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DocsBarcelona III

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Se celebró a finales de enero del 2009 la tercera edición del festival no competitivo de cine documental DocsBarcelona [4], organizado por la productora Paral·lel40 [5] y dirigido por Joan González. 28 películas y varias actividades paralelas fueron la carta de presentación del evento. Este artículo es la unión de tres opiniones diversas para construir una mirada plural a lo que dio de sí.

a) 1973 Revoluciones por minuto. Las últimas horas de Salvador Allende [6] de Fernando Valenzuela (2008) visto por Anna Petrus.
b) El Olvido [2] de Heddy Honigmann visto por Wilson Osorio y Diálogos en la meseta con torero al fondo [2] de Llorenç Soler visto por M. Martí Freixas
c) Industria, periodismo y lágrimas [3] por M. Martí Freixas

Cómo filmar al hombre y su máscara
Cuando un cineasta se plantea filmar el retrato de un personaje público debe enfrentarse necesariamente a varios problemas. El primero, y probablemente el más difícil, el de saber discernir entre el hombre y su máscara; entre la fragilidad del ser humano y la fortaleza del mito. Mientras los códigos de la ficción acostumbran a exaltar la figura legendaria de los grandes personajes de la historia, esencialmente a través del biopic, el documental tiende a moverse con mayor o menor distancia en el terreno del hombre proponiendo diversos grados de intromisión en sus facetas más íntimas. 1973. Revoluciones por minuto. Las últimas horas de Salvador Allende (Fernando Valenzuela, 2008) pretende situarse precisamente justo en el punto de mayor riesgo, un lugar a medio camino entre una y otra opción. Es por ello que, quizás, su mayor virtud sea la de mostrar abiertamente los problemas éticos y cinematográficos que se derivan de su planteamiento. O, al menos, de no querer ocultarlos.

La película, premiada en el Festival de Cine de Saturno (Roma) de 2007, está basada en la obra teatral La muerte de un presidente del dramaturgo argentino Rodolfo Queblen. Una obra que fue programada durante 2006 en el circuito de teatro de Broadway de Nueva York e interpretada por el actor colombiano Ramiro Sandoval, quien también encarna a Salvador Allende en la película. Se trata de un monólogo de una hora de duración que fantasea sobre cómo debió vivir el presidente chileno sus últimas horas de vida en El Palacio de la Moneda el 11 de setiembre de 1973, atrapado por los ataques de los aviones y tanques de los golpistas (las fuerzas armadas y los carabineros) y justo antes de suicidarse. Se trata, sin duda, de un trabajo que se mueve exclusivamente en el terreno de las hipótesis y que, en algunos momentos, cae en la grandilocuencia y en el exceso de lucidez puesto que el Salvador Allende que nos habla desde el teatro vacío en el cual se rodó la película, aún viéndose atrapado por una situación que no ha sabido controlar, es capaz hacer repaso a toda su vida. Su vida política pero también su vida íntima: su relación con su esposa Hortensia Bussi Soto (“La Tencha”), su relación extra matrimonial con su secretaria Miriam Contreras (“La Payita”), también su relación con sus hijas e, incluso, con el hijo deseado que nunca llegó a nacer.

Pero Valenzuela va más allá y construye su película no solamente con ese monólogo sin público que el actor recita en un teatro vacío de Nueva York sino que lo alterna con imágenes de archivo capturadas en las calles de Santiago de Chile aquel 11 de setiembre de 1973. Aunque el dispositivo es francamente sugerente, el realizador acaba por desbordarlo al añadir una voz en off que, sobre las mencionadas imágenes de archivo, recita fragmentos de La Divina Comedia de Dante Alighieri. Sin duda, una alegoría excesivamente explícita sobre el descenso a los infiernos del propio Allende y del pueblo chileno quien, a partir de entonces, viviría la dictadura más represiva de su historia bajo el mando de Augusto Pinochet. Es, pues, el exceso del artificio el que muestra las debilidades del arriesgado planteamiento de la película. Aún queriendo mostrar al hombre y su máscara, el esplendor de su capacidad sugestiva acaba por morir en su propia llama para llegar a un callejón sin salida y devenir hueca recurrencia. Diría que en 1973… hay, en definitiva, ausencia de cine puesto que la película acaba por desatender el medio cinematográfico dejando sin cuestionar sus límites cuando desea apropiarse de un personaje histórico. En cambio prefiere moverse exclusivamente entre la simple reproducción de una dramaturgia teatral y una supuesta verdad de los acontecimientos de la historia de Chile. Entre la tragedia de un hombre débil y la fortaleza de unos hechos históricos. En este sentido, la película está más cerca del monólogo del personaje de Carmen en la novela Cinco horas con Mario de Manuel Delibes (1966) que de un retrato verdaderamente cinematográfico de Allende. Y aunque, no obstante, como en aquélla, es cierto que Valenzuela logra mostrar la ambivalencia del presidente chileno: una persona amada y odiada al mismo tiempo, un mito atrapado por dos facciones político-sociales opuestas y a las cuales representa al mismo tiempo.

Dejando al margen la cuestión idiomática – el actor que interpreta a Allende recita su monólogo en inglés, hecho problemático que añade cierta distancia a la recepción de la película – el film sitúa los conceptos de traición y culpa en el eje de su fuerza dramática permitiendo el contraste y algunos instantes de verdadera catarsis, en el sentido más clásico del término. Entre la imagen del actor recitando su monólogo y las imágenes de archivo donde vemos los tanques tomando la ciudad, grandes concentraciones de gente o incluso algunas personas muertas, se construye un hilo invisible por el que se transmiten ideas y se intensifican sensaciones. Un hilo por donde constatamos que no hay nada peor que un hombre hundiéndose en su propio imperio. Y es justo en el momento en que la muerte está al acecho que recordamos otra imagen de otra película que retrata a otro hombre que, en el extremo político opuesto, también se hundió en su propio imperio. O deberíamos hablar de una no-imagen: el suicidio en fuera de campo de Adolf Hitler en El Hundimiento (Der Untergang, Olivier Hirshbiegel, 2004). Mientras la primera es una muerte explícita y cercana que no pretende ocultarse, la segunda suscita graves controversias éticas porque es una muerte implícita, en off, simplemente sugerida. Pero así las cosas, la dicotomía adquiere un sentido porque el Allende de Valenzuela consigue erigirse como héroe capaz de plantar cara a la muerte, mientras que el Hitler de Hirshbiegel se erige como necio que necesita ocultar su derrota. Entre uno y otro, sin duda, un abismo.

Anna Petrus.

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