Punto de Vista 2011. Menos es más

Concentrado en días y espacios. Expandiendo su capacidad de convocatoria y de plantear debates en torno al documental. El cuestionamiento de las miradas tradicionales, la mirada del otro/a como elemento de insurrección, fue una de las claves el festival planteó a través de sus ciclos temáticos en una edición, en la que brillaron las sesiones especiales comisariadas por Gabe Klinger y Ben Russell.


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Sección oficial

Una película de la sección oficial, Erie (Kevin J. Everson, 2010), también nos recordaba a eses filmes de pocos y largos planos que tanto abundaron el año anterior en el festival. En este caso, el filme norteamericano planteaba una historia elíptica sobre la vida de la comunidad negra. 8 planos de gran belleza, en 16 mm., que jugaban a plantear diferentes ritmos al espectador, desde la pasividad absoluta de la niña que mira la vela a los movimientos circulares entre los ensayos de una cantante solista y un grupo de breakdance. Y al final, una sensación, la de que estos nunca llegaban a formar un conjunto coherente, que funcionase como tal, que había demasiada distancia entre ellos, y que a pesar de su indiscutible belleza estética, estos eran demasiado artificiales, no acababan de respirar y darle aire a una película un tanto momificada en su voluntad de estilo. Justo lo contrario que ocurría en un filme como Ici-bas (2010), del armenio afincado en Bélgica Comes Chabazhian. Retrato de la ciudad de Ereván, en lo que es una vuelta al lugar natal, Ici-bas es una película impresionista, que también juega con una estructura elíptica, en la que en ningún momento parece formalizarse un tema, más allá de la captación de pequeños momentos de vida. Eso si, lo que en Erie era un interés por el cuadro de conjunto (aislado en si mismo), aquí lo es por los detalles, por pequeñas sensaciones. Filme complejo, que insinúa más que muestra, que como el del norteamericano se podría caracterizar como un filme-iceberg, que solo deja ver un pequeña parte de su composición, pero que en este caso anima a la interrogación, a querer descubrir ese bloque de hielo que se transparenta por entre sus junturas, donde se adivina tanto el plano emocional como el contenido político, asociado a la memoria de un lugar.

De fragmentos también se componen los filmes de Ion de Sosa y Andrés Duque, que en curiosa coincidencia parecían venir a proponer propuestas de vídeo-diario claramente heterodoxas. En la película de Duque, Color perro que huye (2010), asistimos a un complejo collage de fragmentos encontrados aquí y allá, bien filmados, bien recuperados de otros medios. Desde películas hasta video-chats, estos hacen buena la idea de Jonas Mekas de tratar el material propio como si fuera de otro, o quizás dándole la vuelta, utilizar los materiales ajenos como si fueran propios. De hecho, la labor de Duque parece la del bricoleur descrito por Lévis-Strauss, o quizás la de un coleccionista de imágenes, de momentos vividos o encontrados, que el venezolano yuxtapone sin seguir una línea clara de hacia donde va. Lo que para muchos puede ser su mayor defecto para mi se convierte en su mayor virtud, por cómo esa cierta aleatoriedad le proporciona a Duque la oportunidad de liberarse de todo tipo de ataduras a la hora de plantear una película que cambia de tono con una facilidad asombrosa y que consigue llevar al espectador que acepte el pacto por un carrusel de sensaciones diferentes y siempre en movimiento.

El filme de Ion de Sosa, True Love, está, en cambio, mucho más pensado. Una estructura perfectamente pautada marca la ausencia y el ritmo de los días que pasan, mientras una serie de escenas nos muestran el deterioro de ese amor verdadero que señala el título. Lo más interesante del filme nos parece la ironía que subyace a lo largo del metraje. Desde el título, hasta esa forma de jugar con las formas canónicas del diario, como en esa filmación de la colonoscopia del protagonista, una forma curiosa de meterse (literalmente) en el interior del protagonista, o la reelaboración de las escenas, que nos hace juguetear con la ficción, con el recuerdo recreado y la puesto en escena. Aún con sus irregularidades y sus excesos de exhibicionismo algo ñoño, el filme se configura como una propuesta interesante, y que sin duda puede abrir nuevos caminos de trabajo en el panorama documental español.

También hay vidas contadas en el filme de Noëlle Pujol, Historie racontée par Jean Dougnac (2010), aunque en este caso es la vida de otro diferente al cineasta. Una sola toma, y un monólogo verborreico al que quedamos atados por la capacidad de transmisión del viejo protagonista, y por la relación personal que consigue anudar con la cineasta, sobrina suya, y cuya historia nos acaba contando de alguna manera. Otra manera de trabajar el testimonio la encontramos en 48 (2009), el magnífico filme de Susana de Sousa. En este caso, este viene a llenar lo que la imagen no nos cuenta con escalofriantes historias del subsuelo de la dictadura de Salazar. Filme que se enfrente, una vez más, a la paradoja de contar lo que no se puede poner en imagen, y que lo hace con una gran potencia al valerse de las fotos policiales. Fotos que marcan un momento, que dirigen los testimonios de unas personas que parecen monologar, que entran en una clara dimensión introspectiva. Una sensación que el filme se ocupa en crear a través de la solemnidad de esos rostros del pasado que interrogamos (¿cómo serán ahora las personas que nos hablan detrás de ellos?), que no dejan de cambiar en sus matices de blanco y negro, que aparecen como si viniesen de la oscuridad y se volviesen a sumir otra vez en ella. Pero sobre todo a partir de un trabajo ejemplar con la banda sonora. Una banda sonora que recrea el espacio, que nos sitúa, que da profundidad a la película, y que es capaz de registrar las vacilaciones, los silencios, creando una cadencia que nos transmite perfectamente el sentimiento del que habla.

En otro lado se sitúa otro de los mejores trabajos de la sección oficial, la a la postre ganadora Foreign Parts (2010), de J.P. Sniadecki y Véréna Pavel, un conmovedor retrato de una zona industrial en los márgenes de Nueva York. En este, como en su anterior película, Demolition (2008), lo que impresiona es la capacidad de la cámara de Sniadecki (en este caso acompañado por Pavel) para hacer la película con los personajes que filma, de modo que estos en muchos momentos parecen dirigir la acción o deciden que es lo que se filma o no. Películas que parten del espacio público para acercarse a unos personajes que se adueñan del encuadre, que lo modulan y convierten el filme en una especie de intercambio que, para variar, parece relativamente equilibrado. Filmes políticos, en fin, en cuanto nos relatan los movimientos de población creados por la especulación urbanística, y con ellos las relaciones que se tejen y se destejen entre sus protagonistas. También fuertemente político es el acercamiento de Duncan Campbell en Make it new John (2010) las crisis del capitalismo industrial. Un filme que indaga en los valores del consumismo, a través de un filme libre en el uso de materiales, que comienza como un brillante ejercicio de metraje encontrado para derivar hacia el montaje de largos documentos que ilustran la decadencia de esa empresa vendedora de sueños, metiendo el dedo en la llaga de manera muy directa.

En resumen, a diferencia del año pasado, donde había un buen número de filmes que no cumplían las expectativas, este año la sección oficial de Punto de Vista mantiene un nivel medio bastante notable, con excepciones como esa cursi mezcla de Gondry con retazos de la poética de Daniel Johnston que es Gravity was everywhere back then (Brent Green, 2010). O también una sección de cortometrajes que no dio grandes filmes, aunque si algunos apreciables, como el de Alan Berliner, Translating Edwin Honig: A poet’s Alzheimer (2010), por cómo se acerca sin prejuicios al Alzheimer para componer un sensible retrato de un poeta que aún conserva el ritmo y la rima en sus palabras. Más allá, estaban la simpática El maná (Juan Carrascal, 2010), o el filme de Jeanne Liotta, Crosswalk (2010), que en su elaborado montaje de los rituales católicos de los habitantes de una zona de Nueva York, no acababa de ser capaz de rasgar la superficie de esas coreografías urbanas, por otro lado, bellamente filmadas. En definitiva, un festival que año a año se confirma como una cita ineludible, y que no deja de buscar fuera de los terrenos que ya ha explorado, caminando con fuerza hacia delante.

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