Guest

Es la mirada sobre el otro la que acaba desviando el interés sobre unos recorridos que prometían ser altamente sugerentes. Y no tanto porque el filme pudiese adoptar una mirada miserabilista o por la elección de esos sujetos, una crítica que no dejaría de ser moralista, sino porque en el periplo gueriniano se reproduce uno de los grandes tópicos de los que la antropología ha intentado escapar en sus manifestaciones contemporáneas: el de la inocencia perdida.


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El último filme de José Luis Guerin es a priori una película sencilla. Hecha de retales, como un cuaderno de viaje cualquiera donde el viajero recoge a vuelapluma aquello que llama al ojo. Un filme motivado por el deseo, formado por atracciones fugaces que configuran poco a poco una trama figurativa. Una película que nos habla, como sus dos anteriores filmes -esa dupla formada por En la ciudad de Sylvia (2007) y Unas fotos… (2007)- sobre un sujeto que mira, y la construcción que esa mirada realiza de la realidad circundante. Y como estos últimos, la sensación para quien esto escribe no acaba de ser satisfactoria, más bien todo lo contrario. Insatisfacción que se acaba convirtiendo en irritación, debido a que todos estos filmes dan la sensación de compartir una misma mirada cosificadora sobre aquello que filman. En su anterior filme, era la mirada masculina y el gastado ideal del eterno femenino, bien descritos en esta misma revista por Celeste Araújo, la que me imposibilitaba disfrutar de una serie de coreografías y paseos urbanos que, en muchos casos, alcanzaban grandes cotas de belleza.

En Guest es la mirada sobre el otro la que acaba desviando el interés sobre unos recorridos que se prometían altamente sugerentes. Y no tanto porque el filme pudiese adoptar una mirada miserabilista o por la elección de esos sujetos, una crítica que no dejaría de ser moralista, sino porque en el periplo gueriniano se reproduce uno de los grandes tópicos de los que la antropología ha intentado escapar en sus manifestaciones contemporáneas. Este no es otro que el de la inocencia perdida, esa idea de que ese otro que vive en los márgenes de lo social tiene una relación con el entorno que nosotros, civilizados, hemos perdido. No entiendo de otra manera ese lamento recurrente que realiza Guerin en diversas entrevistas sobre el reencuentro del espacio público y su desaparición en las sociedades europeas o norteamericanas, argumento que me parece falso. En cierta manera la dupla de filmes acerca de Sylvia y Guest se configuran como perfectamente reversibles. En aquellos, ciudades fantasmagóricas, habitadas por el pasado y por la cultura, donde el diálogo ha sido eliminado, y en las que, como se quejaban ya algunas voces en su estreno, aparece de manera significativa “el encuadre de la miseria al lado de la belleza”[1]. En este, plazas populosas donde se desenvuelve una cacofonía de voces, y donde, como en espejo con sus filmes precedentes, la miseria aparece redimida por la mirada del autor, por la belleza que se cuela entres sus pliegues.

Y es por todo ello que el filme, a pesar de sus ambiciones populares y de esa bajada a la calle, aparece dominado por un cierto sentimiento de pérdida, por la búsqueda ideal de una mirada pura, la de los camarógrafos de los hermanos Lumière, modelo que la película se asigna repetidamente a lo largo de su proyección. En este sentido llama la atención al aparición de Jonas Mekas[2] como mentor del filme, y casi como guía de intenciones a la hora de realizar un filme azaroso, atento a las pulsaciones de la vida y de lo fortuito. Algo curioso ya que para mi Guerin es una especie de anti-Mekas, lo que este filme de momento me confirma por completo. No hay rastros aquí de la vitalidad del lituano, de esos filmes que se construyen en absoluto presente -a pesar de declinar muchos de ellos una historia en pasado- , casi como un organismo vivo para el que solo cuenta lo celebratorio, la vida en su continuo fluir. En cambio, Guest asume una postura nostálgica, incapaz de darnos esa mirada desde las entrañas que reivindica Mekas en su pequeña aparición en el filme.

En todo caso, si algo resulta realmente interesante de la propuesta de Guerin es ese pie forzado que asume. El cineasta como viajero, que no decide los lugares que visita sino que le vienen impuestos desde fuera. El azar como principio fundador, y el espacio público como lugar de encuentro, de negociación entre dispares. Pero sobre todo esa idea del cineasta como invitado, no solo de los festivales que le dan cobijo en sus diferentes viajes, sino de la gente a la que se encuentra, que lo invitan a que les filme, que lo eligen tanto como él los escoge a ellos. En ese sentido, el cineasta se presenta no tanto como flaneûr, sino como simple acompañante que se adentra en las vidas de los otros y en lo que estos permiten. Por ello el fragmento de Cuba tiene tanta fuerza, no solo porque en él Guerin reencuentra la plaza como lugar de conflicto, como lugar depositario de la palabra no domesticada, sino porque nos enseña todo el camino, porque asistimos a esa cálida acogida, y vemos como va cambiando conforme  se adentra en esa pequeña comunidad. En definitiva, porque responde de manera muy pertinente a la pregunta de cómo afecta la mera presencia de una cámara -habría que decir, de un hombre-cámara, porque cuando esto es algo físico, que no solo afecta a la mirada- al espacio sobre el que fija su objetivo.

De hecho, si algo creo que se le puede reprochar al filme, no es tanto su sugestivo mecanismo de funcionamiento, sino sus elecciones. Porque en ese vagabundeo por el espacio urbano, Guest escoge demasiadas veces, y sobre todo en su parte inicial, lo pintoresco. Pienso en otro filme de turista como Sans soleil (1982), u otros de Chris Marker, siempre densos, buscando el detalle revelador de los comportamientos y las imágenes que filma, y el filme de Guerin parece banal. Porque si algo densifica Guest está en otro lado, no en el desciframiento cultural, sino en la reflexión sobre los mecanismos de representación, en esa capacidad del director para crear imágenes que miran a otras, por situar esos rostros en los que se detiene en la larga historia del retrato. Al ver el filme no podía dejar de pensar en una cierta similitud de determinadas partes con el inicio de Appunti per un’Orestiade africana (1970), por cómo Guerin buscaba en esos rostros otras figuras, rastros figurativos que nos llevan a diferentes películas posibles (de las que la trama bíblica parece ser la que acaba tomando fuerza conforme avanza el filme). Eso sí, sin el balance que encontramos en la película de Pier Paolo Pasolini, sin el feedback al que somete el filme, y que hace que los mitos proyectados por la mirada inicial del director italiano queden rápidamente al descubierto.

Quizás habría que señalar también cómo el cine de Guerin se mueve, busca nuevos horizontes y utiliza los nuevos formatos de forma novedosa, sobre todo dentro del ámbito en que nos movemos. O pensar si debemos resituar a Guerin que huye del modelo de documental de creación que ayudó a poner en funcionamiento para acercarse a formatos más d-generados[3]. Pero esta reseña tenía una ambición más modesta. Nada más que poner encima de la mesa los motivos de una irritación, de un cierto malestar gestado a lo largo de una proyección.


[1] Cita sacada de un comentario en esta misma página: http://www.blogsandocs.com/?p=246.
[2] No he visto  la Correspondencia realizada por Guerin y Mekas, así que no sé si este intercambio epistolar podría modificar estas apreciaciones.
[3] Ver en este sentido el interesante artículo en Transit de Julius Richard: http://www.cinentransit.com/text/julius-richard/jlg-ii-el-padre-de-la-dgeneracin/159, con el que por otro lado no estoy demasiado de acuerdo ya que creo que el tono, la pose gueriniana, lo aleja para mi de estas manifestaciones libérrimas del audiovisual español.

FICHA TÉCNICA
Direcció, guión y dirección de fotografía: José Luis Guerin
Montaje: José Tito Martínez
Diseño de producción: José Luis Guerin
Producción: Adrián Guerra y José Tito Martínez
Música: Gorka Benítez
País y año de producción: España, 2010

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