La problemática de las salas de cine en Barcelona o lo que el viento se llevó

CAT / CAST

El número de salas de cine en Barcelona ya hace muchos años que va en descenso. En el año 2000 había 45 cines en activo. En 2010 había 33. Y actualmente quedan 23. Las salas, y especialmente las más céntricas, se han transformado en diversidad de negocios o se quedan en desuso durante años. Ante los retos de la mutación de las salas de exhibición cinematográfica ¿cabe la posibilidad de que existan políticas culturales capaces de revitalizar espacios cerrados en beneficio de la ciudadanía?

Actualitzación octubre 2020: quedan 20 cines en activo en Barcelona.

Fotografías: Blogs&Docs
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Segunda parte. ¿Y ahora qué?

¿Y ahora qué me vais a hacer?

Suponiendo el caso de que alguna autoridad política pensara que lo planteado anteriormente es una problemática y decidiera algun plan de acción cultural sobre esta (wishful thinking) primero habría que intentar aclarar hacia donde va la exhibición cinematográfica y, además, concretando en esta ciudad, que difiere de otras. No me veo capacitado de responder de manera acurada tamaña pregunta, ni con la ayuda de una bola de cristal, pero intentaré hacer alguna aproximación a grandes trazos.

Riqueza, pluralidad y sobreproducción

El cine hoy en día es amplísimo, es un abanico de múltiples posibilidades, y varios de sus caminos contemporáneos contienen una destacable riqueza creativa y de contenidos. Sus propuestas, pero, son tantas, que el espectador puede fácilmente perderse ante la saturación o asumir que no tiene tiempo para ver tal alud de proyectos siempre vendidos como imprescindibles. Además, este público ha disminuido claramente su asistencia en salas en España (2), lo que crea una fuerte paradoja: por ejemplo, los prestigiosos festivales de cine van repletos de nuevas películas cada pocos meses pero en contraste la gente acude menos a las salas. Es decir, muchos más títulos pero menos entradas vendidas, lo que fortalece la reducción del impacto del cine en la sociedad. Parece que buena parte de este cine se orienta cada vez más hacia nichos socioculturales delimitados, y/o hacia otras formas de consumo audiovisual fuera de la sala.

¿Qué hacer frente a esta riqueza, que a la vez es sobreproducción, y un público que puede tener dificultades para saber qué ocurre? Crear caminos de orientación, de difusión y aproximación de contenidos, intentando atraer nuevos públicos, junto a una programación acurada que haga balanza entre la calidad y la cantidad, así como no rechazar las nuevas formas de visionado, sería en mi opinión una posible respuesta.

Imágenes de todos

Estuve trabajando un año en Zumzeig, picando piedra a diario, y de lo que más me sorprendió fue la cantidad de personas y colectivos que tenían sus propios proyectos audiovisuales junto a una gran ilusión por proyectarlos en sala y hacer convocatoria. Un sinfín de propuestas, nuevamente una sobreproducción. Es algo que ya sabía – la gente ha tomado las imágenes, necesita expresarse, representar sus colectivos, sus ideas, y tienen los conocimientos y el material para hacerlo fuera del circuito industrial – pero lo constaté de manera fehaciente. El poder del cineasta, como concepto de demiurgo, pierde terreno año a año, y las imágenes empiezan a ser creadas por todos. Ofrecer espacios de visibilidad a esas imágenes emanadas del propio público genera espectadores, aquellos que quizás ya no van con frecuencia a la sala, pero se sienten cercanos al cine y el audiovisual creados por su propio entorno social.

El “vídeo a la carta” y el “cine – evento”

Después de varios años el “vídeo a la carta” (VOD) empieza a ser en el país un proyecto sólido, siendo la empresa (precisamente) barcelonesa Filmin quien ha abierto más camino. ¿Esta será la ruta a seguir? ¿El visionado de películas online a la carta, con muchas plataformas y canales por elegir, acabará eliminando las salas de cine? Creo que tal afirmación sería una visión exagerada de lo que acontece pero es indiscutible que es una tendencia muy importante. Quizás el cine tenderá a verse en una inmensa e infinita biblioteca online, en un concepto similar a como lo son ahora las bibliotecas municipales o algunas grandes plataformas musicales de internet. Un casi infinito espacio de consulta y visionado. Aunque eso no implique de manera directa la erradicación de las salas, sí que forma parte de sus transformaciones en un futuro no muy lejano.

Es sabido en el sector que la fórmula que funciona cada vez más en salas es lo que podemos llamar “cine – evento”. Si por un lado se pierde la costumbre de ir al cine y se está más cómodo en casa eligiendo un montón de películas, por otro surge un “efecto llamada” a alguna sesión concreta que contiene algo diferente a una sesión normal (un estreno, la presencia del director, algun actor, un coloquio, un piscolabis, etc.). Un trabajo de convocatoria específica puede tener un muy buen éxito para esa sesión e incluso las siguientes del mismo film. Hay que tener en cuenta que, de nuevo, existe una paradoja troncal: la industria de la exhibición no está pensada para ser sostenible con “sesiones eventos”, ya que sus ingresos son la suma del degoteo diario de espectadores. Además de que gestionarlos requiere de esfuerzos extra para las empresas fuera del funcionamiento ordinario de exhibición.

¿Dotar de una actividad cultural pública a los espacios culturales privados abandonados?

Teniendo presentes estos tres ejes (y algunos vectores más que aquí no me caben y otros que seguro se me escapan), ¿tendría sentido un proyecto de sala de cine pública en Barcelona? Quizás una sala (o más) gestionada de manera pública, sin ánimo de lucro, podría servir para mostrar todo tipo de proyectos y ofrecerlos a precios populares o gratuitos, para revitalizar la asistencia de público a las salas del cine y generar nuevos espectadores. Podría ser útil también para los muchos festivales y muestras de la ciudad, para ofrecer un cine que no hiciera competencia al cine comercial, para ofrecer una diversidad de propuestas que no tienen visibilidad… Desmárcandose a la vez de la Filmoteca, que se debe a la Generalitat, y buscando su propia identidad como sala de l’Ajuntament. Son tantas las ideas que podrían surgir que evocar solo algunas aquí es poco útil. En el segundo año de este gobierno municipal (2016), hubo algun intento embrionario de mejorar la relación entre la ciudadanía y el acceso a la cultura cinematográfica y audiovisual, pero por ahora quedó parado. (3)

Teniendo presente la lista de salas abandonadas durante años, la desaparición de las salas comerciales que son devoradas por el capitalismo y el turismo, así como la idosincracia de los posibles futuros de la exhibición cinematográfica, ¿tendría sentido una acción de políticas públicas para compensar la desequilibrada balanza entre la mercantilización cultural y la difusión cultural? ¿Se podría de esta manera mejorar la exhibición de cine en la ciudad a la vez que fomentar la cultura entre la ciudadanía? ¿Se podría negociar con alguno de los propietarios de estas salas cerradas para que cedieran o alquilasen el espacio, y en lugar de estar cerrado en penumbras durante décadas, fuese revitalizado por los habitantes de esta ciudad?

“Somos testimonios de primera mano de que el gran dinamismo cultural de la ciudad se debe más al entusiasmo y esfuerzo de unos cuantos activistas apasionados que no del resultado de unas políticas públicas o el apoyo institucional”. Una frase lapidaria que dejaron escrita los compañeros de la mítica agenda cultural barcelonesa Butxaca… cuando cerraron a principios de este año 2018.

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(2) Para un debate e información sobre salas de cine y comportamiento de los espectadores en Francia y otros países, Les métiers de la programmation. L’évolution des publics et des salles, Mesa  redonda Videádoc, París, 22.3.16.

(3) Plan de Culturas 2016. Oficina Técnica Ajuntament de Barcelona, mayo 2016.

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