Putty Hill

La ficción de Putty Hill se construye a partir de un dramático hecho ya acaecido: la muerte por sobredosis de un joven llamado Cory. Matt Porterfield articula una brecha documental para tratar de conocer, mediante preguntas directas en over sobre dicho acontecimiento no ocurrido en realidad (pero que podría haber sucedido), las circunstancias que rodearon a la muerte del muchacho.


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Putty Hill de Matt Poterfield, 2010

MUERTE DE UN DESCONOCIDO

“No one wins. One side just loses more slowly”
Detective Roland Pryzbylewski, alias Prez, The Wire

Cuna de John Waters y de la antológica serie televisiva The Wire (David Simon, 2002-2008), la Ciudad de Baltimore sigue demandando la atención de la cinefilia. Proyectada en el 48º Festival Internacional de Cine de Gijón, Putty Hill, nombre de una avenida de Baltimore, se hace valiosa precisamente en el umbral donde la ficción y la no ficción cohabitan concienzudamente para tratar de registrar una especie de verdad sobre el pulso de ciertas cosas: la distancia que separa, por ejemplo, a una comunidad blanca de un barrio bien concreto de Estados Unidos del, aún perseguido, sueño americano. Adivinando en ella el rastro de Terrence Malick, Gus Van Sant o el reconocido sustrato de No quarto da Vanda de Pedro Costa, entre otros, para quien esto suscribe el referente más familiar es George Wahington (2000), donde David Gordon Green planteaba una tragedia protagonizada por “pequeños niños grandes” en una multirracial y humilde colectividad de Carolina del Norte.

La ficción de Putty Hill se construye a partir de un dramático hecho ya acaecido: la muerte por sobredosis de un joven llamado Cory. Matt Porterfield articula entonces una brecha documental para tratar de conocer, mediante preguntas directas en over sobre dicho acontecimiento no ocurrido en realidad (pero que podría haber sucedido), las circunstancias que rodearon a la muerte del muchacho. Este mecanismo le permite descubrir simultáneamente avatares sobre la existencia de esos jóvenes de clase obrera de Baltimore, no actores profesionales, cuyas pulsiones, hábitos, experiencias y proyecciones están barnizados por una gruesa capa de desidia, desesperanza y frustración; condicionados, en definitiva, por el gigantesco punto muerto que supone la localidad en la que habitan. Entre las escasas indicaciones que Porterfield dio al reparto protagonista (parcialmente se había generado ya una confianza previa durante la preparación de Metal Gods, proyecto truncado por falta de financiación) estaba la de tratar de responder las preguntas, vinculadas con la ficción, a partir de rutinas propias y sentimientos albergados en primera persona [1].

El resultado es una sorprendente y realista cartografía de ese territorio y de sus gentes, un paisaje punteado por individuos a la deriva que pasan el rato jugando al paintball, haciendo skate, bañándose en el río, viendo la televisión, tatuándose la piel, recordando sus tiempos de presidio, drogándose… Porterfield, que había debutado en la dirección con Hamilton (2006), consigue en su segunda película una hábil conjunción de estrategias de la ficción y del documental y logra retratar un descorazonador estado de ánimo y un descafeinado ritmo vital donde subjetivamente podemos interrogarnos sobre la factibilidad de trascender un espacio así, un enclave que contagia a sus participantes de una permanente abulia existencial. Algo similar planeaba sobre The Famous and the Dead / Os Famosos e os Duendes da Morte (Esmir Filho, 2009), con un tono más lírico y onírico y situando el escenario opresor del protagonista en un pueblo brasileño.

Cory, el chico muerto, resultará tan enigmático para los espectadores como para los personajes de la ficción, que supuestamente habían compartido tiempo y espacio con él. Las preguntas hechas fuera de plano a sus familiares y amigos no nos revelan nada concreto. Nadie parecía conocerle demasiado y apenas quedan huellas que rastrear. No sabemos si su ausencia es más grande ahora que antes. Putty Hill, su ritmo detenido y su atenta observación y escucha, destapa las emociones en su tramo final. La comunidad se une para velar con karaoke y cervezas la memoria del muerto. Los cuerpos que habitan Putty Hill abandonan temporalmente su letargo e interactúan con complicidad y cariño. Una foto de Cory (descubrimos su físico por vez primera) preside la reunión, agridulce, sí, pero también liberadora.

Un canto improvisado ya había hecho acto de presencia durante una mágica y premonitoria secuencia previa. La ruta por carretera que nos conduce al final del filme (entre reflejos circulares y de colores causados por el tráfico nocturno) nos devuelve al principio, a las estancias vacías registradas por la cámara de una desastrada y abandonada vivienda, donde Cory vivía. Dos chicas del grupo se cuelan a través de una ventana y musitan palabras mientras sus siluetas se remarcan como sombras cuasifantasmales en mitad de la noche. Un pasillo y una cortina, un par de habitaciones desordenadas y escasamente amuebladas, el plano de una casa abandonada hace mucho tiempo… No importa tanto si Cory existió o no existió, si murió o no a raíz de una sobredosis provocada por alguna combinación fatídica de narcóticos, sino el poso de extrañamiento y los interrogantes abiertos que deja el hecho de poder perder a alguien próximo a quien, por alguna razón, apenas uno conoce. En ese punto del trayecto la frustrada reconstrucción ficcional ha posibilitado que la realidad de esos baltimorianos salga a flote.

[1] En el canal de Vimeo de Porterfield pueden verse varios screen tests (en 16 mm. y blanco y negro) con algunos de los actores no profesionales de Putty Hill. Uno puede apreciar en ellos el alto grado de naturalidad alcanzado por dicha propuesta.

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FICHA TÉCNICA
Dirección:
Matt Portefield
Guión: Matt Portefield, Jordan Mintzner
Dirección de fotografía: Jeremy Saulnier
Intérpretes:
Sky Ferreira, Zoe Vance, James Siebor Jr., Cody Ray, Dustin Ray
Montaje: Marc Vives
Producción:
Eric Bannat, Jordan Mintzner, Steve Holmgren, Joyce Kim
País y año de producción:
Estados Unidos, 2010

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