Llamad a cualquier puerta: Daniel Cuberta

Tenemos la responsabilidad de escrutar la legión de los vídeos sin alma que nos ha traído la democracia digital contemporánea. En este artículo intentaremos ofrecer nuestra modesta aportación con un breve comentario a la obra de Daniel Cuberta Touzón.


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Daniel Cuberta Touzón

Con el cambio de milenio y para bautizar las nuevas tendencias del audiovisual, volvimos a deslizar la mano en la bolsita de las metáforas. El tacto interior de la bolsa era agradable, entre el fieltro y el terciopelo. Nos recreamos en el ejercicio lamentando el momento de devolver la mano al exterior. Cinco minutos más, mamá. Se agotó el tiempo y terminamos sacando la más cercana. Apenas habíamos buscado pero, qué demonios, disfrutamos la suavidad y el roce. Una vez fuera, nos lavamos las manos con pulcritud y la exhibimos al pueblo: ¡Aquí la tenéis, la Democratización Digital! El vulgo —tras unos segundos de silencio— rugió: ¡Democracia, Democracia!

Resulta enternecedor —por no decir terrorífico— cómo las diferentes denominaciones de sistemas sociales y de gobierno, funcionan mejor y son mejor recibidas en el plano simbólico que en el real. La utilización de la figura para titular actividades o periodos artísticos nos resulta siempre adecuada. La metáfora política, entre el placebo y el lenitivo, intenta hacernos olvidar todas las funciones ejecutivas reales, las imperfecciones y las injusticias, que habitan el fantástico mundo de los hechos.

A falta de metáfora nueva, uno de los aspectos de la dichosa democratización digital consiste en la extraña mezcla entre narcisismo y regresión. El primero, impúdico y exaltado; la segunda, no estoy muy seguro si con destino a la infancia o directamente a las cavernas, a un comportamiento primitivo, animista, entregado a la representación como medio para revelar lo oculto o para intentar dar sentido a la mayor de las vulgaridades. Grabarlo todo, como si viéramos las cosas por primera vez —y tal vez sea cierto—, como si necesitáramos siempre de un aparato a través del cual mirar para poder ver.

De todas las reflexiones surgidas durante estos años sobre el asunto, me quedo con una tremendamente gráfica aportada por Mohsen Makhmalbaf. El director iraní viene a decir que en la producción audiovisual contemporánea existe un incremento desmesurado de “películas fetales” [1]. La imagen empleada por el director de Sokut (1998) va más allá de una primera y lógica asociación con lo formal para alcanzar a todos los estadios de la producción. Siguiendo con el juego de las metáforas: un embrión humano, pongamos de 6 semanas, resulta indistinguible del de otros muchos animales. Estamos, pues, ante un problema de evolución y maduración —no siempre cumplidas— que se dan a lo largo de diferentes etapas y procesos. Con esa producción fetal sucede lo mismo, vemos imágenes en movimiento y advertimos cierta estructura, cierta fisiología, pero somos incapaces de discernir su naturaleza. Mucho menos, entonces, un hipotético devenir quién sabe si marcado por la teratología.

Antes de ese posible tránsito, surge otro problema con estos objetos audiovisuales nonatos: el de una condición invasiva —por puro hacinamiento— que dificulta la extracción, el análisis y el disfrute de lo verdaderamente valioso. La labor de críticos, historiadores, estudiantes, aficionados, distribuidoras y festivales, resultará decisiva a la hora de escrutar la legión de los vídeos sin alma. Esa responsabilidad existe, no podemos esperar que las instituciones faciliten o hagan el trabajo y, llegado el caso, confiar en que lo hagan con corrección y rapidez. En este artículo intentaremos ofrecer nuestra modesta aportación con un breve comentario a la obra de Daniel Cuberta Touzón.

II. Daniel Cuberta Touzón

La literatura sobre jóvenes creadores ha sido siempre una de las más afectadas por la distorsión, por el ideal saturnino, por la innecesaria y terca insistencia en descubrir genios y en construir iconos de rebeldía. En el mito del joven airado, del creador arrebatado, sustenta gran parte de su éxito una crónica romántica más preocupada por el cómo que por el qué, por la peripecia vital que por la obra, por la leyenda que por los hechos. Si eres joven y has tenido la mala fortuna de inclinarte hacia la creación, será conveniente que adoptes la postura de Rimbaud, de Caravaggio, de Welles o que pongas en tu DNI y aunque no cuadren las fechas: “concebido en una barricada parisina en mayo de 1968”. De lo contrario, será difícil que te presten atención.

Frente a ese malditismo tan atractivo y falazmente considerado connatural a la juventud, ha discurrido la obra de múltiples creadores sosegados, callados, que no encuentran en el grito y en la sublevación histérica una necesidad inmediata, es más, les molesta. Surge con ello otra asociación tramposa, la que hila silencio y conformismo, calma y resignación. No vamos a descubrir aquí que las críticas más devastadoras se hicieron sin levantar la voz, ni que las revoluciones más beneficiosas no necesitaron de sangre. Daniel Cuberta Touzón nos lo recordará con unas cuantas velas en Revolución, con unas chinchetas y unos vasos de leche en Secret for training wild animals o con un simple flicker y un estribillo en La la la.

Esa es la primera pista a seguir en la obra de Daniel Cuberta, la que nos lleva a la normalidad de los hechos y objetos cotidianos. A partir de estos es posible establecer un discurso, exponer tus ideas sin escándalos, con educación y, en contra de tópicos, sin resultar aburrido. Como apuntábamos, con ello tampoco se pierde ni pizca de carga crítica, porque muchas de las piezas de Daniel transmiten una mala leche considerable. De la misma manera que no se pierde la sonrisa cuando tu sentido del humor es capaz de esquivar la grosería, optando por la sana vía de la ironía. Lo cotidiano es ideal para cultivar el humor y el terror, que se lo digan a Hitchcock y, de paso, que se lo enseñen a cientos de realizadores (querría decir cortometrajistas, pero sería una restricción injusta) anclados en el sexo, la escatología y la cinefilia, como motivos dominantes —y del todo intercambiables— de sus supuestos gags.

Pequeños ataques al corazón de Daniel Cuberta

Sin embargo, también hay melancolía en la obra de Daniel, un deje nostálgico. En realidad, creo que se debe a que Daniel parece no filmar nada, sino mirar por la ventana, y todos podemos convenir en que hay pocos actos más lánguidos que el de mirar a través de una. Otras veces parece abandonar ese puesto para dar un paseo, pero no un paseo-travelling, sino una caminata fragmentaria, inconclusa. En todos los casos, lo hace sin pretensiones, consciente —y tal vez triste— de que está escribiendo su vida en un rollo de papel higiénico (La historia de mi vida), no cincelando mármol. Papel, material más dúctil y apropiado para atrapar los estados de ánimo cambiantes, para intentar conocerse un poquito más a sí mismo; cómo y porqué afectan las cosas.

En ese intento por comprender, por calmar la ansiedad que eso provoca —por expresarse al fin y al cabo—, aparecen ideas inevitables: el azar, el fantasma, la vanitas, la naturaleza muerta, las transformaciones de la materia y las matemáticas. Daniel no esconde ni la fugacidad ni la pequeñez, no hay poses crípticas ni saco vocal hinchado. Lo anuncia desde el mismo momento en el que accedemos a su web: “Todos los sitios del mundo son, para mí, lugares de paso.”.

En sus trabajos, el número y la probabilidad representan bien esa imposibilidad para ordenar y entender el mundo, hasta el punto de convertirse en un resorte más del humor: adiós Pitágoras, bienvenido Greenaway. Las imágenes en movimiento y sus medios de reproducción también ilustran el problema, empezando por su propia incapacidad para el retrato y la revelación (serie Ensayo sobre la mirada). Lo surreal y el absurdo, acuden al rescate. Misma suerte corren sentimientos elevados como el amor, al que hace descender con idéntica burla.

Descender es el verbo —hasta la zambullida en un plato de Sopa primordial—, a pesar de que Daniel se empeña en cartografiar el cielo con aviones y nubes. Entre suelos y cielos recurrentes, donde no llegamos a saber quién espeja a quién, traza líneas de manera incansable para orientarse, en busca de conexión. El (des)amor está en el alquitrán caramelizado (Caramelos), en piedras chocando (Como una historia de amor) o en un tenedor huérfano (Las 7 palabras sucias). El (des)amor es un tenaz proceso de deterioro (Pequeños ataques al corazón) aplicado por hormigas lynchianas en el azúcar, por la lija en la pintura, por el fuego en la vela, por un mazo en el muro o por esas adorables palomas blancas que devoran frenéticamente un corazón dibujado con semillas en el suelo. Esta última, una imagen que perturba más que una merendola de zombis, que agita tanto como la cacería y posterior banquete de Sebastian Venable [2].

Cuando uno observa una pieza de Daniel, tiene la sensación de qu la preparación de todo aquello ha empezado abriendo la cartera del colegio, recuperando cuadernos, plastilina, la regla, los mapas, piedras, pelotas, dulces, velas (¡faltan tizas!), objetos que han perdido cualquier rastro de inocencia pero que mantienen intacta su capacidad para fascinar. Para divertir y para enseñar, porque en las animaciones o en los collages de Daniel hay algo didáctico: además de abrir la cartera al llegar a casa, en la televisión están poniendo Barrio Sésamo. Y no cabe nada peyorativo en el símil, quien esto escribe lo emplea como elogio y como ramas de un mismo tronco: Normal McLaren y la NFB.

Las múltiples técnicas utilizadas y la hibridación genérica constante —al margen de las lógicas inquietudes formales y de experimentación del medio—, son la consecuencia de todas esas preocupaciones. Stop motion, collage, time-lapse, apropiación, animación, diario-notas, ecos estructurales (Falta luz), ensayo, videoclip, poesía. Hasta el voyeurismo de un peep azaroso (Beso en avión) que se transmuta en deliciosa y sincrónica puesta en escena con Pluto como reflejo. Todas le sirven, todas le ayudan a buscar ese centro de gravedad fugitivo.

III. Llamad a cualquier puerta

Llegando al final, uno notará que ha fallado si dentro de las conclusiones no surgen preguntas que te devuelvan al comienzo. Aquí me interesa una de esas conclusiones disfrazada de pregunta: ¿Hay vida inteligente en el cine español? La respuesta comienza por anular los conceptos cine-audiovisual-multimedia como aquello que se estrena, que llega a algún festival/exposición o que tiene una difusión masiva por la Red, y sigue por alejarse de la institución y la profesionalización enfermiza para alumbrar no a los disidentes —hórrida palabra a menudo equivalente a impostura—, sino a los diletantes.

Con el “cine grande” dominado por el pancismo, por directores cada vez más cursis, frívolos, enamorados de sí mismos o directamente despreciables, con los trascendentes y los interesantes frecuentando demasiado el dique seco, con un cine de género (terror, acción y suspense) ocasional y muy sobrevalorado, con comedias soeces o ridículas (¡y todavía tenemos valor de reírnos del Landismo!), con la televisión y el cine comercial juvenil entregado a la “cultura” cani, con un cine autoproclamado de compromiso social que sólo transmite victimismo, autocompasión, feísmo y que rezuma más pana que Suresnes, no resulta extraño que, primero, parte de las generaciones jóvenes se sientan identificadas con un cine anterior o con otros tipos de cine y de países, y segundo, que en su desarrollo creativo dentro de ese panorama aparezcan —si es que lo hacen— como marcianos.

Hace años se decía que el talento había que buscarlo en la publicidad o en el videoclip, con ambos géneros cada más degradados en lo estético y en lo funcional, hay que dar la bienvenida a esos diletantes, a menudo artesanos domésticos, que no por casualidad se arriman al documental, a la animación o al vídeo y cine experimental. Apropiándonos de las palabras de Andrew Morton [3], tenemos la oportunidad —más que la obligación— de llamar a cualquier puerta, porque con un poco de suerte nos la abrirá Daniel Cuberta, o María Cañas, o Albert Alcoz, o Enrique Piñuel, o Pablo Useros, o Raúl Minchinela, o León Siminiani, o Alberto Cabrera Bernal , o…

[1] González García, Fernando (Ed.): Mohsen Makhmalbaf: del discurso al diálogo. Festival de Granada Cines del Sur, 2008, p. 22.

[2] Suddenly, last summer (Joseph Leo Mankiewicz, 1959)

[3] Humphrey Bogart en Knock on any door (Nicholas Ray, 1949)

Voy a decirlo!


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