Punto de Vista 08. Ineludible punto de encuentro

Si el año pasado fue el de su consolidación, éste año podríamos hablar de expansión. La cuarta edición del Festival Internacional de Cine Documental de Navarra Punto de Vista ha conseguido atraer a un más que aceptable público de la ciudad y, por primera vez en su breve historia, congregar a un llamativo número de profesionales del sector (programadores o documentalistas) y periodistas especializados.


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Life between worlds not in fixed reality de Andrés Duque
La mano que mira. Apuntes tomados con un teléfono móvil.
La propia historia del cine, concebido principalmente como industria y arte narrativo, habría hecho que el concepto de apunte, boceto o borrador fílmico fuera algo inimaginable, prohibitivo o incluso infravalorado, frente a otras artes como la pintura o la literatura donde ha sido considerado una práctica necesaria y, en ocasiones, autónoma. Sin embargo, si nos atenemos a su desarrollo tecnológico resulta significativo observar cómo el cine ha ido evolucionando hacia su propia liberación: la cámara del trípode, el director de un equipo, la película de la luz artificial… y, con las cámaras digitales, la imagen de su carácter indicial. Pasos hacia un cine que ya vislumbró Astruc en 1948, ligero como una pluma y, como una estilográfica, apto para una escritura fílmica personal. Si para el crítico francés, el gesto manual era una metáfora, con la irrupción de las cámaras en los teléfonos móviles el mismo gesto es hoy una metonimia como evidencia el título del proyecto La mano que mira: cámaras que cabe en la palma de una mano y cuyo manejo es tan sencillo como apretar el botón de un bolígrafo. Así, las obras realizadas por los siete directores invitados a esta sección del festival – rodadas además con la premura propia del encargo y ante el reto que supone enfrentarse a una tecnología cuyas posibilidades artísticas apenas han sido exploradas-, comparten, antes que nada, la condición de apunte. Y también, de prueba. Y puede que de error. No obstante, resulta digno de aplauso la frescura de una propuesta que estuvo acompañada por la muestra de los trabajos de los cortometrajistas invitados.

Entre el píxel y el grano, entre el documento y la abstracción, la creación y la cita, las siete películas resultantes son cuadernos de notas en los que se vislumbran ficciones, experiencias y reflexiones, cuyos primeros intentos y debates se han recogido también en el blog La mano que mira (la mano).

La pieza que mejor condensa estas tensiones fue Life between worlds not in fixed reality de Andrés Duque. El corto arranca con un fantástico plano secuencia que nos conduce por un set de rodaje y su pesada parafernalia hasta desembocar en su trastienda, donde encontramos a una señora de la limpieza de origen africano. Corte mediante, Duque nos introduce en su casa y establece con ella un “diálogo audiovisual”, en el que el entendimiento sólo será posible mediante las imágenes familiares de un viaje a su país. Diez minutos que albergan multitud de lecturas. Además de ofrecer un hipotético recorrido a través de la historia del audiovisual (cine, tele, vídeo y teléfono móvil), el filme se sirve de la inmediatez y el azar propios del registro documental, al tiempo que reniega de su condición. A modo de declaración de principios, el carácter pixelado de sus planos viene a constatar, como ya hiciera Marker, que las imágenes son imágenes. En el extremo opuesto, se sitúa la interesante pieza de Victor Iriarte (Apuntes para una película de espías), donde los esfuerzos del joven director vizcaíno se dirigen a dignificar esta pequeña cámara, a equiparar su calidad con la de la imagen fotoquímica. Diversas prótesis e inventos (un trípode, el uso de la lente de una cámara de fotos o de un prismático) dan lugar a una serie de escenas para una hipotética película plagada de referentes, apuntes para un guión en imágenes que también sirvieron, a quienes desconocíamos su obra, para descubrirnos el talento narrativo y visual de Iriarte.

Cierta nostalgia por el celuloide, esta vez por las vibrantes y parpadeantes imágenes del formato súper 8, también desprende la película presentada por Albert Alcoz. L’ultimo paradiso es un ejercicio de apropiación, refilmación y resignificación de una vieja película. El director, evidenciando su dispositivo (la luz del móvil que se proyecta en algunos momentos del telecinado) enfatiza los movimientos, gestos y miradas y establece nuevas relaciones de plano-contraplano para sacar a la superficie la sensualidad implícita de la película original. La cita (cinéfila y literaria) es también el punto de partida de las películas realizadas por Gonzalo de Lucas (La lágrima de Setsuko) y Rafael Tranche (Y se me escapa la vida) que también coinciden en su tono diarístico al combinar, mediante una voz en off en primera persona, sus vivencias con las reflexiones provocadas por el hecho de mirar el mundo a través de una cámara móvil.

Una escritura más despreocupada, acorde con su trayectoria videográfica, es la que ofrecieron María Cañas y Lluís Escartín. La archivera de Sevilla se sirvió de un material previo (las imágenes grabadas en HD de un viaje a China) para refirmarlo con el N-95 brindado por el Festival. El resultado es Por un puñado de yuanes o su divertido intento de comprar un DVD pirata de corte pornográfico a unos vendedores ambulantes. Un choque lingüístico y cultural que, por momentos, roza el surrealismo. Mientras que la película de Escartín, concebida en tres planos (una parra, una panorámica continúa de 360º mientras el director canta Time after time de Chet Baker y, de nuevo, la parra, esta vez con un payés trabajando en el campo), se acerca al cine de corte lírico consiguiendo, aún siendo una afirmación excesivamente subjetiva, asimilar nuestra visión a la suya.

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