El hundimiento de la Casa Usher

Versus acaba de editar en nuestro país, en una suculenta edición especial en DVD, El hundimiento de la casa Usher (1928) de Jean Epstein, uno de los films rítmica, plástica y dramáticamente más bellos de todo el cine mudo. La edición, que incluye otras dos de sus obras maestras, El espejo de las tres caras (1927) y El domador de tempestades (1947), recupera así la figura de este precoz teórico e infatigable experimentador.


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Según André Bazin, y como corolario del cine “transparente” defendido por él, los cineastas pueden dividirse en dos clases: aquellos que creen en la realidad y aquellos otros que creen en la imagen. Una disyunción surgida desde los mismos orígenes del cine: Lumière y Méliès… Sin embargo, en el caso de Jean Epstein esta separación parece de pronto menos irreconciliable. ¿De qué lado situar al autor de El hundimiento de la Casa Usher (La chute de la maison Usher, 1928)? ¿Alinearlo, como precursor de un cierto neorrealismo, el de Finis Terrae (1929) ─más allá de su importantísima labor como documentalista─, del lado de la realidad o, al contrario, dejarnos seducir por su vertiente de vanguardia, por la sensualidad visual repleta de modernidad de El espejo de las tres caras (Le Glace à trois faces, 1927)? Esa reconciliación entre realidad y mise en scène, se produce, como en el caso de un Godard, por ejemplo, de la mano de sus escritos teóricos sobre el cine. No solo resulta sorprendente la obra teórica de Epstein ─de la que el libreto incluido en el DVD recoge tres textos, en traducción de Manuel Asín─ por su carácter pionero, sino, como han señalado Burch y Fieschi (1), sobre todo porque la distancia de ésta respecto a la praxis cinematográfica propuesta por el autor es la más corta de entre sus contemporáneos de la “Primera Ola”. Así, la aparente diversidad de su obra, esa heterogeneidad de géneros y estilos (por otra parte, también muy representativa de las obras de Marcel L’Herbier y Germaine Dulac) lejos de representar un defecto, de revelar una irregularidad, debe de ser entendida hoy en día como un reto, como un ambicioso ejercicio de renovación formal. Hasta tal punto es rica la obra de Epstein que films como Coeur fidèle (1923), La Belle nivernaise (1923), Le Lion des mogols (1924), Mauprat (1926), Six et demi onze (1927) o La Femme du bout du monde (1937), por mencionar tan solo (aparte de los títulos ya citados) sus películas que conozco, jamás repiten sus esquemas estructurales ni sus propuestas escénicas, siempre trabajadas específicamente. Y es precisamente esa experimentación, que lleva al cineasta a explorar vías diferentes de un film a otro, la que aúna su obra en torno a una profunda coherencia fruto de la reflexión, algo que queda extensamente argumentado en el texto de Àngel Quintana, «Una puesta en escena surgida de la teoría», incluido en el libreto (“La praxis solo puede ejecutarse desde la fuerza del pensamiento”).

Uno de los puntos de partida de dicho gusto por la experimentación es el papel otorgado por Epstein a los argumentos de sus películas. Para él, como para algunos de sus compañeros “impresionistas”, el argumento no es más que un marco a partir del cual desarrollar el estilo visual del film: “el cine puede contar una historia, pero es preciso no olvidar que la historia no es nada. La historia es una superficie” (2). Por ello, pese a su título, El hundimiento de la casa Usher, el film de Epstein es mucho más que la adaptación de un relato de Edgar Poe ─de hecho, la película amalgama elementos y pasajes de otras narraciones del escritor de Richmond como El retrato oval, Ligea, Morelle, Silencio, Berenice, El hombre de la multitud…─ resulta, más allá de la letra, una traducción visual de los principales motivos temáticos y estilísticos del escritor. H. P. Lovecraft, incondicional de su obra, destacó admirativamente lo que consideraba una de sus grandes virtudes: “Poe estudia la mente humana más que los usos de la ficción gótica” (3). Desde luego, buena parte de sus narraciones fantásticas abordan la psicología anormal y la neurosis. En La caída de la casa Usher (relato incluido íntegramente en el libreto, en la célebre traducción de Julio Cortázar), dos seres anormales, Sir Roderick Usher y su hermana gemela Lady Madeline (marido y mujer en el film), aparecen extrañamente unidos al final de un largo y oscuro linaje. Como unidos están también a la “melancólica Casa Usher”, símbolo viviente de la decadencia y la corrupción familiar. De modo que los tres, que comparten esa misma alma enferma, encuentran un idéntico fin al concluir el relato. David Bordwell (4) ha señalado cómo el cine de vanguardia narrativo francés (y específicamente esa “Primera Ola”) estableció con rapidez un paradigma formal destinado a alcanzar un fin muy preciso: expresar o representar una experiencia subjetiva concreta. Pues bien, esa es en esencia la búsqueda principal de la película de Epstein. Como en su precedente El espejo de las tres caras, aquí, el cineasta también trata de penetrar en el interior de una psicología, “de trasponer visualmente los desvíos de una obsesión y de componer un relato bajo la influencia de un alma sobre las cosas, gracias a sus relaciones secretas” (5). Para ello, Epstein experimenta con un dispositivo, la imagen ralentizada, que le permite, abandonando la perspectiva humana del tiempo, alcanzar una dimensión sensorial (la de Sir Roderick) distinta: “el ralentí responde a la exigencia de visualizar las energías que se desarrollan en el mundo de Usher, un universo en el que lo animado y lo inanimado, lo externo y lo interno, la vida y la muerte, se mezclan en un flujo único en el que cada instante es distinto del precedente y del sucesivo. Uno de los factores que más contribuyen a este resultado es el hecho de que todos sean puestos en el mismo plano, en una temporalidad que resulta “otra”, una temporalidad puramente psicológica” (6). Un uso dramático de la imagen ralentizada, reservada hasta entonces para crear efectos cómicos, del que Epstein es absolutamente pionero (7).

Si la estructura del film, por comparación con la ya citada El espejo de las tres caras, resulta menos compleja, su estilo narrativo es, desde luego, tan poco convencional y tan sofisticado como es habitual en la obra del cineasta de origen polaco. Caligráficamente, El hundimiento de la casa Usher es una película muy rica: solo hay que observar, más allá del ralentí, el sutil trabajo con las distintas texturas de las imágenes, el uso de sobreimpresiones elaboradas (como en la escena del colapso de Madeline, en la que ésta se desgaja en dos imágenes, una en positivo y otra en negativo, de sí misma), la búsqueda constante de movimiento en el interior de los planos, lo que podríamos denominar un montaje rítmico (en las secuencias de la guitarra y de la lectura del libro) de las imágenes, etc. ¿Y qué decir de la construcción de su espacio fílmico? Epstein, que raramente recurre a un plano de establecimiento, construye un espacio cinematográfico vacío de referencias, fragmentado y ambiguo. Una discontinuidad espacio-temporal en la que se apoya en gran medida el carácter fantástico del film. En fin, El hundimiento de la casa Usher encarna, como el conjunto de la obra de su realizador, una idea del cine como pensamiento en la que la praxis cinematográfica es el resultado visible de una reflexión teórica previa, meditación en la que Epstein fue indudablemente un adelantado.

 

(1) Noël Burch y Jean-André Fieschi: “La Première vague” (Cahiers du cinéma nº 202, julio 1968) [Traducido en V.V.A.A.: Marcel L’Herbier (Barcelona, Filmoteca Nacional de España, 1980), pp. 17-20].
(2) Germaine Dulac citada por Burch, N. y Fieschi, J.-A.: Op. Cit., p. 19.
(3) H. P. Lovecraft: El horror en la literatura, Madrid, Alianza Editorial, 1984, p. 57.
(4) David Bordwell: French Impressionist Cinema: Film Culture, Film Theory and Film Style, Nueva York, Arno Press, 1980, p. 6 y ss.
(5) Pierre Leprohon: Jean Epstein, París, Seghers, 1964, p. 45.
(6) Laura Vichi: “Jean Epstein 1922-1929. De la fotogenia de las imágenes a la fotogenia de lo imponderable” (Archivos de la Filmoteca nº 63, octubre 2009), p. 74.
(7) Ver al respecto su texto de 1928 “El alma a ralentí”, incluido en el libreto del DVD.

 

FICHA TÉCNICA
Dirección: Jean Epstein
Guión: Jean Epstein. Adaptación de Edgar Allan Poe por Luis Buñuel
Intérpretes: Jean Debucourt, Marguerite Gance, Charles Lamy, Fournez-Goffard
Dirección de fotografía: Georges Lucas, Jean Lucas
Asistente de dirección: Luis Buñuel
Producción: Films Jean Epstein
País y año de producción: Francia, 1928

Versus Entertainment ha puesto a la venta una edición de coleccionista de El hundimiento de la casa Usher de Jean Epstein en mayo del 2011.

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