para tener un poco más de control. Y, sencillamente, para poder rodar cosas que te atraen. Y al principio, eso es todo lo que iba a ser Get Out Of The Car: una oportunidad para rodar cosas que me gustan, que me interesan.

Me inspiré cuando fui a ver una serie de videos recientes de Kenneth Anger que proyectaron en RedCat, ¿los has visto? La mayor parte de la gente salió desilusionada, no les gustaron, ¿verdad? Pero a mí lo que me impresionó fue que Anger había llegado a un punto en su vida en el que sentía que podía hacer películas simplemente sobre cosas que le atraen: postales de Mickey Mouse, chavales jugando al fútbol que le parecen atractivos… Le daba igual hacer una obra maestra o afirmarse como artista, era sólo una cuestión de documentar algo. Documentar algo.

Yo siempre he pensado que documentar algo es suficiente. La gente que se plantea ese objetivo tiende a producir trabajos útiles, valiosos, por lo menos a largo plazo. Eso es lo que yo estaba intentando hacer. Si la gente pudiese ver mi película dentro de veinte años o cincuenta, verían otras cosas y tendrían una respuesta completamente distinta a la que podemos tener hoy. Estarían contentos, simplemente, de ver cómo era la ciudad, cómo sonaba la ciudad en un momento preciso. Yo creo que dentro de cincuenta años a la gente le interesará la película. A lo mejor he hecho una película para una cápsula del tiempo…

Entonces ¿en qué punto decidiste que estabas rodando una sinfonía urbana, un retrato de la ciudad?

Cuando empecé el proyecto, yo sólo quería hacer una película sobre vallas publicitarias. Empecé a filmarlas porque me gustan, vallas simplemente. Y luego empecé a filmar muros. Sobre todo muros que mostraban una cierta decadencia y descomposición, con varias capas superpuestas. Y finalmente anuncios pintados en las fachadas de ciertos edificios.

Lo que pasó fue que durante la filmación empezamos a tener interacciones muy entretenidas con la gente. Pensé que sería interesante incluirlas en la película, así que empecé a grabar algunas, y otras las tuve que recrear. Y fue esa banda sonora la que empezó a convertir el proyecto en un retrato de la ciudad. Se puede decir que el retrato real de la ciudad está más en el audio que en la pantalla.

A esa gente de la que hablas se la oye, pero no se la ve. Hay muchas ausencias en el retrato de la ciudad, mucho espacio negativo, pero seguramente la ausencia más radical es esta ausencia de personas…

Es verdad, no hay gente en las imágenes. Pero, si lo piensas bien, originalmente no iba a haber gente en absoluto. Y yo habría estado perfectamente contento con eso, si de verdad nos hubiesen dejado en paz. Pero eso no fue lo que ocurrió. La gente siempre se estaba interesando por lo que hacíamos durante el rodaje, y en cierto modo, de una manera amigable, riéndose de nosotros. Me pareció que incluir ese aspecto era importante.

Y como yo estaba siempre involucrado en la conversación, mis comentarios algunas veces explican por qué algunas cosas me interesan, contextualizan las imágenes. En esta película yo no quería hacer el discurso pesado, pero tampoco hacer comentarios críticos gratuitos. Por ejemplo, cuando filmamos el que para mí es el edificio más feo de los Ángeles, yo hice un comentario mordaz, atacándolo. Y luego, en la edición, me di cuenta de que tenía que quitarlo de la película. Me di cuenta de que no puedes decir que un edificio es feo sin explicar el contexto de ese juicio. Uno no puede asumir sin más que todos los espectadores van a compartir su punto de vista.

Get Out Of The Car es una película enigmática, llena de imágenes inexplicadas. Sin embargo en una segunda lectura se entreven muchas referencias políticas…

Pero en Get Out Of The Car yo no estoy intentando conscientemente articular nada, decir nada en particular… aunque supongo que es inevitable. La escena más política de la película es la secuencia alrededor del solar donde antes estaba la Granja South Central (1). Esa secuencia es obviamente política, habla sobre una injusticia política y yo hago evidente mi intención, poniendo el discurso del documental The Garden sobre esas imágenes…

El otro tema claramente político está en las canciones latinas utilizadas en la banda sonora. Si entiendes castellano, en las letras de estas canciones descubres un mensaje político sobre el sentimiento de los indocumentados en Los Ángeles. Me interesa transmitir ese sentimiento, porque creo que si uno comprende la manera de sentir de los inmigrantes ilegales, entonces se vuelve difícil, o al menos más difícil, apoyar leyes que van en contra de ese colectivo.

Es una película bilingüe, con varias conversaciones en castellano y música latina, pero en las proyecciones en Los Ángeles me ha llamado la atención ver que no había subtítulos en inglés. ¿Por qué?

La mayoría de la gente que vive en Los Ángeles es bilingüe, habla español e inglés. Y aquellos que no lo son se están perdiendo algo. Y quizás es mejor hacerles sentir que se están perdiendo algo, en vez de traducírselo y decirles exactamente qué.

Yo siempre he pensado que en California debería haber un sistema educativo completamente bilingüe. Así la gente que llega a la escuela hablando sólo español aprendería inglés y los angloparlantes aprenderían español. Las clases deberían ser impartidas indistintamente en inglés o en español. Ahora mismo aquellos que sólo hablan español están obligados a aprender inglés, pero no se espera que los que hablan inglés aprendan español. Así que en cierta manera están en una desventaja cultural. Se están perdiendo la mitad de la cultura en el sur de California y un cierto modo de expresión. Creo que el bilingüismo sería la medida más importante que se podría tomar para mejorar la educación en California, y ese pensamiento político está en la película.

La comunidad latina está muy presente en la película, no sólo a través del idioma, sino también a través de la iconografía…

Yo nunca he sido un fan de los murales latinos oficiales, famosos. Me atraen mucho más los murales pintados en fachadas que anuncian pequeños comercios en Los Ángeles, que no son arte oficial sino más bien arte comercial. Algunos son dibujos de productos, algunos son paisajes, a menudo representan a la Virgen de Guadalupe y también escenas de la crucifixión. Yo quería mostrar el interés y la belleza de estos cuadros como parte de Los Ángeles Este. Algunos de los murales no son publicidad, hay algunos que son más oficiales, hay uno que es la fachada de un centro comunitario.

Estos murales no son simplemente publicidad, anuncios. Estos murales son más bien expresiones de la nostalgia del inmigrante. A menudo hay un paisaje de fondo en el mural, un paisaje que evoca el lugar de México de dónde procede el autor. Son modos de expresar identidad cultural y el afán por el hogar, la nostalgia. En el verdadero significado de la palabra nostalgia, que en realidad quiere decir echar de menos un lugar, no un tiempo pasado.

Sin embargo, en la película la nostalgia tiene esa doble vertiente, hay una cierta nostalgia por el pasado de Los Ángeles. ¿Es una nostalgia por una ciudad que ya no existe?

Allá por 1978 Guy Debord dijo aquello de “París ya no existe”, ¿no? Pero no, yo no me siento para nada así hacia Los Ángeles. En muchos sentidos, la ciudad me gusta mucho más ahora que en los años cincuenta o los años sesenta, sobre todo porque se ha convertido en una ciudad multicultural. La comunidad latina no era ni mucho menos tan grande en aquella época.

Por otro lado, no sé si Los Ángeles es tan divertida ahora para la gente joven como lo era entonces. A lo mejor sí, en realidad no tengo manera de saberlo a ciencia cierta. Pero tengo la sensación de que en aquel tiempo lo que llamábamos cultura popular era de verdad cultura popular. La gente podía estar tocando en un pequeño club un día y hacerse famoso con una canción en la radio a la semana siguiente, convertirse en estrellas. Salían de una cultura popular que no era en absoluto jerárquica. Te codeabas con esta gente que eran estrellas en los cafés y en los bares con una cierta normalidad. Ahora ponen zonas separadas para los famosos, hay clubes en los que tienes que pedir las consumiciones por botellas para que sólo la gente rica pueda acceder… A lo mejor este cambio refleja los cambios sociales, la brecha entre clases sociales que se ha ido haciendo más grande desde los años setenta.

Pero Get Out Of The Car hace muchas referencias al pasado, ¿no crees que evoca una cierta nostalgia por aquel tiempo?

La nostalgia temporal vino a través de la música. Siempre me ha fascinado la relación entre música y espacio, cómo asociamos una determinada canción con un determinado lugar. La historia musical de Los Ángeles me ha interesado desde hace mucho y desde muy pronto en el proceso de hacer esta película tuve claro que quería integrar esa historia en la película. Un poco a la manera en la que Charles Burnett hace una cierta historia de la música negra en Killer Of Sheep (1977).

Al final de Los Ángeles Plays Itself hay una dedicatoria que dice: “A Art Laboe y Johnny Otis, guardianes de nuestra historia”. Son guardianes de nuestra historia porque han mantenido estos espacios radiofónicos musicales durante muchísimo tiempo, desde los años cincuenta. Art Laboe todavía está en antena, el hombre ha estado en antena durante sesenta años… En esta película he querido hacer un epílogo a aquella dedicatoria. Y por eso la secuencia sobre el estadio El Monte y sobre el club que Art Laboe tuvo entre 1948 y 1952, que es considerado el lugar de nacimiento del Rhytm & Blues. Así que supongo que la nostalgia que respira la película es sobre todo una nostalgia por la música con la que yo crecí… Por supuesto, me imagino que a todo el mundo le pasa lo mismo que a mí, y que todo el mundo piensa que la música con la que creció es mejor que la música de otras generaciones. Aunque, por otro lado, no lo sé, porque si lo pienso bien la gente todavía escucha la música de mi generación, lo que no sé si se podrá decir de la música de otras generaciones…

(1) La Granja South Central era una granja urbana y jardín comunitario situada en el centro de Los Ángeles que estuvo funcionando entre 1994 y 2006. Después de una disputa legal con los anteriores propietarios, los terrenos fueron vendidos de nuevo a manos privadas en 2004. Los granjeros, en su mayoría latinos, fueron expulsados en 2006, aunque siguen luchando en los tribunales por lo que consideran una reventa ilegal. Esta lucha es el tema del documental “El Jardín” (“The Garden”), dirigido por Scott Hamilton Kennedy y nominado al oscar en 2008.

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