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El honor de las injurias

El honor de las injurias

La primera película del pintor y escritor leonés Carlos García-Alix reconstruye el periplo vital del anarquista Felipe Sandoval. Nacido en 1886 en el barrio madrileño de las Injurias, un arrabal cercano al Manzanares, Sandoval se crió entre el hampa y la alta burguesía, a la que pronto tuvo que servir para ganarse la vida. Fruto de la desigualdad y la humillación, germinó en él el rencor. Emigró a Paris, donde fue ayuda de cámara de una familia noble, estafador, prófugo y puntos suspensivos… Su figura reapareció años más tarde en la cárcel modelo de Barcelona, por aquel entonces muro de contención del anarquismo, el principal movimiento que canalizaba el descontento obrero. Abrazó sus ideales para materializar su rabia: la apología de la violencia como herramienta de cambio social le permitiría devolver los golpes recibidos. Agitador y militante de la CNT, atracador ocasional para financiar la lucha libertaria y gánster de tintes alcaponescos para la prensa, cuando estalló la Guerra Civil asumió el papel de justiciero: dirigió uno de los tribunales populares madrileños más temidos durante la contienda y, al final de ésta, su papel se relegó al de espía y ejecutor de los desleales al anarquismo. Sandoval es un personaje de vida intensa que encarna la conciencia revolucionaria más paradójica y brutal: su lucha fue la de un ajuste de cuentas. Su biografía se presta a la crónica histórica y al relato épico. Y para abordarla cinematográficamente, García-Alix, a modo de novela histórica, combina sobriamente ambos registros.

La película comienza con varios travellings de estanterías abarrotadas y planos de cajas, fotos y legajos a través de los cuales el director establece su espacio y lugar de enunciación: un archivo como modo de acceso al pasado y el rigor historicista para reconstruirlo. Éstas también serán unas imágenes recurrentes en el filme: bien para abrir o cerrar algunos capítulos de su vida, bien para subrayar la imposibilidad de conocer otros.

El honor de las injurias se presenta así como un “documental de inventario”, construido casi en su totalidad con un material de archivo excelente y heterogéneo (fotografías, noticieros, ficciones y registros legales) y cuyo guión es fruto de una exhaustiva labor de investigación llevada a cabo durante años por el propio Alix, que en 1998 dio con la pieza clave para articular la película: la confesión manuscrita de Sandoval tras ser detenido al final de la guerra. 63 folios donde “le obligaron a recordar su vida”, como comenta el director en la película.

A partir de este testimonio al que un actor pone voz y de los diversos retazos biográficos que ha logrado acumular, Alix escribe una narración en off precisa y casi cronológica (el marco global sería su propia investigación: el orden en el que van apareciendo las piezas del puzzle y que funcionan como eficaces puntos de giro dramáticos). El suyo es un relato en primera persona, pero que está anclado fielmente a unos hechos y a su contexto histórico, en el que no cabe ni el juicio moral ni la elucubración. Alix cuenta lo que puede contar. Y esa aspereza y distancia del texto –más justa y honesta que pretendidamente objetiva- es precisamente uno de los valores de esta película.

Bajo esta narración, Alix realiza un trabajo de montaje que, aparentemente, sigue la vertiente más clásica del uso del archivo en el documental, en el que prima la relación de correspondencia entre la imagen y el off. Una literalidad que ilustra una época, un paisaje humano y sorprendentes hechos históricos, pero que también articula micro-ficciones al más puro estilo Kulechov para representar algunos capítulos de la vida de Sandoval. El atraco a un banco o a un ilustre burgués reconstruidos con planos de películas de gánsters de los años 30 es tan sólo un ejemplo dentro de una película que incluye, entre muchos otros, fragmentos de La verbena de la Paloma, A propósito de Niza o El vampiro de Dusseldorf. Y es en ese novelar visualmente a su personaje donde una película firmada por un director singular (un pintor movido por una obsesión) se desvía del tratamiento que recibe el archivo en los documentales históricos realizados en nuestro país. Alix recrea todo el espíritu de la época (los convulsos años 20 y 30) a la vez que parece compartir por momentos el gusto vanguardista por el collage y sus bordes. Su película es una encomiable filigrana que se ve, no obstante, sensiblemente lastrada por unas reconstrucciones (detención y confesión de Sandoval) con actores rutinarias.

A pesar de su aparente clasicismo – quizás para algunos convencionalismo – El honor de las injurias sobresale y alcanza su singularidad frente a otros filmes de compilación que trabajan el mismo momento histórico como Noticias de una guerra [1] de Eterio Ortega. Tanto por iluminar de forma rigurosa un capítulo de nuestra historia (el anarquismo español) poco cinematografíado, a partir de las luces y sombras que ofrece uno de sus antihéroes (Sandoval acabó repudiado por los suyos y maltratado por la policía), como su brillante montaje y tratamiento de la imagen. El discurso de neutralidad y sobriedad de un Eterio Ortega que dejaba “que las imágenes hablaran por sí mismas” (a pesar de que no dudó en doblar las voces [2] de Franco y Durruti, entre otros), queda claramente en entre dicho frente un filme que “hace hablar a las imágenes”. La veracidad, pues, está en otro lado.

FICHA TÉCNICA
Dirección y guión: Carlos García-Alix
Fotografía: José Luis Sánz Peñalba
Montaje: Juan Luis de No, Marcos Flórez
Música: Álvaro de Cárdenas
Producción: No Hay Penas
País y año de producción: España, 2007