Let there be light

En 1946 John Huston realizó para el ejército norteamericano este documental sobre las terapias a las que se sometían los soldados que volvían del frente. Prohibida durante casi cuarenta años, su visionado hoy día arroja reflexiones que permiten bosquejar más el conservadurismo del gobierno americano que una denuncia a los primitivos métodos de terapia.


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John Huston empezaba a labrarse un nombre en Hollywood (ya había dirigido El halcón maltésThe maltese falcon, 1941-) cuando, convocado por Frank Capra, ingresa en 1943 en el ejército en la recién creada Sección de Cobertura Especial de la Oficina de Relaciones Públicas. Enrevesado nombre para una sección que lo que pretendía era potenciar por medio del cine la propaganda militar en el país norteamericano, inmerso desde hacía dos años en la Segunda Guerra Mundial. A la llamada de las barras y estrellas ya habían acudido grandes nombres de la época como William Wyler o John Ford.

John Huston realizó tres películas: Report from The Aleutians (1943) La batalla de San Pietro (1945) y Let there be light (1946). La primera, filmando un bombardeo en las islas del Pacífico, la segunda, un fracasado asalto a una fortificación italiana, y la tercera, la filmación de los tratamientos psiquiátricos a los que se exponían los soldados que volvían de la guerra. Las dos primeras no pasan de ser meros artefactos propagandísticos, medidos reportajes de guerra para ser expuestos delante de la tropa (1). En principio Let there be light debía haber entrado en este aburrido grupo de cine de instrucción. Su función parecía buscar a su vez un fin social, en palabras del propio Huston, “demostrar que los hombres que sufrían trastornos mentales durante el servicio militar no debían ser dados por perdidos, sino que era probable ayudarles con tratamiento psiquiátrico” (2). La severa restricción a la que fue sometido el documental (40 años prohibida en Estados Unidos, incluido un requisamiento fulminante en su vano intento de estreno en el MOMA de New York) la convirtieron en una pieza de culto que hoy, vista tantos años después y sin prohibiciones, denota ser una rareza de la época al mostrar dudosos métodos y conductas del ejército, pero a la vez desmontan esa cierta fascinación que podía albergar su prohibición, ya que el documental habla más del conservadurismo de la clase militar más que de un atrevimiento insolente de Huston en la filmación.

John Huston rastreó por todas las instituciones norteamericanas que atendían la llegada de los soldados afectados por la guerra. Finalmente eligió la más poblada, el Hospital Militar Mason en Long Island, un centro psiquiátrico al que llegaban 75 pacientes a la semana, los cuales tardaban en recuperarse emocionalmente en un período entre seis y ocho semanas de media. Con una total libertad de acción en el centro, Huston y sus colaboradores grabaron miles de metros de película, según el propio Huston, “sólo para estar seguros de captar las reacciones extraordinarias y totalmente imprevisibles que se producían”. Las cámaras no suponían ningún problema en la reacción médico-paciente, incluso se convertirían en un “estímulo” para los propios pacientes.

La estructura del documental es sencilla, sin riesgos y efectiva, se acoge a una narración lineal de los hechos durante esas ocho semanas: tras la llegada de los soldados al puerto, muchos de ellos mutilados, estos serán recibidos por los psiquiatras en una serie de entrevistas para medir los daños y los males de cada uno de ellos. A continuación, se recoge el tratamiento que se les aplica, mostrando en todos los casos increíbles mejorías. Una charla en grupo con otro psiquiatra, a modo de terapia colectiva, será la antesala de la recuperación total, un final obviamente feliz, donde los pacientes saldrán fortalecidos para integrarse en la vida pública americana.

En las entrevistas iniciales es donde reside uno de los puntos fuertes del documental. Este diagnóstico que buscan los psiquiatras revierte en anónimas crónicas sobre la degradación que la guerra ocasiona en los hombres. Se suceden diez retratos que desnudan miedos, traumas familiares, depresiones, todos ellos gestados en la barbarie que acaban de dejar atrás. El grado de atención que tiene la escena viene potenciado por la ausencia de Huston en la misma, muy dado durante todo el metraje a puntuar con una cargante voz en off todo lo que acontece en las imágenes (3), minando en muchas ocasiones la autonomía de estas. En esta fase inicial es en la que menos presencial se halla Huston, aunque abuse por otro lado de un montaje que va en detrimento de estos retratos, que por sí solos bastarían para mantener el pulso en un plano. La elección de Frederick Wiseman en Titicut Follies (1967) era otra: el estilo carente de artificio que proponía Wiseman hacía que unos retratos parecidos al inicio de su filme mostrasen una repulsiva realidad, una incómoda muestra de dicha institución. En Let there be light precisamente la edición es la que fomenta esa artificiosidad, el retrato pierde identidad al encontrarnos una secuencia tan fragmentada; la atención del espectador parece distraerse demasiado. ¿Quizá sea un montaje tan expresivo heredero de la ficción, de la narración clásica hollywoodiense?

De esos miles de metros de película rodados que comenta Huston, tres terapias con hipnosis son las que se muestran en el metraje final -58 minutos- todas ellas con evidentes resultados positivos y recuperaciones milagrosas. Lejos de poder cuestionar la efectividad y veracidad de estos métodos que vemos, algo que se escapa de las valoraciones de este artículo (4), lo que sí que debemos poner en cuestión es la plena eficiencia con todos y cada uno de los pacientes, algo que se da por sentado: no existe ningún caso tratado en el Hospital Mason que no fuese resuelto satisfactoriamente, o si lo hubiese, queda totalmente soslayado en la película. Además, teniendo en cuenta que, como afima Huston, “las sesiones de electroshock no podían usarse en la película, como era evidente”, limitar el fabuloso éxito de los tratamientos de hipnosis a la terapia no deja de ser un engaño hacia el que presencia la película. De hecho, sobrecoge el relato que hace Huston de lo que eran esas sesiones de terapia electro-convulsiva: “La terapia era mucho más terrible que la de hoy día. El paciente arqueaba el cuerpo tan violentamente a consecuencia de la descarga que se necesitaban cinco personas para sujetar e impedir que se rompiera la espalda. Emitían un escalofriante grito primario”. No hay que ser muy perspicaz para concluir que la felicidad con la que abandonan estos pacientes la sala de terapia hipnótica de Let there be light esconde un oscuro contraplano no filmado o quizás, simplemente eliminado del montaje final.

Nuevamente hallamos un retrato, en este caso global, en la terapia de grupo final, previa a su “vuelta a la normalidad”. En este caso, las disertaciones se centran en resolver definitivamente los traumas, aquellos que han explotado en la guerra y cuya raíz intentan sonsacar. Las conversaciones, con un montaje plano-contraplano de nuevo muy marcado, resumen sumariamente lo que debieron ser esas sesiones, ya que en este caso vuelven a quedarse en la epidermis y no ahondan en su desarrollo; las conclusiones a las que llegan los terapeutas se solventan de manera rápida y, obviamente, eficaz. Aún así, está bien mirar más allá y valorar las imágenes desde otro prisma. El valor añadido está en que estas imágenes quizás ayudan a bosquejar una época, un estado de ánimo norteamericano que de alguna manera aún sobrevuela hoy día: una moralidad positiva y conservadora de la sociedad, que prioriza como objetivos básicos la búsqueda de un hogar fértil y el asegurarse un futuro próspero y sin sobresaltos. Estas son las enseñanzas básicas con las que quiere cerrar el terapeuta la charla, que además no dejan de ser un adoctrinamiento, o mejor dicho, un readoctrinamiento férreo de ciertas mentes que quedaron anestesiadas o heridas en el combate. “No tenéis que avergonzaros, no habéis perdido el tiempo en el ejército”. Después de esta frase, y tras recordar la cantidad de oficios que han aprendido en el transcurso de esta terapia, vemos a los soldados en grupo tocando instrumentos musicales en un extraño ambiente idílico y bucólico, un inquietante remanso de paz que quiere ser el corolario a estas terapias.

El documental, por tanto, acaba derivando en un canto a las bonanzas de esta sección terapéutica del ejército, dominante en el campo de batalla y comprensivo y sanador al tratar las secuelas en sus aguerridos soldados. La moralina que irradia todo el desenlace final (esos planos de los soldados, felices, jugando al béisbol, y celebrando victorias en grupo) deja un sentimiento de rechazo e incredulidad en el espectador de hoy día. Aquellos retratos iniciales del filme que desenmascaraban la tragedia de la guerra quedan muy lejos tras ver el camino llano de la terapia, y la vuelta a la vida se desarrollará, viendo la vigorosidad y fortaleza de estos soldados antes sus problemas, de manera paulatina y efectiva. Todo un sistema social medido, calculado y por supuesto deshumanizado lo que se ofrece en esta hora de documental. Lástima que las poderosas imágenes de las confesiones iniciales, o de los dramas contados antes de las sesiones de hipnosis, incluso de las dudas durante esa terapia grupal, queden ahogadas por el armazón conservador y de servicio a la comunidad que envuelven el conjunto.

La película fue prohibida fulminantemente y requisada durante cuarenta años. John Huston, sorprendido por la decisión, alude en sus apasionantes memorias a que, oficialmente, “se violaba la intimidad de los pacientes”, algo imposible ya que los propios pacientes estaban orgullosos de verse a sí mismos en la pantalla. Según Huston, lo que los oficiales americanos pretendían era “mantener el mito del guerrero, que afirmaba que los soldados americanos iban a la guerra y volvían de ella fortalecidos por la experiencia, erguidos y orgullosos por haber servido bien a su patria”. El mito del guerrero parecía tocado durante gran parte del metraje y queda en el haber de Huston, pero la concesión final a la redención bélica mitiga toda la carga de denuncia que pudiese haberse extendido sobre todo el filme.

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(1) Haremos una pequeña excepción con La batalla de San Pietro. Merece la pena destacar la frescura de las imágenes finales, cuando la batalla ha terminado y la cámara filma el intento de vuelta a la vida sobre las ruinas italianas. La prominente voz del narrador remarcando innecesariamente y el mensaje religioso que destila dan al traste con esta secuencia.
(2) Todas las citas de John Huston en este artículo pertenecen a las Memorias (Madrid : Espasa Calpe, 1986), escritas por él mismo.
(3) Walter Huston, padre del director y actor del Hollywood clásico, ejerce de narrador.
(4) Como anécdota, citar que, según sus memorias, el propio John Huston aprendió las técnicas de hipnosis que se muestran en la película, y que se hizo un auténtico experto en las mismas. Para hacer más esperpéntico el hecho, cita que sólo Jean-Paul Sartre, el cual se mostró bastante interesado en visionar Let there be light mientras preparaban la adaptación de Freud, se resistió a su poder hipnotizador.

FICHA TÉCNICA
Dirección: John Huston
Guión: John Huston, Charles Kaufman
Dirección de fotografía: Stanley Cortez, John Doran, Lloyd Fromm, Joe Jackman, George Smith
Música: Dimitri Tiomkin
Producción: US Army Pictorial Services
País y año de producción: Estados Unidos, 1946

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