DocsBarcelona 2011

DocsBarcelona se celebró el pasado mes de febrero y, en plena crisis de la economía española, creció en proyecciones y público. El festival se abrió a nuevos caminos (competitivo por primera vez, nuevas secciones, concursos por la red) y mantuvo los habituales, con el Pitching Forum y con Peter Greenaway como invitado especial, con un balance general más que satisfactorio.


    Post2PDF
Inicio   1 2

A Finisterrae, una de las nuevas secciones incorporadas en el festival, se le agradece la aportación de obras poco convencionales, arriesgadas y experimentales que exploran  formas distintas de acercarnos la realidad, contribuyendo así a hacer visible lo que pocas veces tenemos oportunidad de ver. Esta sección tuvo una buena respuesta del público, en alguna sesión con gente en el suelo,  la presencia de algunos de los directores como Harun Farocki y Oliver Laxe también fue parte de su éxito. El hecho de que dos de sus películas estuvieran entre las  obras premiadas del festival constituye la mejor prueba de su favorable recepción. Además, lo que dijo en la rueda de prensa Félix Riera, del ICIC (Instituto Catalán de las Industrias Culturales), encaja perfectamente con lo que ofrece esta sección: “El festival quiere pensar en el documental desde otras perspectivas y explorar las fronteras del género, y la Industria necesita creación” (si la creación necesita a la Industria ya es otro debate).

Immersion (2009) de Farocki gira en torno a las terapias pensadas para los soldados norteamericanos tras su paso por la guerra. Se trata de terapias basadas en videojuegos en 3D. El mismo director explicó tras la película que cuando se les propone a los soldados seguir un tratamiento tradicional como el que puede ofrecer un psicoanalista o un psicólogo, el rechazo es absoluto. No obstante, cuando se les plantea tratar el problema a través de videojuegos, su aceptación es inmediata, lo cual dice mucho sobre cómo se ve y se vive en Occidente hoy en día algo tan devastador como una guerra. La película tiene algo de caja de muñecas rusas, en tanto que va destapando una capa tras otra, y cuando parece que se ha llegado el final, nos sorprende con una última vuelta de tuerca dejándonos con un desenlace inesperado. No sólo se desdibujan las fronteras entre la realidad y el mundo virtual, sino también, dentro del mismo documental, entre lo que parece (un soldado traumatizado y sufriendo) y lo que es (un role play en un taller a un grupo de psicólogos). El espectador acaba por fundir y confundir todos estos elementos, lo que nos hace plantearnos hasta dónde alcanza el delirio (o la autodefensa), y si los soldados acaban viendo y viviendo un videojuego cuando lo que realmente están haciendo es participar en una guerra, salvando las distancias entre los realizadores, podría ser comparable a las imágenes que muestra el Fahrenheit 9/11 de Moore, en las que se ve a los militares estadounidenses escuchando “Die Motherfucker… Die!” mientras avanzan en un tanque en Irak. En este sentido, el director aporta un comentario muy interesante cuando dice que esas imágenes virtuales de los videojuegos recreando la guerra serán en un futuro el equivalente de lo que hoy son las imágenes de archivo de la Segunda Guerra Mundial. Resulta extraño que en el momento en el que tenemos al alcance la tecnología más avanzada para poder reproducir la realidad de la forma más fidedigna que ha habido hasta ahora, acabemos por mostrar imágenes virtuales a los que vienen detrás para enseñarles lo que es la guerra. Algo parecido sucede con los espectadores, ¿hasta qué punto el público ha entendido que no estamos viendo a un soldado? Por la primera pregunta que lanza Farocki a la audiencia (“¿Habéis entendido que se trata de un role play?”), deducimos que más de una persona habrá dado por hecho que estaba presenciando una terapia real.

En esta sección también estaba incluida Dear Steve (2010) del artista belga Herman Asselberghs, una película que no puede dejar indiferente a quien la vea (en cualquier caso,  el espectador puede salir cabreado, desconcertado o confuso), y que debería ser de visionado obligatorio para todos aquellos que hacen colas con el único objetivo de ser los primeros en adquirir el último modelo de lo que sea que Apple decida poner a la venta. Es una pieza provocadora que hace que no volvamos a mirar igual ni a nuestro ordenador ni al que se considera uno de los gurús occidentales del siglo XXI, Steve Jobs. Fue hipnótico observar a alguien desmontar literal y metafóricamente un Mac portátil hasta reducirlo a un grupo de piezas diminutas que por sí mismas carecen de todo sentido, despojándolo así de cualquier significado que podamos atribuirle. El enorme poder del diseño y toda la parafernalia que lo acompaña van perdiendo fuerza progresivamente a medida que el realizador desarma (en el más amplio sentido del término) paciente, meticulosa y desapasionadamente el aparato, colocando ordenadamente cada trozo que libera encima de la mesa.  Curiosamente, esa frialdad centroeuropea es la que hace que el ataque sea mucho más incisivo y potente.

La carta dirigida a Jobs acaba por completar el monumental destrozo, convirtiendo a la manzana mordida en manzana podrida. Se trata de un texto leído por una voz en off tranquila que sin embargo logra expresar mucha ironía, rabia contenida y gran cantidad de datos (que, si quieren ser completamente asimilados, solicitan un segundo visionado), poniendo así en duda el papel de uno de los hombres más idolatrados del planeta y evidenciando el enorme margen que hay detrás de cada uno de los productos que vende. Después de estar sumergido en este proceso durante los 45 minutos que dura la película y de comprobar que lo que subyace bajo tanta sofisticación es la nada en su más violenta manifestación, se impone una reflexión que va más allá de Apple y de Steve Jobs, y que tiene que ver con la dictadura de las nuevas tecnologías, con el bombardeo publicitario, con la supuesta necesidad de poseer una serie de aparatos que hemos acabado por considerar imprescindibles, y con lo inconsecuentes que somos la mayoría, incluyendo a la que escribe este artículo en un Mac y a los responsables del documental, realizado con un Mac, por supuesto. Dear Steve es todo un manifiesto político.

Otra de las obras incluidas en Finisterrae fue Todos vós sodes capitáns (2010). Premio Frispesci para la mejor película en La Quincena de Realizadores del festival de Cannes 2010 y premio TV3 Nou Talent en el DocsBarcelona de este año, Laxe mezcla documental y ficción, y alude a varios temas relacionados con el mundo cinematográfico como forma de expresión artística: la fracturación del orden, la parte autorreferencial del arte o la prioridad de las metas (del director) en detrimento de los medios (los niños) para alcanzarlas. De modo tangencial y poco convencional, el director toca temas que van desde la postura colonizadora de los europeos que visitamos África hasta el tópico del “blanco europeo malo” (papel que él mismo adopta en la película). Por otro lado, no sólo es consciente de la inadaptación de los protagonistas de su obra, sino que además, la comparte. Sin embargo, Laxe aparta el foco de atención de las condiciones en las que viven los niños (como expresó lúcidamente después de la sesión, “la ayuda es deshonesta”), interesándole mucho más el proceso creativo de la película (dentro y fuera de ella), un proceso en el que todos los participantes colaboran de una manera u otra. A través de esta construcción logra acercarnos no sólo a la realidad que los rodea, sino también a parte de su intimidad. En este caso, y ése es uno de los elementos más interesantes de la película, el proceso creativo no es el camino que se ha seguido para llegar hasta el resultado final, sino que constituye el resultado final en sí mismo. No se halla escondido detrás de lo visible, es lo que vemos. Y en este desarrollo se ven formuladas esas preguntas que acompañan a cualquier manifestación artística relacionadas con la búsqueda de lo que nos ha impulsado, de la motivación, de la estética y no tanto de lo que se quiere expresar. El ‘por qué’ antes del ‘para qué’.

Aparte del cine dentro del cine, y de la relación que se establece entre el sujeto y la cámara, también están presentes la pasión, la magia y el descubrimiento. En la sesión posterior de preguntas y respuestas, el director explicó por ejemplo que los niños, aunque fueran conscientes de que no estaban grabando nada, continuaban mirando fascinados por el visor tratando de buscar un encuadre que descontextualizara la realidad en la que ellos habían escogido centrar su mirada. Rodada en blanco y negro y en 35 mm, ausencia total de música acertadamente, el tempo pausado de la obra encaja perfectamente con su estructura y con las idílicas imágenes que ofrece de Marruecos, desde los paisajes rurales hasta las estrechas calles de Tánger.

Por último, Véréna Paravel y J.P. Sniadecki son los responsables de Foreign Parts (2010), que se alzó, merecidamente, con el premio Docs Barcelona a la Mejor Película. En ella, los realizadores apuestan por mostrar una parte de la sociedad norteamericana que tiende a ocultarse porque es precaria y gris (color que queda reflejado también en la película), y porque se halla muy lejos de la imagen idílica de opulencia y bienestar con la que nos bombardea de forma cansina gran parte de la industria audiovisual. El dedo en la llaga resulta todavía más lacerante al tratarse de Nueva York, donde supuestamente todo es posible, reina la mentalidad más abierta de EEUU y todos son bienvenidos. Esto lo consiguen a través de un retrato de corte observacional, rodado con gran sensibilidad y sentido poético, de una comunidad de inmigrantes que vive del desguace de piezas automovilísticas en la poco célebre zona de Willets Point, en el distrito de Queens, el más extenso de la ciudad.

Los personajes (algunos con ciertas reminiscencias a los creados en The Wire) son presentados de forma cruda y descarnada, sin adorno alguno. La acción podría desarrollarse en el escenario de un teatro, moviéndose los protagonistas de la obra en un espacio cerrado y delimitado, cuyas fronteras parecen no poder traspasar, dando la sensación de que allí nacieron, viven y morirán. Bajo el manto de fragilidad, desarraigo y singularidad que los cubre, se intuye una solidez y un sentido grupal que tiene mucho que ver con lo que les une a todos ellos: las condiciones inestables y de pobreza en las que sobreviven así como su desprotección frente al inminente derribo de la zona, que el Ayuntamiento pretende disfrazar para convertirla en una falsa prolongación del resto de la gran manzana, llenándola de más centros comerciales y más edificios de oficinas. Las enormes máquinas que vemos machacando a los coches constituyen el equivalente de lo que va a sucederle a este mundo marginal. Otro elemento presente es el del reciclaje y la utilización de piezas útiles acopladas en un todo inservible. La motivación (económica o ecológica) no es en este caso determinante. La cuestión representa otra parte del espejo en el que se refleja el modo en que vivimos en Occidente. Cuando una parte del conjunto se rompe, se elimina también el resto de partes que siguen funcionando. No se trata de un retrato victimista sino cercano y honesto. Hay lugar para el sentido del humor, la belleza y las celebraciones, pero se percibe un aire de amargura, tristeza, resignación e impotencia en los rostros de los protagonistas. Las instituciones, los medios de comunicación, el sistema capitalista y la sociedad “desarrollada” de Nueva York viven de espaldas a ellos. La prueba palpable de que el sueño americano hace tiempo que ha pasado a convertirse en otro falso mito.

Aparte de estas dos nuevas secciones, destacar también la maravillosa oportunidad de poder ver en una sala de cine tres clásicos como Nuit et brouillard (Alain Resnais), Le sang des bêtes (Georges Franju) y À propos de Nice (Jean Vigo). Todas ellas fueron presentadas por Greenaway (con su marcado estilo británico, excéntrico y  egocéntrico), que recordó la frase de Baudelaire “Yo te golpearé sin odio, sin cólera”, a propósito de la película de Franju. Las tres parecen un retrato de la brutalidad del ser humano, desde la ceguera voluntaria de la alta sociedad que disfruta de su ocio en Niza indiferente y ajena al resto del mundo, hasta el horror vivido en los campos de concentración o la matanza salvaje de animales magistralmente filmada. Interesantes fueron también películas como Cuchillo de Palo (2010), de Renate Costa, sobre el enfrentamiento generacional y los abusos sufridos por los homosexuales durante la dictadura paraguaya de Stroessner, o La ciudad de los signos (2009), de Samuel Alarcón, que a raíz de unas supuestas psicofonías en Pompeya reproduciendo un diálogo entre Ingrid Bergman y George Sanders en Viaggio in Italia, nos conduce a un viaje metafísico y estético por los distintos escenarios escogidos por el gran Roberto Rossellini para rodar sus obras. Los hombres desnudos física y emocionalmente de Steam of Life (2010), de Joonas Berghäll y Mika Hatakainen, y la argentina El Ambulante (2010), de Eduardo de Serna, Lucas Marcheggiano y Adriana Yurcovich (premio del Público) aportaron una nota tragicómica mientras que El edificio de los chilenos (2010), de Macarena Aguiló y Susana Foxley logró llevarse el premio Teens & Docs con la controvertida historia de los padres que abandonaron a sus hijos para poder luchar contra la dictadura.

Inicio   1 2

Un Comentario

  1. Un aviso importante: El festival Encuentros del Otro Cine EDOC se realiza hace 10 años en 6 Ciudades del Ecuador, es a mi parecer el mejor festival de Documentales en Latinoamerica,traemos 15 mil espectadores (contados mediante auditoría externa) este año es nuestro cumplaños y tendremos varias de las películas que han pasado por Barcelona, este esfuerzo ha permitido que vengan los mas importantes directores del mundo a Quito y de paso nuestro presupuesto es minimo!
    Esto lo digo para que vuestra revista sea una vitrina de lo que sucederá en Mayo.
    Abrazos

SUSCRIPCIÓN

Suscribirse a la newsletter

Redes sociales y canales de vídeo

  • Facebook
  • Twitter
  • Vimeo
  • ETIQUETAS

    ARCHIVO