Get out of the car

Con un ritmo pausado, a medio camino entre lo meditativo y lo crítico, Thom Andersen se recrea en la estética que el paso del tiempo ha dejado en Los Ángeles, una ciudad que parece reciclarse siempre para el corto plazo, una ciudad que parece no tener historia, si uno no se fija bien en los detalles.


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Get out of the car de Thom Andersen, 2010

– ¿Qué están haciendo?
– Una película.
– Pero si ahí no hay nada.
– Bueno, de alguna manera es una película sobre ausencias.
– Cuando haga una película sobre algo, avíseme.

Un confuso transeúnte interpela así al director californiano Thom Andersen en la primera secuencia de Get Out Of the Car (2010), su personal retrato de la ciudad de Los Ángeles. Como ya anticipa esta conversación, Andersen compone su peculiar sinfonía urbana a medio camino entre la ironía y la nostalgia.

Como era de esperar, después de la declaración de principios que articuló en Los Angeles Plays Itself (2003), Thom Andersen no retrata en Get out of the Car la ciudad a la que Hollywood nos tiene acostumbrados. Aquí no están las playas, ni los surferos, ni los coches ni las letras de Hollywood, no están los suburbios apacibles, no están los rodajes ni la industria del cine, por no estar, ni siquiera está la gente de Los Ángeles, excepto en esos diálogos “cazados” alrededor del equipo de rodaje. Get Out Of The Car es, primero y tal vez ante todo, una furiosa negación de la ciudad cliché.

Los 34 minutos de película, rodados acertadamente en 16 mm., evocan desde el primer momento una cierta nostalgia que podría fácilmente confundirse con tristeza. Nostalgia que da forma a la película en dos ejes en cierta manera paralelos: la nostalgia de un tiempo, de una ciudad que ya no está – en las imágenes del solar vacío donde una vez se levantó la mítica sala de bailes El Monte, en la música de los años 50, en el antiguo café-aparcamiento- y la nostalgia de un lugar, el mitificado México de los inmigrantes indocumentados, que pintan en los murales de las tiendas de comestibles a las Vírgenes de Guadalupe pastando alegremente en los paisajes del país al que ya no se puede regresar.

Este doble eje de nostalgia está particularmente subrayado por la banda sonora, que conecta la música local de los años cincuenta y el corrido mejicano de Los Tigres del Norte. Por un lado, asocia el paisaje urbano a una historia musical concreta de la ciudad en los años cincuenta y sesenta. Destaca el tema Memorias de El Monte, de Frank Zappa, sonando sobre el solar vacío donde una vez se levantó la mítica sala de fiestas. Originalmente construida para albergar los combates de lucha libre durante las Olimpiadas de 1932, el estadio El Monte representa una metáfora perfecta de la arquitectura efímera en esta ciudad de historia vertiginosa: un edificio más bien feo, funcional, erigido de forma apresurada, rápidamente convertido en sala de conciertos y de baile, y derruido con la misma celeridad en los años setenta cuando había cumplido su labor. La memoria, sin embargo, perdura, como dice la canción, y la letra de Zappa es un canto a la memoria: “Recuerda el baile / te apretaba tan fuerte / Las Satins cantaban / en la quietud de la noche / Oh, recuerdo / aquellos maravillosos bailes / en El Monte./ en El Monte…”. La música norteña de Los Tigres del Norte funciona también en este tono intermedio, de nuevo entre el sentido del humor y la tristeza nostálgica (“que mis sueños ni aquí ni allá nunca los realizaré. Ni aquí, ni allá, ni allá, ni acá… nunca los realizaré”).

Las letras de las canciones que componen la banda sonora cobran especial importancia en una película que se resiste a explicarse y que puede, en algunos momentos, resultar opaca a los espectadores poco familiarizados con las problemáticas concretas de la ciudad de Los Ángeles.

Una de las referencias difícilmente exportables es la secuencia de la Granja South Central, identificada por Andersen con un somero cartel. La Granja South Central funcionó como una granja pública explotada por la comunidad entre 1994 y 2006. Ocupaba un enorme terreno cerca del centro de Los Ángeles – más de 50.000 metros cuadrados – que había sido expropiado en su momento para la construcción de una central de energía que nunca se llevó a cabo. En 2004, la ciudad firmó un acuerdo para devolver las tierras a manos privadas, y los granjeros, en su inmensa mayoría latinos, fueron expulsados en medio de multitudinarias protestas. El discurso que se escucha sobre las imágenes de la Granja es una grabación del juicio real, recogida en el documental The Garden (2008) dirigido por Scott Hamilton Kennedy. El comentario político es evidente para los espectadores que entienden la referencia, pero difícil de contextualizar para otros públicos.

Get Out Of The Car da un enorme protagonismo a la cultura latina de la ciudad en general, y la mejicana en particular. Andersen se resiste de nuevo al cliché, evitando retratar los murales mejicanos más conocidos, y prefiere elaborar un particular inventario de los pequeños murales anónimos, pintados en fachadas de las carnicerías, mercados o mercerías. Las Vírgenes de Guadalupe, símbolo del exiliado, protegen los comercios, al tiempo que los bendicen y anuncian detergente o evocan los paisajes de México a los que gran parte de la comunidad latina no podrá nunca volver. Andersen no contextualiza, ni explica, ni sitúa estas representaciones, sencillamente se conforma con mostrar los murales anónimos, con fotografiar su sencilla belleza.

En un sentido formal, puede que Get Out Of The Car decepcione a aquellos que estén esperando un epílogo al ejercicio dialéctico que es la película anterior de Andersen, Los Angeles Plays Itself, aunque en una lectura un poco más profunda no se puede negar que este trabajo es consecuencia lógica de aquel. Donde Los Angeles Plays Itself era una precisa articulación teórica, Get Out Of The Car es una articulación emocional de la memoria y la vivencia subjetiva de la ciudad de Los Ángeles. Donde Los Angeles Plays Itself ponía la imagen al servicio de la idea, que se construye a partir de secuencias robadas de otras películas engranadas con imágenes puramente funcionales, rodadas en vídeo, Get Out of the Car es un exquisito ejercicio fotográfico en 16 mm en el cual la estética y el mensaje son uno, y la imagen es liberada de su función ilustradora. La película no pretende hacer un retrato representativo, ni cuantitativo, ni siquiera justo de la ciudad de Los Ángeles. Desde un primer momento se afirma como un retrato subjetivo y personal, que refleja una mirada sentimental sobre un particular paisaje urbano.

Get Out of The Car funciona como un collage impresionista, construido por acumulación de elementos parciales y a menudo inconexos. La mirada cáustica de Andersen refleja el paisaje urbano con un preciso sentimiento de extrañeza. Sería un error confundir esta fascinación con lo vacío, lo desconchado, lo decadente, con una denuncia o rechazo de esta estética. Más bien al contrario, Andersen entiende y celebra una cierta belleza de lo feo, que es, en realidad,  la belleza extraña de la extraña ciudad de Los Ángeles, esa que normalmente no sale en las películas. Al mismo tiempo, la fotografía de lo que ya no está, – los solares vacíos, la música de una época, el hogar perdido del inmigrante ilegal – tiñe la película de una imprecisa nostalgia.

Con un ritmo pausado, a medio camino entre lo meditativo y lo crítico, Andersen se recrea en la estética que el paso del tiempo ha dejado en una ciudad que parece reciclarse siempre para el corto plazo, una ciudad que parece no tener historia, si uno no se fija bien en los detalles. Pero Andersen se fija bien, muy bien, en los detalles.

FICHA TÉCNICA:
Dirección: Thom Andersen
Dir. de fotografía: Madison Brookshire, Adam R. Levine
Sonido: Craig Smith
Montaje: Adam R. Levine
Producción: Thom Andersen
País y año de producción: Estados Unidos, 2010.

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