Punto de Vista 2011. Menos es más

Concentrado en días y espacios. Expandiendo su capacidad de convocatoria y de plantear debates en torno al documental. El cuestionamiento de las miradas tradicionales, la mirada del otro/a como elemento de insurrección, fue una de las claves el festival planteó a través de sus ciclos temáticos en una edición, en la que brillaron las sesiones especiales comisariadas por Gabe Klinger y Ben Russell.


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Menos es más. El brillante lema de la arquitectura moderna, actualmente convertido en manido eslogan de revista de tendencias, bien nos puede servir para caracterizar en un primer lugar la última edición del Festival Punto de Vista, que tuvo lugar en Pamplona entre el 22 y el 27 de febrero. Una edición, la séptima, donde la reducción de días y de sedes no repercutió de manera  negativa en la experiencia del festival, sino más bien todo lo contrario, ya que se hizo más cómodo, y más intenso, con la concentración temporal y espacial. Una intensidad que quizás venía también marcada por la explosión que el festival parece haber tenido a nivel de público, pasando de las salas semivacías de determinados días a haber (por primera vez que yo haya visto) verdaderos problemas para conseguir entradas para algunas sesiones. Un ambiente creciente, tanto a nivel de audiencia local como de público desplazado (y especializado), que reafirma Punto de Vista como un gran punto de encuentro de aquellos que siguen con interés las derivas menos normativas de la no-ficción contemporánea.

Políticas caníbales

Señalábamos el año pasado en nuestra crónica el acierto que había sido apostar por un cambio tranquilo en el festival, que con el cambio de dirección se dedicaba a realizar pequeñas variaciones sin modificar de manera sustancial el espíritu que lo había definido. Pequeñas variantes que este año parecen dejar su marca sobre todo en los dos ciclos temáticos, Lo personal es político y Tupi or not Tupi, que rompían con la retrospectiva dedicada a un cineasta en concreto. El primero, comisariado por Elena Oroz y Sophie Mayer, examinaba unas cuantas décadas de prácticas feministas en torno al documental, que se dedicaron a subvertir las imágenes creadas por el cine dominante, introducir nuevos temas y nuevas maneras de filmar, siendo decisivas en el llamado giro subjetivo que ha tenido el documental en época reciente. El segundo partía de la crítica poscolonial para delimitar una serie de prácticas subversivas en su uso del humor, del carnaval como modo de reinterpretación de las diferencias raciales o genéricas, pero también de desestabilización de los géneros clásicos del documental.

En ambos casos, lo que aparece es un balance de una serie de problemáticas (la mirada del “otro” como elemento de insurrección, fundamentalmente) que han marcado de forma profunda la reflexión sobre el documental en los últimos casi 30 años, sin que por aquí en muchos casos nos hayamos enterado demasiado. En ese sentido, los dos ciclos servían para recuperar unos cuantos clásicos muy discutidos en el terreno académico, pero por desgracia muy poco vistos en España, como es el caso de Daughter Rite (Michelle Citron, 1978), History and memory (Réa Tajiri, 1992) o First Contact (Bob Connolly/Robin Anderson, 1982).

El ciclo sobre feminismo y documental quizás pecaba de una cierta irregularidad debido a una voluntad de representatividad quizás excesiva, pero aún así nos dejó unas cuantas experiencias bastante sugerentes. Como poder visionar al fin Daughter Rite, donde Michelle Citron realiza una auténtica agresión contra el canon del cine directo y sobre un espectador que recibe una descarga de rabia acumulada por la cineasta contra la forma en que se configura la identidad femenina, asociada en la película a los filmes familiares y al territorio de lo doméstico. O recuperar History and memory, filme clave por la forma en que relee la historia desde la vivencia personal como única forma de dar sentido a un hecho ocultado, reprimido, como lo es la persecución de los japoneses en los EUA a partir del ataque a Pearl Harbor. Filme que mezcla de manera ejemplar materiales de archivo con una voz en off que nos habla siempre desde el yo, reviviendo el recuerdo materno para realizar una contra-historia de alto nivel emocional. También cabe destacar obras como Girl Power (1992), donde Sadie Benning se filma a sí misma en una expresivo grito de rebelión, o el examen que hace Akosua Adoma Owusu del lenguaje del cuerpo, el vestuario y el pelo de las mujeres africanas en Me Broni ba / My white baby (2008), confrontados al lenguaje estandarizado del canon occidental.

Pero quizás el mayor cuerpo extraño de todo el ciclo era Adynata (1983), de la cineasta experimental Leslie Thornton. Filme alegórico, huidizo, que identifica la imagen femenina con lo oriental, y que trabaja la imagen con todo tipo de texturas, donde la naturaleza convive con motivos pictóricos orientalistas o con la misteriosa presencia de cuerpos fragmentados. Hipertrofia de signos que forma un torbellino de imágenes donde se vislumbra el espíritu combativo de una cineasta sin duda a redescubrir.

Antropofagia, canibalismo cultural, carnaval. Estos eran los puntos claves del otro ciclo temático de Punto de Vista que, como contaban sus programadores a unos compañeros partía del conocido filme de Dennis O’Rourke, Cannibal Tours (1988) (1). De hecho, podríamos pensar en este como filme que parece contener las raícess del resto del ciclo. Por ejemplo, en la ruptura de los roles habituales, en este caso en cuanto a la relación colonizador/colonizado, o en el uso el humor como catarsis, como elemento de subversión de la lógica civilizadora y de la mirada occidental, que nos permite reírnos cínicamente de nuestras propias prácticas culturales. En esa inversión de la figura del colonizado, inserto ya de manera irremediable en el circuito de la lógica capitalista, no podemos dejar de ver la continuación décadas después de aquello que criticaban lúcidamente Marker y Resnais en Les statues meurent aussi (1952), pero ya sin esa perspectiva esencialista sobre el arte “primitivo” y la cultura negra que existía en la película francesa. Cannibal tours también resuena en las imágenes de First contact, y no sólo por la presencia de Dennis O’Rourke en ambas películas. Sino porque el filme de Connolly y Anderson produce, a pesar de una estética televisiva un tanto molesta, uno de los más profundos exámenes de la lógica colonizadora que se puede ver en una pantalla de cine. Recuperación de celuloides antiguos que nos enseñan lo nunca visto, una especie de grado cero del mundo colonial, un primer encuentro entre culturas, en donde la risa se hiela en los labios ante lo terrible de la situación. Una crónica en imágenes mudas de la explotación más salvaje, que no deja de redoblarse por los comentarios satisfechos de los “descubridores” que vuelven a mirar ese documento de barbarie.

Los protagonistas de Agarrando pueblo serían otros creadores de documentos de barbarie. La ficción de Carlos Mayolo y Luis Ospina nos sitúa entre los exploradores de la miseria, con unos documentalistas que se aprovechan de la pobreza de un país para sus propios intereses como cineastas. La porno-miseria como objeto de compra-venta, en un filme que con espíritu “punk” desmonta los mecanismos ocultos de la imagen observacional, de esa que se dice objetiva, no controlada. En último término, el fake como género no domesticado, que no se queda en el afán metalingüístico, sino que desmonta políticamente el documental, y que aprovecha las posibilidades de la invención para poner en pie una película histérica y extremadamente divertida. Algo parecido ocurre en Triste trópico (1974), filme brasileño donde Arthur Omar realiza un delirante entrecruzamiento de referencias culturales. Hibridismo entre vanguardia y popular, en el mejor ejemplo de la antropofagia brasileña, que sirve para desarrollar una ficción política sobre el mesianismo, la religión y las derivas surrealistas. Todo ello con una notable libertad formal, basada en el reciclaje de todo tipo de materiales que le pasan por las manos, en un filme que no parece detenerse nunca para tomar aire, dejando exhausto al espectador.

Filmes del exceso, del descontrol, aunque quizás la película que iba más lejos en la desestabilización de las posiciones habituales era Symbiopsychotaxiplam take 1 (1968). En ella William Greaves trata de romper con la figura autoritaria del director de cine. Planteando situaciones imposibles, el equipo se revela y parece tomar el mando de un filme que se abre desde su núcleo para dar lugar a la filmación de una experiencia colectiva, no controlada, y por ello especialmente sugerente. En todo caso, lo que estos ciclos nos plantean es una visión claramente política de la programación, donde lo que interesa es plantear preguntar, recuperar o abrir debates, para en definitiva tener que repensar nuestra posición al ver, hacer o escribir sobre cine.

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