DocLisboa 2017, el documental como punto de partida

Crónica del festival DocLisboa 2017. Este texto es una versión extendida del publicado previamente en la página web de la revista Caimán Cuadernos de Cine.


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He visitado este festival en ocho ocasiones de las últimas diez años. El evento cultural ha ido cambiando en sus quince ediciones celebradas, evolucionando, de menos a más. Sin quitar ningun mérito a los que lo arrancaron y pusieron sus pilares (económicos, organitzativos, comunicativos) que hoy lo sustentan, fue unos años después que empezó a encontrar su sitio en el complicado y relleno mapa cinematográfico global. En mi opinión, concretamente, desde el 2011. Hoy en día el DocLisboa es un caleidoscopio que tiene el documental como punto de partida, para llegar a muchos otros rincones. Por él corre una misma idea frondosa y plural, la de entender el cine como herramienta de expresión cultural, pero no solo como culminación cinéfila (que también tiene mucho espacio en el festival) sino como punto de partida de lo humano, social y político. Además, es un motor de la rica producción cinematográfica portuguesa que, a pesar de recortes y situaciones administrativas límite, tiene una capacidad de producción y creación sensacional.

En estos años transcurridos el certamen se ha ido afirmando en la ciudad entendiendo el documental como palabra flexible y no encorsetada – actualmente se programan películas de carácter claramente ficcional en distintas secciones, saltando quizás por primera vez en todas estas ediciones la palabra documental sin paliativos – y abriendo el concepto festival desde las propuestas habituales (competición, retrospectivas, conferencias) hasta  secciones para jóvenes realizadores portugueses (Verdes Anos) o un laboratorio de desarrollo de proyectos (Arché, donde fui parte del jurado este año).

En este 2017 hubo temáticas transversales que aparecían por distintos lados de la programación. El de la discriminación racial fue uno de ellos, desde la memoria colonial portuguesa hasta el racismo presente en Estados Unidos. O canto do Ossomo, del realizador Silas Tiny, quien vuelve a su São Tomé e Príncipe natal donde apenas guarda recuerdo alguno, hasta la indagación obsesiva de Travis Wilkerson, Did you wonder who fired the gun?, sobre un crimen racista cometido por su abuelo. Ambos fueron trabajos interesantes, aunque el primero pecaba de inocencia, y el segundo llega a unos límites de narración personal rozando expresiones verbales algo paranoicas, lo que restaba fuerza a una investigación apasionante y una apuesta formal potente. También exponía una visión a partir de lo familiar Lee Anne Schmitt, con una de las mejores películas del festival, Purge this land, recorrido histórico de la resistencia antiracista en Estados Unidos. Este film tenía conexiones con otra película memorable (John Gianvito, Profit motive and the whispering wind). No es casual que todas tres (Tiny, Wilkerson, Schmitt) estén narradas desde la primera persona, otro eje transversal del festival.

La programación balancea entre apuestas cinematográficas valientes y otras películas pensadas para un público más amplio. De las primeras, por ejemplo el muy peculiar diario de un poeta-tuitero filmado en una minúscula habitación (Preferiría no hacerlo, Ileana Dell’unti). Un pequeño gran (auto)retrato sobre los problemas de la creación, el hecho de ser artista, la obsesión y los egos que emanan de ello, el miedo al papel en blanco, con algo de Barton Fink (Coen, 1991), de Pi (Aronofsky, 1998) y de poeta romántico con twitter y música. De las segundas, la amena Chjami è rispondi, del francés Alex Salvatori Sinz. En un planteamiemto ya clásico enfrenta a su padre a un duelo verbal (el título significa “preguntar y responder” y hace referencia a un juego tradicional), con las relaciones del pasado preparadas para desvestir, mezcladas con la idiosincrasia corsa. Las películas francesas brillaron en esta edición, como Also known as jihadi, de Eric Baudelaire, quien resigue sobrio y parco la ruta de un yihadista desde la banlieue hasta su detención y juicio, con aprehensivos momentos como cuando entra en Siria o huye por España. También el mediometraje Saule Marceu de Juliette Achard, acerca de su hermano, un joven granjero – cowboy intentando sobrevivir en un mundo económico devorador.

Otra película que resultó de las mejores que pude ver, dentro de la amplísima programación, fue Interior, de la colombiana Camila Rodríguez Triana. Narra las vidas que transcurren por un humilde hostal, en concreto, un cuarto del mismo, en Cali. Cada persona o grupo de personas que entra, queda retratada, observada, por una cámara distante, que es capaz de transmitir su relato, su estado, de donde viene y a donde va. Vidas complicadas, duras a menudo, encajadas en un esquema rígido pero a la vez voluble que permite trazar un lienzo poderoso. Recuerda los estratagemas habituales de Heddy Honigmann, pero en lugar de usar la entrevista como herramienta, aquí es un retrato observacional, con probablemente también (igual que la autora de origen peruano) una parte de intervención o autorepresentación.

El festival dedica cada año una retrospectiva íntegra a un gran nombre. Recayó esta vez en la cineasta checa, vanguardista, feminista y vetada por las autoridades, Věra Chytilová. Haciendo repaso de las ediciones anteriores, las retrospectivas (normalmente completas y con la presencia de los autores) del DocLisboa son un trabajo cinematográfico de largo recorrido y de gran nivel que pocos otros festivales de documental pueden presumir, si es que hay algun otro que pueda hacerlo: Peter Watkins (2016), Želimir Žilnik (2015), Johan Van der Keuken (2014), Chantal Akerman (2013), Alain Cavalier (2012), Harun Farocki (2011), Marcel Öphuls (2010), Jonas Mekas (2009), Frederick Wiseman (2008)… Por no hablar de las ricas secciones paralelas que de manera transversal hilvanan un tema como fue este año la titulada “Otra América: el singular cine del Quebec”, donde se profundizó con 66 títulos en este fecundo territorio del documental, proyectando autores pioneros del “direct cinema” (Michel Brault), vanguardistas (Arthur Lippsett) hasta la actualidad (Denis Coté, Dominic Gagnon).

Voy a decirlo!


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