Punto de Vista 08. Ineludible punto de encuentro

Si el año pasado fue el de su consolidación, éste año podríamos hablar de expansión. La cuarta edición del Festival Internacional de Cine Documental de Navarra Punto de Vista ha conseguido atraer a un más que aceptable público de la ciudad y, por primera vez en su breve historia, congregar a un llamativo número de profesionales del sector (programadores o documentalistas) y periodistas especializados.


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Bingai

Si el año pasado fue el de su consolidación, éste año podríamos hablar de expansión. La cuarta edición del Festival Internacional de Cine Documental de Navarra Punto de Vista ha conseguido atraer a un más que aceptable público de la ciudad y, por primera vez en su breve historia, congregar a un llamativo número de profesionales del sector (programadores o documentalistas) y periodistas especializados que a día de hoy, siguen constituyendo en nuestro país el baremo para medir la envergadura de un certamen cinematográfico. Si algo ha logrado Punto de Vista, y que resulta inaudito en un certamen dedicado a la no ficción en España, es diluir la frontera (y esta sí que parece estar clara) que separa a los espectadores de la ficción de los del documental. En un género donde los nombres propios no funcionan como reclamo fuera de su gueto, su programación rigurosa y ecléctica, a la altura de certámenes internacionales como Docslisboa, resulta clave para que se haya convertido en un ineludible punto de encuentro. Este año encontramos afortunados desvíos -como su apuesta por la vanguardia en La región central y cierta heterodocsia nacional invitada al proyecto La mano que mira– y prolongaciones necesarias: la reivindicación de un clásico como Ermanno Olmi y la evidente querencia por el cine de las repúblicas ex soviéticas por parte de Carlos Muguiro, su director artístico, que ocupó el apartado El silencio. La nota disonante la encontramos en su inauguración con la proyección de Unas fotos en la ciudad de Sylvia de José Luís Guerin. Si la mirada estetizante y fetichista de Guerin que posiciona simbólicamente a la mujer como objeto de deseo pasivo, intangible e inmutable sigue alimentando una mística de la feminidad sorprendentemente poco cuestionada; no deja de resultar igualmente chocante que los tres certámenes de referencia cinéfila en nuestro país (Gijón, Las Palmas y Pamplona), continúen nutriendo, por su parte, la “mística de la guerinidad”.

Ortodocsias en el palmarés
Puede parecer llamativo y paradójico que, frente a la impronta experimental que este año ha adquirido Punto de Vista, las obras premiadas en las categorías de mejor largometraje y cortometraje, Bingai y 52 por ciento respectivamente, sean las que se ajustan a cierta concepción canónica del documental: la mirada observacional. Sin embargo, resulta reconfortante comprobar cómo un festival que apuesta por expandir la definición de cine documental y presentarlo en sus múltiples hibridaciones, no olvide recordar, a través de su palmarés, la vigencia y el vigor del documental heredero del cine directo y su potencialidad para acercarnos, mediante el rigor, la paciencia y una cierta distancia, a los problemas y contradicciones, colectivas o individuales, del mundo actual.

Unos rasgos que cumple a rajatabla Bingai, el largometraje más sólido que pudimos ver dentro de la sección oficial. Teniendo como escenario la Presa de las Tres Gargantas, la directora Feng Yan plasma las mutaciones de la China contemporánea dirigiendo su objetivo hacia una humilde mujer cuya casa, como la de un millón de personas más, pronto será engullida por tan faraónica obra. Combinando el registro directo durante más de cinco años con unas mínimas e íntimas entrevistas, Yan nos acerca a una sobrecogedora heroína de tintes clásicos -infatigable, sacrificada y abocada un trágico final- en un drama contemporáneo como es el de la impotencia del individuo frente a un sistema parapetado en la burocracia. Un filme que, junto con Crimen y Castigo (el documental que se alzó con uno de los principales premios del Festival de las Palmas), despierta nuestra curiosidad y nos pone sobre aviso de que, además de Wan Bing, queda muy buen documental chino por descubrir.

Más cuestionable podría ser la decisión del jurado a la hora de otorgar el premio al mejor cortometraje a 52 por ciento del jovencísimo director polaco Rafal Slalski, quien retrata el duro y tenaz entrenamiento de una niña para poder ingresar en la mejor academia de baile de su país. Un documental casi redondo, quizás lastrado por el abuso de planos cortos que fragmentan y subrayan en exceso el cuerpo doliente de la pequeña, pero que resulta anodino frente a dos de las mejores películas españolas recientes que competían en la misma sección: el divertido y complejo acercamiento de Oscar Pérez al fenómeno de la inmigración en El sastre y el impecable ensayo de Isaki Lacuesta Las variaciones Marker. Más allá del chauvinismo, consideramos que cualquiera de las dos merecía algún galardón.

La veta ensayística es también notable en Alguna tristeza o las particulares memorias del subdesarrollo escritas por el peruano Juan Alejandro Ramírez. Tomando un partido injustamente perdido por la selección peruana frente a Holanda en las Olimpiadas de 1936 como metáfora de esa identidad trasnacional que es saberse ciudadano del Tercer Mundo, Ramírez articula un relato libre, lúcido y poético sobre los perdedores de antemano, aquellos que asumen su sino con una conformidad agridulce. La conflictiva relación con los orígenes es también el tema de la cinta israelí Ocho veintiocho de Lavi Ben Gal, quien a modo de fotógrafo (más interesado en el retrato de espacios que en la interacción con los mismos y sus personajes) va mostrándonos el kibutz donde nació. Un último viaje para huir del pasado plagado de sugerentes observaciones sobre su comunidad judía. La dirección contraria es la que toma el joven cineasta filipino Raya Martin, cuyas películas recientemente exhibidas en nuestro país en Pamplona y las Palmas evidencian su interés por recuperar el pasado de la ex colonia española. De momento, su inusual tratamiento de la Historia ha conseguido, al menos, situar Filipinas en el mapa cinematográfico mundial. Autohystoria es un filme radical que se resiste a ser valorado en términos de “gusto”. La reconstrucción de un capítulo de la lucha por la independencia de su país (el fusilamiento de dos de sus líderes) se convierte en manos de Martin en una excitante vuelta de tuerca al vaciado narrativo de la ficción contemporánea y a una concepción actoral cercana a la performance. Sin prescindir de historia ni de relaciones causales, la película se estructura en sólidos y desconcertantes bloques-planos-secuencia que, a medida que se suceden, invitan a repensar lo anterior. A pesar de que prefiramos al Martin lúdico e imaginativo, que inventa el cine imposible de su país en A Short Film about the Indio Nacional, agradecemos a Punto de Vista la oportunidad de acercarnos por primera vez a su obra. Que no acabemos de entender el porqué de la inclusión de esta ficción en la sección oficial es ahora una cuestión que nos desviaría del objeto de esta crónica: repasar brevemente algunas de las mejores películas, y algunos deslices, que pudimos ver durante los diez días del festival.

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